Escribo para aligerar. A veces escribo compulsivamente, divirtiéndome, desahogándome, por incordiar. Pero en algunas ocasiones me pongo serio y solemne, como esos seres que quieren cambiar el mundo.

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26/07/2016 17:21:14

La amnistía de los suplentes

Suplentes
"Efecto suplente", foto intervenida. / Original tomada de la página del grupo parlamentario del FMLN.

Hace dos semanas la Sala de lo Constitucional publicó la sentencia que declaró inconstitucional la Ley de Amnistía. Ese día también publicaron tres sentencias más que declararon inconstitucional el cargo del 13 % a la energía eléctrica que el Ejecutivo quiere imponer, la aprobación por parte de la Asamblea Legislativa de un préstamos por 900 millones de dólares para el gobierno, y la figura de los diputados suplentes. ¿Casualidad? No. En su conjunto, las cuatro sentencias afectan a todo el espectro político, y, además, evidencian que el voto de los cuatro sospechosos de siempre no siempre es unánime.

De las cuatro sentencias, la más importante, histórica y políticamente, es la que invalida a la Ley de Amnistía, porque arremete contra la cultura de la impunidad que ha gobernado El Salvador desde siempre. También es la más peligrosa porque pone al borde de un juicio a los autores materiales e intelectuales de decenas de crímenes durante la guerra de los 80. Muchos de estos son gente poderosa, muchos de estos presuntos criminales hoy en día son funcionarios públicos, unos en la oposición y otros en el gobierno, y otros son símbolos partidarios de la derecha y de la izquierda. Pero fue el FMLN el partido que se lo tomó con dedicatoria y empezó a comportarse como lo hacía Arena en las décadas recién pasadas, y lo hace con tal destreza que Arena no tuvo que hacer nada más que mandar al general Mauricio Vargas a todas las entrevistas posibles a repetir su consabido discurso que pondera la impunidad como condición para la paz. Pero ha sido el FMLN el que se declaró ofendido principal, y no es para menos, la casa presidencial podría quedarse con varias plazas vacantes si la Fiscalía y algún juez tienen sentido ético de la Historia. En tal situación, el FMLN hace alarde de un pragmatismo ejemplar, cínico y hasta paródico. Arena solo observa como los exguerrilleros ahora defienden una trinchera compartida.

A pesar de todo esto, el tema que más ha generado información es el de los diputados suplentes, los berrinches de los diputados del FMLN al respecto han sido efectivos para concentrar la atención mediática en lo urgente y no en lo importante. Arena en este caso también ha optado por seguir sacando provecho del silencio y con la pose de quien respeta las sentencias judiciales, aunque en la práctica les afecta igual que a los demás partidos. Poco se ha analizado el asunto clave de las suplencias, El Faro apuntó sus tiros al asunto de los viajes de los propietarios, sin embargo, en conversaciones con algunos suplentes afectados, explican que su labor no solo es ocupar la curul cuando el propietario está de viaje, sino que muchas veces hacen trabajo territorial, o suplen al titular cuando este hace trabajo territorial. El trabajo territorial podría ser un eufemismo para decir trabajo electoral, porque nada indica que los diputados hagan su trabajo legislativo representando las necesidades del territorio que representan. No elegimos diputados para mantenerse haciendo campaña. Los diputados del FMLN y Norman Quijano alegan que la necesidad de los suplentes es para cubrir a los titulares en caso de enfermedades, duelos, maternidades, incapacidades o muerte.

Pero la cosa no es tan trágica como lo pintan. En América solamente en El Salvador, México, Paraguay y Nicaragua existe la figura del diputado suplente. Y salvo en el caso de El Salvador, en los demás países se especifica que el suplente también debe ser elegido por voto directo. En México y Nicaragua los nombres de los candidatos a suplentes aparecen en la papeleta de votaciones, en Nicaragua también la foto de rostro. Países como Argentina, con sistema bicameral, no tienen diputados suplentes, solo tienen suplentes de senadores. ¿Cómo hace el resto de congresos y asambleas para trabajar sin suplentes? ¿Cómo hace el resto de trabajadores en el mundo entero sin suplentes?

* * *

“¡Es la impunidad, imbécil!” fue el primer titular que se me ocurrió utilizar para este post, porque tiene la intención que tuvo Bill Clinton cuando arremetió en contra de George H. W. Bush en un discurso en 1992 con la icónica frase “¡Es la economía, imbécil!” –”it’s the economy, stupid!”–, una frase referencial que desde entonces es muy efectiva para llamar la atención sobre cualquier idea que sugiere que la solución para algún problema está en una dirección diferente a la que se ha tomado. Lo más probable es que la frase haya sido idea de James Carville, el estratega de Clinton, que quiso demostrar la firme convicción de que la solución a los problemas de los estadounidenses en aquel entonces no estaba en la política exterior sino en la gestión económica. En 1992 también se firmaron los Acuerdos de Paz para la guerra civil salvadoreña y ojalá en aquel entonces alguien hubiera gritado con contundencia un “¡Es es la impunidad, imbécil!”. Porque el problema de El Salvador y de la cultura salvadoreña ha sido desde siempre la impunidad, desde antes de la guerra, desde antes de la república, desde antes de la colonia, desde la conquista.

La impunidad es la circunstancia en que un delito o un delincuente no recibe castigo, y así el delito o el delincuente queda impune. La impunidad es el motor cultural de la injusticia, y la injusticia en la bacteria que genera y mantiene las desigualdades estructurales, y las desigualdades estructurales acarrean los enfrentamientos sociales y los conflictivos violentos. La impunidad se vuelve cultura, un modo de hacer y de pensar que se manifiesta en la ciudadanía y en los gobernantes y sus funcionarios. La impunidad cercena el sentido de justicia, y el sentido de justicia, que es pilar de convivencia, se instala culturalmente, y no porque se enseñe en la escuela y se publiquen novelas que lo promueven, se instala con la praxis de la justicia en cada ámbito de acción social e individual. El sentido de justicia se desarrolla institucionalmente en leyes y se hace real con el respeto a las leyes. Para respetar las leyes tiene que haber una práctica de respecto sostenida en el tiempo, un modelo social, que haga que cada individuo interiorice que las leyes deben respetarse y que si no se respetan hay un castigo, una sanción social, moral y material. Y en contravía, cuando el modelo social indica que no hay castigo ni sanción para quien no respeta la ley, la ley será muy poco respetada.

[Para lo más curiosos: existen diversos estudios que evidencian la relación directa entre impunidad y corrupción, y entre corrupción y crimen organizado y violencia delincuencial, como los que ha hecho Edgardo Buscaglia en más de 70 países: entre menos efectivo es el aparato de justicia hay más impunidad, y por lo tanto, más crimen y delincuencia.]  

El Salvador tienen una tradición de impunidad que ha tenido diversas manifestaciones institucionales que la perpetúan a favor, como siempre, de quienes ostentan poder. También es cierto que por mucho tiempo El Salvador ha tenido leyes que han permitido la discriminación, la explotación, el reparto desigual de la riqueza, la impunidad y otras violencias sociales que en otros países o marcos globales son ilegales y atentatorios contra los derechos humanos. Una de las más recientes y emblemáticas de estas manifestaciones institucionales ha sido la Ley de Amnistía, de 1993, cuyo origen está muy bien detallado en Así se fraguó la Ley de Amnistía, un reportaje de El Faro que demuestra cómo la política se impuso sobre la justicia privilegiando con todo descaro la impunidad de los victimarios por sobre el derecho a la verdad y a la justicia que tienen las víctimas. Las explicaciones que dan unos y otros redundan en el mismo argumento: sin firmar esa Ley no hubiera sido posible la paz, a pesar de que la Ley nació más de un año después de haberse firmados los Acuerdos de Paz. Pero tienen razón. La razón que le asiste a los protagonistas que firmaron esa Ley que a la vez eran los protagonistas de los crímenes que esa Ley perdonaba dejando en el anonimato a los culpables. Ellos, los firmantes y protagonistas, no estaban dispuestos a respetar la Ley y tenían el poder para procurarse impunidad. Bien lo resume Benjamín Cuéllar cuando dice que “La amnistía es para los valientes que respetan las leyes de la guerra, no para los cobardes”. Ellos, los que han defendido esa Ley desde siempre, defienden su impunidad, y muchos de ellos son los que nos han gobernados en los últimos 27 años desde que tenemos elecciones libres. Y nos han gobernado así, con impunidad. Son los modelo sociales que han mantenido como premisa cultural que la impunidad da poder, y que el poder da impunidad. De ahí que las ambiciones máximas del progreso son social pasan por tener poder para tener impunidad, y tener impunidad para tener poder.

Si ha leído hasta aquí, deténgase un momento y piense en su propia impunidad, sus impunidades domésticas y cotidianas, cuando conduce su carro e irrespeta las leyes de tránsito, cuando desearía tener un amigo, si es que no lo tiene, que le agilice algún trámite burocrático, cuando se siente inteligente porque logró defraudar al fisco, cuando paga o acepta un soborno (disfrazado, por supuesto) para poder hacer un negocio, cuando violenta a su familia, cuando explota a su empleada doméstica, cuando saca provecho de cualquier oportunidad en la que irrespetar la ley le facilitar la vida. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué lo sigue haciendo? Porque sabe, o intuye, que no habrá castigo, que no habrá justicia, porque vive en la cultura de la impunidad, que es buen salvadoreño, “usted se rebusca”. Eso es cultura.

Hace casi dos semanas, la Sala de lo Constitucional declaró inconstitucional la ley de Amnistía, dando un golpe en la mesa de la historia reciente de El Salvador. La trascendencia jurídica e histórica de la sentencia es evidente, estemos o no de acuerdo ideológica o políticamente, y ha sido ampliamente discutida durante todos estos días, pero se ha hablado poco de la trascendencia cultural, la cual, me atrevo a asegurar, será más contundente. Jurídicamente aún hay mucha política que andar para que la sentencia tenga efecto real, es decir, que se investigue, que se le ponga nombres y apellidos, y se enjuicie a los criminales de la guerra, y para que se les perdone con nombre y apellido. Pero la cultura de la impunidad ha sido trastocado de manera irreversible, no eliminada ni superada, eso no lo logra una sentencia, pero sí hay una anomalía en el sistema, una anomalía que instala una duda demoledora para la cultura de la impunidad: ¿Será posible que si irrespetamos la ley haya un castigo?  

El caso de la Ley de Amnistía es paradigmático, pero es evidente que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia lleva varios años dando martillazos contra la cultura de la impunidad, al menos desde la trinchera técnica. Políticamente hace falta un análisis más frío y desapasionado para juzgar el comportamiento de los cuatro magistrados constitucionales, en conjunto y por separado, para entender cuáles son sus intereses cuando votan juntos, y cuáles cuando votan separados, y cuando eligen unos temas y postergan otros. Pero hay un innegable impacto cultural a partir del actuar de la actual Sala de lo Constitucional, porque nuestra cultura de la impunidad nos había hecho asumir que esta instancia evitaría enfrentar a los políticos y a los poderosos. Culturalmente, asociamos a los jueces el sometimiento a los intereses de los políticos, que a su vez, percibimos como representantes de los intereses económicos propios o de grupos determinados. Este país ha funcionado con esta sentido de justicia, con la cultura de la impunidad de los políticos gracias a la connivencia con el poder económico. Cuando la Sala de lo Constitucional cambió su modo de hacer y de pensar y contradijo las expectativas culturales sobre el poder judicial da un giro de tuerca que tiene el potencial de desarrollar progresivamente, tanto en la institución como en la población, otro modo de pensar y otro modo de hacer.

Esto puede parecer una ingenua caricatura porque nuestros problemas son muchos, graves y complejos, y no todos pasan por la Sala de lo Constitucional, y la Sala no es todo el poder judicial. Me apresuro a decir que los cambios institucionales transforman la cultura cuando son constantes y coherentes, pero sobre todo cuando son significativos. Lo cierto es que hoy en día ya percibimos que los políticos y los partidos no son intocables ni eternamente impunes, percibimos que si demandamos sus actuaciones quizá sí se nos haga caso. Si vamos a la intimidad, también percibimos que si somos nosotros quienes violamos la ley quizá sí nos castiguen. Entonces quizá ya no le pegue a mi mujer, o ya no pague sobornos para un trámite, o me haga un conductor responsable, o trate a mis empleados como la ley manda. Y en mayor escala, nos planteamos que quizá sí haya persecución efectiva de la corrupción y del crimen organizado.

Pero los políticos profesionales, con la complicidad tácita o explícita de los medios, la conveniente pasividad de unos, y el borregismo de otros, han conseguido nuevamente imponer un tema urgente sobre un tema importante, convertir el momento de la amnistía en el berrinche de los suplentes. Y aquí nos tienen, hablando de los diputados suplentes mientras enterramos lo importante. Mientras tanto, ya le están buscando suplente a la Ley de Amnistía, según anunció el presidente. Solo me queda recomendarle que cada vez que surja un nuevo escándalo en la Asamblea Legislativa, ya sea por cínicos o por torpes, amplíe al máximo el encuadre para encontrar el tema importante que están ocultando. Y mucho ojo, que andan inspirados.

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Comentarios

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Nuestros patrones culturales hacen posible eso y más..sobre todo el compadrazgo...A los que nos preciamos de ser decentes se nos dificulta mucho trajinar por esta sociedad.

Saludos Élmer.
Comparto con usted que la impunidad es un problema que afecta a toda la sociedad, a los políticos, a los empleados, y a todos en el comportamiento cotidiano, y también estoy de acuerdo en que debemos detenernos y hacer ese ejercicio que usted propone, para darnos cuenta de cuántas prácticas en el ámbito de la impunidad hacemos. Pero me pregunto si no es la irresponsabilidad, la dificultad de enfrentar los errores y resolver los problemas que originan nuestras acciones, el punto central de la cosa, y si la impunidad no es solo una de las salidas a que se recurre para evadir esa responsabilidad, pero hay otras, como ampararnos en la jerarquía para evadir las consecuencias de las acciones propias, (hacia abajo y hacia arriba de la jerarquía, dependiendo del caso) o victimizarnos.
En fin, creo que somos una sociedad en minoría de edad, incapaces de hacer frente a los problemas que resultan de nuestras acciones. La gran cuestión es entonces, desde mi punto de vista, si lograremos un día, por voluntad propia, detenernos y asumirnos como verdaderos ciudadanos cumpliendo nuestras responsabilidades (incluyendo la de pagar impuestos) y decididos a elegir responsablemente nuestras autoridades (interesados en enterarnos si lo que proponen es lo que necesitamos y a demandar una rendición de cuentas).
Quizá solo algo así podrá empezar a cambiar las prácticas vergonzosas que hoy por hoy nos definen como salvadoreños, incluyendo la de la impunidad.
Saludos y buen día.

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