Escribo para aligerar. A veces escribo compulsivamente, divirtiéndome, desahogándome, por incordiar. Pero en algunas ocasiones me pongo serio y solemne, como esos seres que quieren cambiar el mundo.

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06/06/2016 20:26:46

Managua a 70º CAC: punto de ebullición literaria

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Imagen del conversatorio sobre la 'narconovela' con Jorge Franco (Colombia), Marcel Jaentschke (Nicaragua), Alberto Salcedo Ramos (Colombia) y Emiliano Monge (México). / Imagen cortesía de Centroamérica cuenta.

El calor es un tema inevitable en Managua, y no es que uno no tenga otra cosa de qué platicar allá, es que el tema fluye por los poros sin necesidad de metáforas porque el calor no da respiro a la ficción, y, para rematarla, el noticiero de la tarde del primer día anunció que sobre los 37 grados centígrados que marcaban los termómetros y la sensación térmica de 41 se montaría una ola de calor. Sí, más calor. No quedó más que asumir ese trópico improvisado entre dos lagos que juegan a ser océanos. Así ningún menú era del todo apetecible si no incluía aire acondicionado y cargar una botella de agua era obligatorio so pena de perder el enfoque y la concentración, y en esos días nadie quería que le pasara eso, no sea que estuviera al lado Javier Cercas, Laura Restrepo, Santiago Roncagliolo, Ignacio Padilla, Almudena Grandes, o algún otro literato o un buen lector y que por la falta de enfoque y concentración uno se perdiera una buena plática, o al menos un apretón de manos y un par de besos de estos señores, de estas señoras que hacen o leen los libros que leemos, que queremos leer, que debemos leer.

Han pasado ocho días desde que volví de Managua y me reencontré con el calor propio, y llevo ocho días pensando en qué escribir sobre Centroamérica cuenta –ese festival tan espectacular por la cantidad de autores, ideas, debates y fiesta– que no fuera un recuento comentado del programa o un repaso por lo que ya detallaron otros. Escribí y borré cinco o seis veces, me alejé de la página casi derrotado y ahora vuelvo dispuesto a implementar algo que aprendí en el Taller del miedo que impartió Roncagliolo: usar narrativamente a nuestros monstruos para hablar del tema que nos interesa hablar.  

Pues yo siempre tengo miedo de conocer a los autores que leo. Y en Centroamérica cuenta me vi de pronto rodeado por autores y autoras. Gente que escribe y publica en editoriales grandes y venden sus libros en todo el mundo hispano, pero, para mi salud mental, en su gran mayoría, son libros que no he leído. Y lo escribo con un poco de vergüenza porque son gente importante y sus libros son la actualidad literaria que nutre las páginas de los suplementos literarios más prestigiosos. Pero es así, de los 70 autores presentes en Managua durante Centroamérica cuenta solo he leído obra de muy pocos, de Sergio Ramírez, de Miguel Huezo Mixco, de Manlio Argueta, de Santiago Roncagliolo, Gioconda Belli, Jorge Franco, Laura Restrepo, Luis García Montero y leo constantemente a periodistas como Juan Cruz, Berna González y Alberto Salcedo Ramos, y, por supuesto, consumo la poesía de los nicas de la familia Enrique Delgadillo y Mario Martz. Si se vale, voy a agregar que he visto las películas basadas en novelas de Javier Cercas y Almudena Grandes, y de ellos y otros por ahí he leído sus columnas y artículos publicados por periódicos y revistas. También tengo que decir que estoy absolutamente seguro de que ellos no han leído nada mío que no sea, si acaso, mi nombre en el programa.

Hecho mi acto de contrición, vuelvo a mi miedo a conocer escritores. Me explico: habemos un espécimen de lectores que cuando lee establece una relación personal con la obra y, en buena medida, con el autor, pero el autor como personaje implícito en lo que uno lee. No necesariamente porque uno crea que está leyendo la vida del autor, sus actos, pensamientos y emociones, es porque uno idealiza a la persona capaz de escribir esa literatura que tanto le impacta a uno, y uno quiere creer, uno necesita creer, que algo de eso vive en los autores. A veces sí. A veces no. A mí la realidad me ha golpeado mucho con autores en la estratosfera del éxito, inalcanzables y distantes, cuando no soberbios y pedantes, o simplemente muy por debajo de mis expectativas o muy por encima de mis miedos. Pero mi miedo mayor es no volver a disfrutar de sus libros por la mala experiencia de haberles conocido. Ha sucedido también que he conocido a personas encantadoras, brillantes, generosas y empáticas, y a muchas incluso antes que a sus libros, a los que llegué después, en contravía.  

Para un centroamericano la oportunidad de conocer autores internacionales y locales en persona es escasa. Cuando digo conocer en persona me refiero a escucharlos a viva voz desarrollar sus ideas sobre literatura, sobre el mundo, la industria editorial, debatiendo, argumentando, explicando su obra o la de otros, exponiendo su visión del mundo y las realidades que viven y observan. Y más escasa aún es la oportunidad de conversar en la cotidianidad del desayuno, o de una cerveza, o en el bus, o, en mi caso de periodista, sin una grabadora y con tiempo limitado armado con una batería de preguntas para obtener la batería correspondiente de respuestas.

En países como El Salvador nos privamos de esa oportunidad porque ni siquiera sabemos quiénes son nuestros autores, ni sus rostros, ni su voz, ni su pensamiento, porque no existe el orgullo por nuestra literatura viva, apenas hay editoriales que los publican y promocionan, y apenas hay páginas en los periódicos con información consistente sobre la producción literaria local. Los escritores y las escritoras tampoco son fuente para la reflexión sobre las realidades del país, nunca participan en los programas de análisis de coyuntura en radio, televisión o prensa escrita, hay un ignorante menosprecio por sus opiniones. Es cierto también que de parte de los autores hay, a veces, demasiada prudencia y recato al opinar sin filtros en un contexto en el que el poco apoyo puede ponerse en juego. El Estado salvadoreño tampoco pondera a sus escritores vivos, no invierte, ni desarrolla políticas públicas pertinentes. Las publicaciones, premios, becas y eventos pasan desapercibidos y nunca son reflejados en los logros del país.

Pensando en todo esto, encontré en esta oportunidad lo mejor que tengo para contar sobre Centroamérica cuenta: ver y escuchar a la gente que escribe profesionalmente desenvolverse cercanos y hablar con más franqueza que la que impone un micrófono o una grabadora encendida. Ver cómo alternan la pose y la sinceridad, cómo debaten entre iguales, cómo comen y cómo beben, cómo bailan y cómo coquetean, cómo se burlan, cómo desesperan y gritan impúdicamente durante un partido de fútbol. Verlos de carne y huesos, no solo de papel y tinta. Y ese es mi punto. Centroamérica cuenta nos da a los centroamericanos la oportunidad de acercarnos a la literatura por la parte más viva y humana: a través de los que escriben, hombres y mujeres que se dedican a escribir novelas, poesía, cuento, ensayo, crónica y que viven de eso, o alrededor de eso, gracias a que hacen eso. Escuchar sus ideas y sus argumentos con el sonido directo de su voz, su acento, su risa y las entonaciones de su ironía, o de su sarcasmo, o de su queja. Si no los hubiera conocido así, quizá no los quisiera leer como ahora quiero. Ya no les tengo miedo.    

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Durante los días de Centroamérica cuenta, la calurosa Managua hirvió también por las ganas de escuchar el cuento de la literatura que llegaron a contar más de 70 escritores de más 17 países que entre el lunes 23 y el sábado 28 de mayo hicieron lo suyo desde muy temprano hasta muy tarde cada día. Lo suyo es enseñar a hacer visible lo invisible con las técnica del cronista que enseña Alberto Salcedo Ramos, y con un buen argumento fotográfico a la manera de Daniel Mordzinski, y con un guión cinematográfico, como lo hizo Gabriel García Márquez, según cuentan Jorge Franco, Daniel Centeno, María Lourdes Cortés y Miguel Díaz Reynoso. Estuvo aquí también el ilustrador español Ángel de la Calle para contar la vida con viñetas; y el peruano Santiago Roncagliolo impartió el taller del miedo, mientras Berna González descubre dónde se refugian las buenas noticias. Las memorias incómodas las trajo Anne Huffschmind para proponer una manera de mirar, leer y marcar el pasado en presente. Aquí se viene a aprender lo inimaginable para contar mejor lo imaginado.  

No faltaron las pláticas con el público sobre literatura y autores, desde Cervantes y Darío hasta los que llenan los estantes de la novela negra, la novela histórica, la narconovela, la novela gráfica y otros ingenioso títulos que cayeron sobre los conversantes y que muchos no se quisieron poner, porque, eso sí, esta gente es rebelde cuando se trata de colgar etiquetas. “Yo no sé qué hago aquí”, decían unos y otras en cada mesa, renegando con humor del estante que les toca. Pero la plática encontraba su cauce

“La novela en Latinoamérica no es solo un género literario, es un peligroso género libertario”, dijo el mexicano Gonzalo Celorio sobre la trascendencia histórica que ha tenido el género en la región, mientras Javier Cercas advierte con ironía sobre la suerte que tendría hoy Miguel de Cervantes: “Cuando escribe el Quijote se convierte en un escritor de bestsellers, y así, hoy en día, Cervantes nunca hubiera ganado el Premio Cervantes”. Santiago Roncagliolo también recuerda que “Cervantes y Darío, al igual que los escritores de hoy, escribían buscando una pensión del Estado para sobrevivir económicamente, y nunca la consiguieron”… Y así se habló con ingenio y erudición durante seis días ante un público que da envidia, porque, sin duda, Nicaragua tiene al mejor público para la literatura.

A diferencia de otros eventos literarios internacionales en otros países, Centroamérica cuenta tienen como ventaja la poca dosis de glamour, es decir, pese a lo profesional e impecable de la organización y producción del evento, no hay trato de estrellas para nadie, todos los invitados recibimos el mismo trato, el mismo cariño y la misma atención. Tampoco hay dispositivos de seguridad extremos –ayuda que Nicaragua sea uno de los países más seguros del continente– y tampoco hay camerinos ni salidas especiales, entonces, cualquiera del público puede acercarse e intentar abrir una conversación, pedir una firma, una foto, brindar con un copa, rebatir alguna idea, o retar a Carlos Pardo a un duelo de breakdance, o pillar a Javier Cercas en amplia y amena plática literaria con un grupo de informáticos muy leídos, disfrutar de una charla que salta del chiste verde a la crítica política entre Emiliano Monge y Antonio Ortuño, o ver sonrojarse al bar entero cuando se escuchan los creativos (y cariñosos) insultos entre Daniel Centeno y Alberto Salcedo Ramos.

Y no se trata solo de presumir la socialité, sino de entenderla como una manera de impactar e inquietar a los lectores, de crear una relación de doble vía como una oportunidad insustituible para ganar público para la literatura y alimentar la curiosidad, además de enriquecer las opiniones de cada quien con miradas distintas a la de los políticos y analistas que se repiten incesantemente en los medios. El contacto humano como contenido, eso es lo que aporta este festival.

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Managua, desde los 80, es una ciudad acostumbrada a los escritores y a las escritoras que acudieron en tropel a respaldar la Revolución sandinista, aquella, la primera, la única con erre mayúscula. Es conocido que fueron visita recurrente, incluso algunos vivieron temporadas en suelo nica y escribieron desde ahí algunas de sus obras. Los escritores famosos usaron sus voces famosas para hablar y defender aquella revolución y resultaron ser de las pocas voces que conseguían elevarse contra la permanente ofensiva anticomunista durante la guerra fría y aportar el capital moral que se sumó al de los escritores, artistas e intelectuales locales. En el documental que mostró Jorge Dalton en Centroamérica cuenta podía verse un poco de aquellos años en los que los grandes del boom coincidieron en aquella Revolución y está lleno de sugerencias de cómo y por qué fueron separándose. También algunos libros de Sergio Ramírez, de Claribel Alegría, de Ernesto Cardenal y de otros más ilustran aquellos días.

Cuando aquella Revolución perdió el rumbo, los escritores también hicieron sentir su decepción, su desencanto, su reclamo, y muchos insistieron en recuperar aquella Revolución y endosaron su respaldo a los revolucionarios originarios, entre los que se cuentan narradores, poetas y periodistas que siguen viviendo y trabajando en Nicaragua para evidenciar la resistencia. La literatura se posicionó contra el desvarío y pronto se vio desplazada y sin apoyos oficiales. Pero el Festival de poesía de Granada –cada febrero desde hace 12 años– y Centroamérica cuenta –cada mayo desde hace cuatro años– convocan a decenas de escritores de todo el mundo que acuden llenos de energía y palabras nuevas que son recibidas como en su casa, porque los nicas se hicieron lectores y amigos de la palabra escrita y es un placer verlos disfrutar de las palabras en la voz de los novelistas, cuentistas y poetas como que si de conciertos de rock –o reguetoneros– se tratara, pero con un estruendo más íntimo y permanente.

Por esa memoria que nos une es que Managua alcanzó hace ocho días su punto de ebullición literaria con estos 70 escritores y escritoras que sumaron su grado de temperatura creativa para que miedosos como yo encontraran en su miedo el pretexto para contarlo, compartirlo y ojalá conseguir que en los próximos años alguien que me lea quiera someterse al calor literario de Managua, que por siete días al año hace que Centroamérica cuente.

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