Escribo para aligerar. A veces escribo compulsivamente, divirtiéndome, desahogándome, por incordiar. Pero en algunas ocasiones me pongo serio y solemne, como esos seres que quieren cambiar el mundo.

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01/12/2015 14:20:55

Día dos y tres en la FIL: Jornadas de vértigo con Rushdie, Goldman, Anderson, Herbert y Franzen

Vengo de El Salvador y una de las cosas que no dejan de conmoverme en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es su público. Las nutridas filas en las taquillas cada día, los pasillos y lo stands repletos de gente, el entusiasmo de gente que incluyen la lectura en su canasta básica y que acuden en familia a pasar uno o varios días rondando los 34 mil metros cuadrados dedicados a la literatura y a la industria editorial tanto en español como en otros idiomas. Un promedio aproximado de 88,888 boletos se venden cada día a 20 pesos cada uno (US$1.20 al cambio de hoy), y para que un salvadoreño logre dimensionar esta cantidad de público quizá ayude decir que se trata de un número de gente que supera por casi por 2,500 las localidades (estándar FIFA) que suman el Estadio Cuscatlán y el Estadio de la Flor Blanca en sus máximas capacidades.

Tampoco deja de angustiarme el programa de cada día, de cada hora, que ofrece crueles simultaneidades y lo somete a uno al dulce suplicio de elegir entre acudir a Juan Villoro, o a Enrique Vila-Mata, o a Richard Blanco, o toca compartir la hora cuando se puede, porque hay eventos en que se debe hacer fila una hora antes para conseguir entrar. En fin, la queja es pura gana de ponerle drama a narrativa de esta emoción siempre inédita de vivir la literatura en una de sus grandes celebraciones anuales, así que mejor me concentro en contarles, en diferido, un poco de lo visto, oído y leído durante mi segundo y tercer día en la FIL que han incluido entrevistas al español Antonio Muñoz Molina y a la mexicana Elena Poniatowska, unas entrevistas que podrán leer, ver y escuchar próximamente en El Ágora de El Faro.

Las jornadas de estos dos días solo las puede definir la palabra vértigo, el mareo y la tentación de dejarse caer en las obras tan disímiles que se construyen desde la profundidad de las ideas de estos portentosos autores.

Érase una vez que Salman Rushdie se salvó porque sabía inventar

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Silvia Lemus de Fuentes entrega a Salman Rushdie la medalla Carlos Fuentes durante la partura del Salón Literario de la FIL de Guadalajara 2015. / Foto de Élmer L. Menjívar

La apertura oficial del Salón Literario de la FIL inició con recuerdos de hace 20 años cuando Carlos Fuentes presentaba en cuerpo ausente El último suspiro del moro (1995), un libro de Salman Rushdie, quien presuntamente se mantenía escondido y lejos de cualquier evento público, pero, para sorpresa de los presentes, apareció por primera vez en un evento literario masivo, desde que el ayatolá Jomeini ofreció 2.4 millones de dólares por su cabeza como condena por la publicación de Los versos satánicos. El autor británico, nacido en Bombay en 1947, rememora vívidamente cada detalle de aquellos momentos, salvo los que se incluyen en algún episodio que “está borroso por la cantidad de tequila que bebimos”, se delata.

Al mediodía del pasado domingo 29 de noviembre, Carlos Fuente ya no estaba para presentar a su amigo, pero la medalla con su nombre fue colgada en el cuello de Rushdie por Silvia Lemus de Fuentes, esposa del escritor fallecido en 2012. Esta vez fue Pedro Ángel Palou fue quien presentó al escritor como “una máquina generadora de historias” que juntas son “una reflexión sobre la fe y la razón y la libertad de la imaginación”. Cuando Rushdie tomó la palabra lo hizo para reivindicar a Sherezade, el símbolo por antonomasia de la imaginación como el arma más poderosa para sobrevivir, un símbolo distintivo en su autobiografía aún no escrita. En su conferencia repasó con audacia a la heroína de Las mil y una noche y con genial suspicacia puso a trabajar la imaginación de quienes escuchamos sus preguntas sobre aquella mujer y sus circunstancias de las que poco sabemos por su boca, y ante el vacío, a la imaginación le toca inventar.

“Somos las únicas criaturas que se cuentan historias a sí mismas para entender qué clase de criatura somos”, dice Rushdie, y en la frase entrona la capacidad de narrar como la mayor evidencia de humanidad. También entra en el debate sobre la superioridad de la ficción y la realidad, y se decanta por la primera. “Lo fantástico consiste en agregar más dimensiones a la realidad para enriquecerla y no para escapar de ella”, y sentencia que “la tradición realista está condenada a una inevitable repetición”. Sabe que “por consenso general vivimos en la era de la no-ficción, pero la ficción [que se hace] en serio sigue viva” y la subraya como insustituible al momento de entender la vida, porque la vida es mucho más que la realidad, y es por eso que agrega: “Quise volver ahí, donde las historias nunca fueron ciertas, pero que cuentan la vida de manera más cierta”, por lo que es necesario “girar al irrealismo para ver su manera de explicar la vida [...] Estoy a favor de seguir inventando cosas”, porque nadie entendería la vida en este planeta sin las ficciones de Italo Calvino, Günter Grass, Angela Carter o Frank Kafka.

Pero Rushdie no es ningún fanático, y advierte sobre las imaginativas trampas de la industria y llama a estar atentos a la calidad. “Pero la ficción es ficcionar, inventar cosas, todos somos seres soñadores y podemos escribir de los sueños, que no son realidad, pero son parte de la vida... Pero, a menos que sueñes los Juegos del Hambre, ¡entonces rómpelo!”, suelta con humor, al que también recurre para cerrar con consejos para los escritores de ficción y de no ficción: “Escribe solo de lo que conoces, pero solo si lo que conoces es verdaderamente interesante. Si lo que conoces no es suficientemente interesante, entonces escribe de lo que no conoces, pero para eso vete de casa”, dice un sobreviviente de la realidad que ahora viene libre a presentar Dos años, ocho meses y 28 días, que plasma estas ideas reivindicativas de la buena fantasía.


Un gringo y guatemalteco y casi mexicano en el circuito interior del mero DF

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Presentación de Ciurcuito interior, con Francisco Goldman, Martín Solares y Diana Hernández durante la FIL de Guadalajara 2015. / Foto de Élmer L. Menjívar.

Francisco Golgdman es uno de esos escritores que a la vez son los personajes de su bibliografía. Y cuando uno ha pasado momentos en su cercanía puede dar fe de que su realidad supera cuánta ficción alcance a escribir. La novela Di su nombre (Say her name, 2011), la autobiografía de su duelo por la muerte de su esposa Aura en 2007, fue un suceso mundial que arrodilló a la crítica anglosajona y, luego de su traducción en 2014, a la hispana. Ese duelo literario que deambula entre la ficción y la no-ficción, entre el pudor y el exhibicionismo emocional, tiene ahora una suerte de secuela llamada El circuito interior, publicada en español en 2015 por la editorial mexicana Sexto Piso, que se presentó en la FIL de Guadalajara con una charla “entre cuates” con Martín Solares y Diana Hernández. Según supimos los asistentes, Solares es el cuate-editor con quien surgió la idea y Hernández la cuate-editora que la publicó, pero no supimos porque salió así la cosa, pero Solares dejó claro que aún no supera el trauma de que aquella idea haya ido a parar con la competencia. Pero el reclamo era entre risas y anécdotas impúdicas, como esa de cuando Goldman le prestó su apartamento a Solares para que llevara a aquella muchacha que tanto quería amar. Así parecen ser de transparentes las cosas con Goldman.

Hernández intervino para citar a un crítico de Los Angeles Times que dijo que Circuito interior es un “un libro que se da forma a sí mismo” y agregó que cada libro de Goldman tiene esa característica, una búsqueda estilística que genera un prototipo literario que ha bebido de diversos recursos, los necesarios para que el autor deje plasmado un reto para su lector. Para este caso, Goldman explica que el nombre del libro remite a una vía de circunvalación que rodea el centro de la Ciudad de México, pero que resultó ser la metáfora perfecta para novelar la vía que lo hizo salir del doloroso túnel del duelo por la muerte de su esposa. “Un día me di cuenta que no había vuelto a conducir desde la muerte de Aura, y de alguna manera sentí que volverlo a hacer era una manera de dirigirme a la salida”, dice, y luego narra algunas de la aventuras vivenciales que están en el origen de varios de los episodios de la novela, así desde su yo más íntimo a su yo más colectivo hay un tránsito intenso que se torna en preguntas empáticas ¿cuál es el duelo que viven los demás en esta ciudad? Y aparecen los que lloran a sus muertos o desaparecidos por una violencia que el autor intenta desnudar para enfrentar a una ciudad demasiado acostumbrada a mirar para otro lado con tal de seguir siendo esa burbuja de paz cada vez más vulnerada por la contundencia de todo un país. 


Jon Lee Anderson y la misma vieja guerra de siempre

Jon Lee Anderson - Libia
Presentación del libro Crónicas de un país que ya no existe, Libia de Gadafi al colapso, de Jon Lee Anderson, dentro de la Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, domingo Noviembre 29, 2015. / © Cortesía FIL Guadalajara / Bernardo De Niz.

Si ayer Jon Lee Anderson mostraba su rostro más heterodoxo en la presentación de una novela gráfica basada en su biografía del Ché, hoy desmostró que se mantiene con las botas enlodadas y muy firmes en el periodismo que lo ha encumbrado como uno de los mejores narradores de las guerras del siglo XX y las que van en el XXI, incluyendo la salvadoreña. Presentó su Crónica de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso (Sexto Piso) y habló como un perito judicial al borde del cinismo que describe sin pudor la escena del crimen: “La guerra es la cosa más antigua que hace la humanidad, no hay nada peor, es lo que nos jode y nos impide civilizarnos. Parece que a partir de Libia la guerra cambió pero en realidad es la misma vieja guerra de siempre, cuando ya no puedes negociar tienes que invadir, si es posible violar a sus mujeres para implantar tu semilla, los matas o los neutralizas, por eso la guerra es tan fregada, por más que la revestimos con cosas bonitas como leyes o derechos humanos”. Ante esta situación dice que se mantiene más vigente que nunca la necesidad de su oficio que consiste en “meter mano en el mundo para que esas historias dejen de ser un ruido blanco más”.

El libro recoge su trabajo en Libia entre febrero de 2011 y agosto de 2015, el nacimiento, la evolución y las vertientes de esa guerra que, según él, explica el presente y explicará el futuro bélico que nos espera. La charla llevó inevitablemente a ISIS, esa megaorganización terrorista que ha puesto en jaque al mundo oriental y occidental por igual, y aquí suelta una amarga receta: será necesario arrazar con ella, exterminarlos, matarlos, pues sólo así se erradicará la ideología que propagan. “Suena fuerte pero así debe ser. Así ocurrió con los nazis”. Así de fuerte suena la realidad.


La poesía en en salón de Julián Herbert

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Julián Herbert durante su lectura y conversatorio en el Salón de la Poesía en la FIL de Guadalajara. / Foto de Élmer L. Menjívar.

El espacio más acogedor de la Feria Internacional del Libro es el Salón de la Poesía, no solo porque hay tequila para los asistentes –que requieren preinscripción–, ambientación chill out y cándida iluminación, sino también porque hay poetas y poesía que se encuentran con un público que se entrega a escuchar y cuando llega el turno no deja de preguntar. Aquí conocí a Julián Herbert, un escritor que encarna el ímpetu de la indignación del abstracto ciudadano que se ve arremetido por las injurias de estos tiempos. Herbert se afana por elaborar poesía con la carne cruda, con ese léxico llano que alcanza la poética en sorprendentes figuras retóricas que se van descargando en un tono conversacional que poco a poco preparan la escena para la demolición. Así, versa sobre el amor, sobre los normalistas desaparecidos, sobre la gordura, o sobre el poeta que dejó de escribir “procu­rando que la cabeza de su hijo / no toque nunca el suelo”, a veces ficciona y a veces no, pero advierte que “los poemas siempre están hechos de vida, ficción o no, son parte de la vida”.  

Dice que hace dos años no escribe poesía, pero también es novelista y cuentista y ensayista y músico, sin embargo, sostiene que "debajo de cualquier gran obra narrativa siempre está latiendo un poema", y por eso La casa del dolor ajeno reúne todas las destrezas de este escritor que ha querido narrar una de las matanzas de los últimos años (Torreón, 2011) para reflejar todas las demás ignominias que han venido. Se trata de un libro de géneros híbridos. Reconoce que es de esos autores que “siempre quiere que su libro sea un nuevo género”. Canción de tumba, Cocaína. Manual de usuario y Álbum Iscariote son otros de sus títulos en los que asume otra de sus consignas: “Un escritor debe ponerse en riesgo”, un riesgo a disposición de un buen lector.


De las correcciones a la pureza de Jonathan Franze

Franzen

Uno ve que en la cartelera aparece que en quince minutos empieza la presentación de la traducción al español de Pureza, la más reciente novela de Jonathan Franzen, con el autor presente, y uno cree que será imposible entrar al auditorio Juan Rulfo porque Franzen ha sido portada de la revista Times bajo el titular “El gran novelista americano” (solo cinco literatos han ocupado esa portada hasta ahora), porque con tres de sus novelas ha logrado vender más de 9 millones de ejemplares, porque fue amigo íntimo de David Foster Wallace hasta su suicidio, porque fue el primero en recibir la medalla Carlos Fuentes al abrir el Salón Literario de la FIL en 2012. Pero no fue difícil entrar al auditorio, ni para mí ni para nadie. No estaba vacío pero quedaron algunos asientos sin ocupar. Quizá porque no habla español (aunque hubo servicio de traducción simultánea gratuito) o quizá porque la literatura contemporánea estadounidense no tiene mucho impacto en el gran público iberoamericano. A saber.

El caso es que ahí estuve a cuatro metros de su mesa y no podía dejar de pensar en el capítulo seis de la temporada 18 de Los Simpsons en que, gracias a Liza, Moe se cuela entre la alta alcurnia literaria estadounidense y asiste a un congreso de míticos escritores en el que Franzen protagoniza un hilarante intercambio de puñetazos con Michael Chabon. Pero esta presentación no acabó a puñetazos entre Franzen y Jorge Volpi, quien en la mesa era el encargado de presentar la pureza del estadounidense. Al contrario, luego de escuchar a Volpi –por cierto, el presentador con más trabajo durante esta FIL– la primera frase de Franzen fue “ahora ya sé quién puede escribir un buen prólogo para mis libros”. Y reímos todos. Volpi había señalado que Pureza “es un lúcido regreso a la narrativa del siglo XIX, el de narrar con el mayor detalle pero con esa mirada irónica”.  

El humor fue un reclamo constante del autor. “A veces la gente no se da cuenta de que tiene permiso de reírse”, dijo al contar una anécdota sobre los públicos que le toca enfrentar y sobre los personajes de su novela que relata lo que su protagonista femenina está dispuesta a hacer para conseguir el dinero que necesita para realizar sus planes de vida, incluso encontrar al padre cuya identidad ha sido el secreto mejor guardado de su madre.

Luego las preguntas se fueron por la fama y por los amigos famosos, y hubo alguien que preguntó si conociendo a tantos escritores interesantes nunca ha querido convertirlos en personajes literarios, a lo que respondió: “yo elijo como amigos a gente con la que me siento a gusto y con quienes no tengo fricciones, y eso implica que no son para mí muy interesantes… Y como no quiero perder a los pocos amigos que tengo, no lo exploto de ninguna manera”.


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Me encanto que se haya puesto serio y solemne

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