Escribo para aligerar. A veces escribo compulsivamente, divirtiéndome, desahogándome, por incordiar. Pero en algunas ocasiones me pongo serio y solemne, como esos seres que quieren cambiar el mundo.

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10/07/2015 9:09:15

El juicio del Dios de Ayhllón

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Mercy Flores, Rosario Ríos y Dinora Cañénguez como Tola, Lupe y Pepa en Las Partículas de Dios. / Foto de René Figueroa por cortesía Mobydick Teatro.

El chiste es la célula funcional de la comedia teatral y en su esencia se juega el género. El chiste, decía Sigmund Freud, es “un juicio que juega”, es decir, una crítica lúdica, una “provocación consciente y hábil del humor, sea este la intuición [lo que entendemos] o de la situación [lo que vemos]” que busca, como toda sugerencia freudiana, el placer puro entre las pulsiones de la existencia –eros y tánatos, vida y muerte– en las que transcurre nuestra psique. La risa es la respuesta-reflejo –psicosomática– ante los elementos constitutivos del chiste, que son invariablemente, y desde siempre, el sexo, la violencia, los temores, las aversiones, las situaciones imposibles o las escenas chocantes. Estos mismos elementos los identificó Freud también en los sueños, por eso abordó el chiste y los sueños –ambos mecanismos catárticos del placer– en un mismo tratado en el que reseña que, además, ambos necesitan de la espontaneidad y de la sorpresa para su remate. Pero también hay matices: a diferencia del sueño, el chiste es un placer social que necesita de la comunicación para que nos produzca placer, y es esto lo que hace al chiste una herramienta natural para la dramaturgia –y otras artes– cuando trafica con mensajes que solo son bien recibidos gracias a la mediación del placer. En su Poética, Aristóteles dejó dicho que “la comedia tiende a representar a los hombres como peores, y la tragedia como mejores, de lo que son en la vida real”, así, la comedia es capaz de ponernos frente a lo peor de lo humano sin que nos resistamos demasiado porque nos reímos, creemos, de ‘los otros’; en cambio, las tragedias nos ponen frente lo peor que –creemos– hacen ‘los otros’, pero nos ofrece en recompensa revelarnos idílicamente lo heroico que –creemos que– somos.

A pesar de que a nadie le gusta sentirse juzgado, a todos nos gusta reírnos. Con Las partículas de Dios, Luis Ayhllón ejerce el arte de abofetearnos a chistazos con una chocante pieza dramatúrgica que llevada a las tablas por Mobydick Teatro consigue eso que según Freud consigue el chiste: juzgarnos jugando.

El texto recurre con gran efectividad a la sexualidad, a la violencia, a los temores, a la vergüenza como toda comedia, pero esta pieza lo hace en la clave más grotesca de un realismo caricaturizado. No estamos frente a una comedia complaciente como esas que fluyen a fuerza de chistes facilones, ridiculizaciones de ‘los otros’ y vulgaridades. Las partículas de Dios van en sentido contrario. La historia de cada uno de los personajes es compleja y posible, demasiado parecida a la de los públicos presentes: maltrato intrafamiliar, alcoholismo, oportunismo, soledad, vejez, desencanto, traición, desesperación y amistad verdadera en su manifestación más perversa. La maestría del autor se corona con la reiterada risa en el patio de butacas, a veces esa risa nerviosa que brota boba ante el ridículo propio.

El dramaturgo mexicano –de madre salvadoreña– escribió Las partículas de Dios ex profeso para la compañía Mobydick Teatro. La pieza dramatúrgica ganó el Certamen Internacional de Literatura "Sor Juana Inés de la Cruz" en 2014, galardón que se suma a los varios reconocimientos obtenidos durante una exitosa carrera con más de 30 obras. El estreno mundial fue el jueves 4 de junio, aquí San Salvador, en la temporada 2015 del Teatro Luis Poma. La función a la que aquí me referiré es a la del jueves 11 de junio. Luego hubo tres funciones en el Teatro Nacional y se ha anunciado fechas más en La Casa Tomada el próximo viernes 17 y sábado 18 de julio, y lo más seguro es que haya más funciones en los meses siguientes.

El primer montaje de una obra siempre es un caso particular: es la primera vez que los diálogos se hacen escuchar por un público, que se interpretan, que los personajes son caracterizados, que los personajes demuestran su verdad escénica, su verosimilitud, su capacidad para tomar humanidad. También es la primera vez que el ritmo se pone a prueba, y en este aspecto el reto es más duro cuando se trata de una comedia, porque el timing es la clave, y la mayoría de las veces no se puede estar seguro si las risas y las carcajadas se van a administrar como el autor del texto teatral planificó. Sin lugar a dudas, Ayhllón sabe que una línea de humor solo se concreta en la risa del público, y el espectro que dibuja la risa va de la sonrisa a la carcajada, y una de las diferencias entre una y otra es el tiempo que dura y el ruido que provoca –si me río mucho más tiempo y mucho más fuerte de lo calculado probablemente no escuche la siguiente línea si esta va ligada– y el tiempo de una comedia de teatro debe administrarse con mucha precisión, y la precisión solo se logra con la experiencia en escena, en la escena viva, ahí donde se hacen valer el director y el elenco, a veces a pesar (o con pesar) del dramaturgo. Casi ninguna buena puesta en escena es fiel a la literalidad del texto, porque cada público es diferente –a veces en cada función– y aún más diferente frente al humor –hay más consenso en por qué llorar que en por qué reír–, y en este punto es que llegamos al fondo, al contenido, al discurso, al debate, al asunto y al trasunto de la comedia: el chiste, el buen chiste bien contado.

Pues Mobydick Teatro cuenta muy bien Las partículas de Dios.

Mobydick Teatro es una compañía endógena, su fortaleza siempre la he intuido en la relación que tienen entre sí sus integrantes, una relación que les permite procesos creativos muy orgánicos y aparentemente muy consensuados. Sus puestas en escena siempre me dejan la sensación de extrema complicidad, como la de una familia. Todos sabemos que las familias son complicadas.

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Escena de Las partículas de Dios, de Luis Ayhllón, puesta en escena de Mobydick Teatro / Foto de René Figueroa por cortesía Mobydick Teatro.

Santiago Nogales dirige con mucha inteligencia esta primera puesta en escena de Las partículas de Dios y, esta vez en particular, se luce en la dirección actoral, algo que es difícil conseguir –no siempre lo hace– cuando se trabaja con tres de las actrices más experimentadas de los últimos 20 años de la historia del teatro salvadoreño: Mercy Flores, Dinora Cañénguez y Rosario Ríos. Se agradece el control creativo sobre los personajes al tratarse del estreno mundial de una comedia complicada, pues al carecer de referencias, el desborde es un peligro inminente si no se logra administrar el cúmulo de experiencias personales y las interpretaciones posibles. Los personajes se sostienen la mayoría del tiempo en escena, los deslices son pocos y algunos muy sensibles, pero, repito, la dirección de las actrices logró mantener el montaje sobre la línea de lo correcto.

Ya he visto el efecto de una dirección actoral débil en un pieza de Ayhllón: La extinción de los dinosaurios, montada, dirigida y actuada por Roberto Salomón durante la temporada del Teatro Luis Poma del 2014. Lo mejor de aquel montaje es que expuso el talante del escritor, un talante que hace falta en la cartelera de teatro salvadoreña tan proclive a los extremos: o la vulgar comedia, o el drama impenetrable, con las dignas excepciones que entre uno y otro se dan en la escena local.

Tola (Flores), Pepa (Cañénguez) y Lupe (Ríos) son los personajes principales de la comedia, a ellas se suma un coro de personajes, soportados todos por las mismas actrices, que funcionan como secundarios narrativos y transiciones. Las tres mujeres protagónicas encarnan tres estereotipos en una historia arquetípica. Me explico: Tola, Pepa y Lupe representan tres temperamentos morales y tres mecanismos de supervivencia social que son fácilmente identificables en su dicotomía: Tola, la liberal/pragmática; Pepa, la conservadora/cínica; y Lupe, la ingenua/astuta. Las individualidades cobran sustancia en la relación que las circunstancias establece entre ellas, una circunstancia tan absurda y errática que logra antojarse verosímil, puntual y única. Robert McKee, guionista y teórico del guion cinematográfico, describe muy bien el resultado al explicar que "las historias arquetípicas desvelan experiencias humanas universales que se visten de expresión única y de una cultura específica”. A las circunstancias se suman las anécdotas, que funcionan como leit motiv, de un físico teórico desencantado que roza la ataraxia ante la conclusión de que al final del túnel solo hay una luz que ciega para siempre, y ahí mismo es donde entra (o sale) Dios en la escena. Es este personaje límite en donde confluyen las motivaciones de las tres mujeres tan dispares y tan unidas por un sino desesperado.

El tratamiento de las sexualidades que el autor hace en esta obra es despiadado incluso con un público habituado al chiste verde, al doble sentido, a la “vulgaridad” explícita o a la ridiculización. Aquí la sexualidad recibe un tratamiento hiriente, desde la esposa devota que sufre las vejaciones de un marido alcohólico, pasando por la prostitución familiar inducida, hasta la homosexualidad genitalizada en su estereotipo más grotesco (siempre se traga mejor al personaje del homosexual asexual divertidamente amanerado que al personaje homosexual aludiendo su sexualidad genital). No hay concesiones en la búsqueda del choque frontal contra los prejuicios del butacahabiente, uno tras otro con ritmo sostenido que no hay tiempo para asimilar el desconcierto, solo hay tiempo para dejarse reír.

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Rosario Ríos, Dinora Cañénguez y Mercy Flores caracterizan más de un personaje en Las particulas de Dios. / Foto de René Figueroa por cortesía de Mobydick Teatro.

El uso del espacio y la luz en la puesta en escena es apenas la justa para que no pueda hablar de pobreza estética, pero tampoco hay un aporte estético que vaya más allá de lo funcional, lo cual no es un defecto en sí, más bien es un límite autoimpuesto y decentemente manejado: la acción y la narración fluyen con eficiencia, quizá a sabiendas de que hay un poderoso texto cubriéndolo todo.

Uno de los sellos de origen de Mobydick Teatro es la integración de la música original en vivo, que aparece en el programa como “espacio sonoro”, a cargo, esta vez, de Víctor Suncín, quien aportó una pista que funciona para lo incidental y para lo coreográfico. Es decir, tiene siempre una intención narrativa y nunca es mera ambientación efectista para impostar emociones. Es un muy buen recurso que lamentablemente está a merced de las condiciones técnicas que ofrezca la sala de teatro. La sala del Luis Poma no cuenta con un diseño de sonido para estos recursos y, dependiendo de donde está uno sentado, la música puede interferir en la comprensión de los diálogos. Supongo que el Teatro Nacional ofreció mejores condiciones, pero deberá preverse siempre las malas condiciones para que la función no se vea afectada por el recurso.

La obra arranca fuera del escenario con una triada de científicos buscando entre el público –¿dónde si no?– las mismísimas partículas de Dios, esas chispas de lucidez autocrítica, la efímera honestidad de la carcajada, el poder creador y recreador de la vida y sus daños colaterales. Quizá, y sólo especulo –que por eso soy crítico–, Ayhllón escribe desde una búsqueda didáctica –y gusta de seguir la vía del castigo– pero sin caer en el sermón que tan mal hace a la escena. Sus textos penetran efectivamente el inconsciente colectivo enfrentándolo a su peor reflejo, y nadie sale de ese encuentro sin aprender algo. Las partículas de Dios educa en malas costumbres, quizá en la lógica flaubertiana que busca corregirlas. Aunque es teatro que educa no es teatro educativo, porque bien sabrá el autor lo que decía el bueno de Jardiel Poncela: "El teatro es un gran medio de educar al público; pero el que hace un teatro educativo, se encuentra siempre sin público al que poder educar", y público no le ha faltado a esta obra, ni le faltará cuando despegue su trayectoria con otros montajes frente a otros públicos y en otras épocas.

Las partículas de Dios –texto y montaje– es una obra potente, provocadora y audazmente engañosa que juega con las expectativas desde el mismo título que, depende el bagaje de cada quien, atraerá a científicos, devotos y descreídos, y es seguro que todo el que llega no solo se queda hasta el final, sino que se la llevará consigo por un buen rato.


Recomiendo leer la entrevista con Luis Ayhllón publicada en El Faro.

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