El Salvador es esa madre que golpea y escupe pero añoramos que nos ame. Landsmoder (palabra noruega que significa "madre de la patria") será adonde deriven mis dolores y amores por la nación.

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10/04/2015 16:11:07

Morir en cualquier lado, excepto donde nacimos

La línea veracruz 2009

Esta es la línea del Tren entre Veracruz y Orizaba, uno de los caminos de los migrantes indocumentados centroamericanos en su periplo a Estados Unidos. Foto en 2009 paisaje verde pero desolador.

 

I

Hoy subió al autobús un muchacho hondureño. Pidió limosna: "Mirá vos, amigo mexicano, diculpá esta molestia". Su voseo me activó la resistencia de la lengua, una cosa inexplicable llamada identidad centroamericana. 

Hace unos meses, mi madre vino de vacaciones, en un semáforo en rojo, una pareja se acercó al taxi en que viajábamos. Hombre y mujer, jóvenes, delgados, ojerosos. Mostraron un documento de identidad y yo sentí un vuelco en el corazón. En el documento de identidad brillaba el escudo de El Salvador.

- Perdonen, somos migrantes.

- ¿De dónde son? -les preguntó el taxista.

- Somos salvadoreños -contestaron.

- Ay, Dios mío -dijo mi mamá- ¿De qué parte?

- De Soyapango. 

Los centroamericanos siempre están pidiendo perdón. Piden perdón en sus países, piden perdón en México, pedirán perdón en todos lados. La culpa no es, sin embargo, de quienes arriesgan la vida para no perderla en su propia casa, la culpa es un estructura monumental centenaria, y todavía no hemos pedido perdón por ella.

Los centroamericanos que piden perdón en México se han quedado varados en su camino de mojados a Estados Unidos. Como muchos migrantes indocumentados, han perdido todo y piden limosna para seguir avanzando hacia la frontera norte.

II

Nacer y morir en el mismo lugar es en varios sentidos un acto patético, siempre que recordemos que el pathos está relacionado a la intensidad. Morir en el lugar en el que se nace es también una tragedia. Muchos centroamericanos han decidido morir en cualquier lugar, excepto en el lugar en que nacieron. 

 III

México ha sido, por décadas, un generoso refugio de latinoamericanos. Con diferentes matices y paradojas, como han señalado muchos autores, acogió durante varios periodos históricos a centroamericanos en riesgo. Durante las décadas de 1920 a 1960 y la de 1980, fue asilo para los que se encontraban en riesgo de vida en sus países de origen en el contexto de las dictaduras y las guerras civiles. 

La posguerra y la pobreza en Centroamérica incrementaron la violencia y muchos de sus ciudadanos decidieron abandonar sus países de origen, por lo que en los últimos años ha aumentado la migración indocumentada, denominada “ilegal” por el gobierno mexicano y los medios de comunicación, cuya tipificación viola el derecho humano de la movilidad migratoria.

Hace unos meses, escribí, con la ayuda de dos salvadoreñas en México, una petición a los gobiernos centroamericanos, un pronunciamiento sobre el desplazamiento forzoso.  La petición era muy clara. Solicitaba a los gobiernos del triángulo norte no olvidar que los que arriesgan la vida cruzando otras fronteras son también hondureños, guatemaltecos y salvadoreños, son también ciudadanos y aunque estén afuera del territorio, los gobiernos están obligados a velar por sus garantías mínimas de vida.

Conseguimos poquísimas firmas. Me dio rabia. El privilegio no nos ha enseñado a pedir perdón como han pedido durante siglos los que sufren. Mientras la clase media siga buscando likes en redes sociales, la transformación social estará muy lejos de nuestras manos. 

IV

Los migrantes centroamericanos son valorados en sus países de origen siempre y cuando atraviesen exitosamente -y también trágica- la frontera México-Estados Unidos y contribuyan al crecimiento de la economía nacional y al sustento de sus familias a partir del envío de remesas. 

Los migrantes centroamericanos desaparecidos en México desaparecen simplemente. No se integran en las narrativas emprendedoras que nos enseña la publicidad.  A pesar de la masacre de Tamaulipas, ocurrida en 2012, seguimos pensando que los únicos migrantes centroamericanos que importan son los que venden pupusas o baleadas en Estados Unidos o Australia. 

En el debate salvadoreño, los migrantes no son sujetos de temas de nación. Durante las pasadas elecciones, seguí por Twitter a muchos candidatos a diputados. Pregunté con insistencia por sus plataformas políticas y sus propuestas para los salvadoreños en el exterior o recién repatriados. Los más populares nunca me contestaron, sus Cms ni siquiera me dieron el demagógico "fav" por mención. Solo Johnny Sol Wright, de Arena, Diana Orellana, del PSD, y Oscar García del PCN -¡sí, del PCN! me contestaron. Y aunque cada uno ofreció lo que pudo, lo que quedó claro es que los partidos políticos no tienen ni un mínimo interés en los migrantes que no manden la remesa para el Pib. 

Los programas políticos, si existen, no son transnacionales, los salvadoreños en tránsito migratorio, documentado e indocumentado, no son contemplados por las políticas públicas actuales. No son salvadoreños, quizá.

V

La primera vez que vi a un migrante centroamericano pedir limosna en México fue hace dos años. Recién llegada al doctorado, vivía un DF alucinante, una esperanza intelectual y demás sinónimos de privilegio. Camino al Colmex, un hombre subió al autobús. Vi brillar en su documento el mismo escudo nacional. 

Durante mucho tiempo critiqué los dispositivos de identidad nacional, el arcaismo de los símbolos patrios, esa nación criolla-liberal-conservadora-modernizante-fracasada. Pero ese día en el autobús, el escudo de El Salvador brilló y comprendí quizá esa comunidad imaginada de Anderson, esa geografía moral de la nación de Smith o a mi abuela, simplemente, colocando una bandera de El Salvador cada 15 de septiembre en la ventana de mi casa. 

Recordé cómo nos hemos engañado y consolado con la nación y preferí engañarme en la identidad nacional y la solidaridad, dos salvadoreños en un autobús. A veces, la ilusión de la patria nos conforta.

Cuando en 2006 trabajaba como periodista, fui a la frontera de Las Chinamas a cubrir la repatriación de varios salvadoreños detenidos en México en su travesía a Estados Unidos. Venían aplastados y sudados en un autobús, unos 300 salvadoreños, enlatados como sardinas, descorazonados, cansados, endeudados. Vinieron por carretera y no vieron el "Hermano, bienvenido a casa" de un monumento que conecta San Salvador con el camino al aeropuerto. Vinieron y no eran bienvenidos. Eran más bien un silencio, la demostración del fracaso de las políticas públicas y de la identidad nacional. 

El Instituto Salvadoreño de Migración los recibió con los símbolos nacionales posibles: pupusas y kolashampán. A veces, la mentira de la patria no nos perdona.

 

06/01/2015 15:09:24

La muralla de la paz: #Faltan70mil

Nos acercamos a un nuevo aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, en 1992. Si nos asomamos a este El Salvador, nos encontramos ensangrentados, polarizados, divididos. En estos días, Guatemala también celebra el aniversario de la firma de sus acuerdos de paz, y somete, de nuevo, a juicio por genocidio a Efraín Ríos Montt. Mirar a Guatemala podría removernos y movernos a pedir la derogación de la Ley de Amnistía, la apertura de archivos, la creación de eficientes comisiones de búsqueda.

Monumentos víctimas civiles
Monumento a las víctimas civiles de la guerra civil salvadoreña en el parque Cuscatlán, de San Salvador. La fotografía fue publicada por Frederick Meza en el Faro el año 2010. Puede ver la galería completa aquí.

Cada día despierto con un incendio. El incendio es una idea obsesiva sobre un suceso en El Salvador. Mi incendio hoy son los 70 mil salvadoreños, entre desparecidos y asesinados, durante la guerra civil (1980-1992), las supresiones de la paz.

 

No celebro los reyes magos ni el día del amor, no me subo tampoco a las celebraciones del consumo como el thanksgivin o el Oktoberfest, pero durante muchos años esperé con emoción el 16 de enero. Sentía una alegría auténtica por "la firma de la paz",  por la paz, así nomás. Pero pasan los años y veo que no tiene sentido conmemorar ni celebrar una paz velada, donde hay una ley amnistía que frena la búsqueda de la justicia, donde a las familias de los muertos y desaparecidos, de ambos lados, se les pide que perdonen y olviden, donde cada vez que esgrimimos peticiones puntuales en búsqueda de la reconciliación nos dicen que estamos abriendo heridas.

 

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05/11/2014 16:04:53

San Salvador o el amor imposible

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Fotografía de Francisco Campos. Casa construida por el arquitecto Joaquín Aguilar en 1911 sobre la Calle Arce. Fue destruida en 2011.

Alguien dice San Salvador y siento ganas de llorar, como si se tratara de un gran amor imposible.

Alguna vez escribí un libro sobre San Salvador como el único y gran amor: Iba a otras ciudades, veía otras ventanas, me alumbraban otros faroles, podía caminar sin peligro en otras calles, pero volvía a San Salvador.

Amo en otra ciudad, pero no olvido a San Salvador.

 

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01/04/2014 14:53:40

La juventud en los tiempos del cólera o tiempos electorales (II): Sueños de reforma

Voy a tirar una piedra muy pesada y no voy a esconder la mano. Lo que pretendo es sembrar en nosotros la reflexión ser "joven" en la polis, en la política, y expresar mi depresión por lo que vi en la pasada campaña política.
 
image from http://s3.amazonaws.com/hires.aviary.com/k/mr6i2hifk4wxt1dp/14040400/38b3964b-00f7-4d3e-b9f5-00acd9d1bfb9.png
Composición con fotos de Mauro Arias y Fred Ramos publicadas en un dos fotogalerías distintas, una en El Faro, Un cierre a la sombra del pasado, y en su página de Facebook.

 

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