El Salvador es esa madre que golpea y escupe pero añoramos que nos ame. Landsmoder (palabra noruega que significa "madre de la patria") será adonde deriven mis dolores y amores por la nación.

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23/01/2016 14:37:58

La matanza de 1932 y la apropiación partidaria

"Todos nacimos medio muertos en 1932", dice en un poema Roque Dalton, otra figura que ha sido apropiada por el partido FMLN, a pesar de las paradojas y la impunidad de su asesinato, surgido en el seno de la misma izquierda.

Documental "1932: cicatriz de la memoria", del Museo de la Palabra y la Imagen.

I

Mi abuelita Iya, mi bisabuela, nacida en 1904 en Piedras Pachas, Izalco, solía contarme sobe "la matanza", lo que ella llamaba "la guerra" y "la entrada del comunismo". Ella, con mi abuela de meses en sus brazos, bajó en enero de 1932 de su casa en Dolores Izalco hacia el desvío hacia Sonsonate para buscar leche, se le había secado el pecho para amamantar a mi abuela. Cuando llegó a Asunción, vio zanjas con gentes, y gentes deshechas: ojos, intestinos, hígados, vísceras. Todo esto me contaba la Iya y yo creía que era un cuento más de los que se inventaba, siempre me contaba un cuento antes de dormir. 

Un día, el año 2000, en una vigilia de los mártires de la UCA, entré al auditorio Ignacio Ellacuría: ahí estaba Santiago Consalvi, presentado 1932, Cicatriz de la memoria. La Iya había muerto en 1992 y lo que me había dicho era verdad.

Después de ese encuentro con la memoria de 1932, yo entré en una búsqueda, personal y bibliográfica, medio obsesiva, al punto de que uno de mis trabajos de graduación de la UCA fue precisamente sobre la manipulación de la prensa salvadoreña alrededor de la matanza en enero de 1932.

La posguerra propició, después de 50 años, que la producción académica y los intereses sobre la memoria y la historia oral finalmente se dedicaran a despejar las sombras que los mitos habían levantado sobre la matanza de indígenas de enero de 1932, en la zona occidental del país. También esta floración académica desató jardines fértiles alrededor de lo emotivo que fueron usados por instituciones y personajes con fines menos académicos.

La matanza de 1932 tiene un gran componente simbólico y este simbolismo deviene en lo emotivo. Eso mismo es lo que nos lleva a apropiarnos de un hecho, la empatía con los que sufrieron y desaparecieron, con la identidad que sentimos arrebatada, y esa emotividad lleva en algunos casos a la necesidad de luchar contra la impunidad en uno de los países más impunes de América Latina.  

II

Cada aniversario de la matanza, en las redes sociales leo opiniones demasiado ideologizadas para explicar este hito histórico. Y aunque mi bisabuela vio la matanza y eso me conmueve y es parte de una historia en mi familia no puedo dejar de mirar hacia los usos de la historia que distintivos partidos le dan y sobre todo comprender lo bien que viene a un partido político apropiarse de esta tragedia para fundar una genealogía trágica. 

La fundación de esta genealogía trágica ha convertido a 1932 en una mitología; al introducir mito en este planteamiento no niego la matanza, al contrario se expone su sedimento en diferentes narrativas; el mito es, precisamente, una narrativa que se construye, y las formas de la construcción de la narrativa de 1932 desde un partido político han sido erigidas de manera mítica, no historiográfica.

A partir de la matanza se formularon sentencias que buscan ser verdades absolutas sobre los procesos históricos de El Salvador. Dos de ellos llaman especialmente mi atención: el primero es sobre la lengua-identidad: "se perdió el náhuat, los indígenas perdieron sus apellidos en náhuat"; el segundo está vinculado a la persecución martirial de los militantes comunistas que deviene en la casta política del FMLN.

Hay un alto importante que hacer en el discurso: y es que la revuelta de 1932 tuvo un altísimo grado de componente étnico, los levantados eran indígenas, quienes, mayoritariamente, trabajaban como peones en las fincas de café en el occidente del país. La discusión de lo étnico es también una discusión de lo político, pues la revolución, que teóricamente debía ser realizada por el proletariado, se encontraba en Centroamérica -y también en China- con otro escenario: con un proletariado incipiente, de sistemas casi pre-industriales, y que rompía al menos con el modelo. Estas discusiones entre indígena-campesino-proletario eran importantes en la circulación de las ideas de la época, y todavía son importantes en la construcción del discurso de la izquierda en El Salvador, y con ello en el devenir de una identidad étnica con la que el partido no se vincula en la realidad. 

Reportes de prensa de los hechos del 22 de enero de 1932 en El Salvador.
Reportes de prensa de los hechos del 22 de enero de 1932 en El Salvador.

Cuando trabajaba como periodista, yo sostenía que 1932 había eliminado toda huella de identidad originaria. Pero en uno de mis reportajes sobre el cementerio de Izalco, revisé los libros de enterramiento; en otro reportaje sobre cofradías, revisé las listas de miembros; en otro reportaje, revisé actas de nacimiento. En estas documentaciones y en las cruces del cementerio encontré familias enteras con sus apellidos de origen náhuat, encontré también nahuablantes hablando en extrema pobreza, como había reportado el Informe sobre los pueblos indígenas en El Salvador en 2004. Encontré también resistencia y honorabilidad en los grupos indígenas que habían sido ignorados por todas las políticas nacionales. Entonces, comenzó a resquebrajarse ese mito.  

Como historiadora, reviso constantemente trabajos historiográficos. A pesar de la rigurosa producción de los últimos quince años, el periodo de Hernández Martínez es aún una nebulosa para la historiografía, almidonada con los mitos de la teosofía, las aguas azules y la extrema maldad del general fascista, que algunos investigadores como Rafael Lara Martínez han intentado problematizar.

También, muchas investigaciones, salvadoreñas y centroamericanas, han seguido las trayectorias e itinerarios de militantes comunistas salvadoreños, entre la circulación de ideas y las acciones políticas. Antes del supuesto parteaguas de 1932, el Partido Comunista por ejemplo pudo inscribirse a elecciones y en la década de 1920, los militantes comunistas salvadoreños se reunieron en Guatemala con otros militantes, hondureños y guatemaltecos, con la intención de fundar un Partido Comunista Centroamericano, como demuestran los trabajos de Ricardo Melgar Bao y Arturo Taracena.

La fiebre anticomunista en América Latina es una realidad, también la persecución política; estos elementos son tendencia en los procesos políticos continentales pero digamoslo así: desde el FMLN, la matanza de 1932 es una construcción de narrativas posteriores, con el lenguaje de la Guerra Fría.

III

La matanza de enero de 1932 es una TRAGEDIA, pero también se ha transformado en un mito que ha sido bien aprovechado por los partidos políticos, sobre todo por el FMLN.

ARENA, en su fiebre anticomunista de Guerra fría, inicia su campaña tradicionalmente en Izalco, precisamente el sitio más emblemático de la matanza, y que concuerda con su violento discurso del himno: "El Salvador será tumba donde los rojos terminarán". El FMLN, por su lado y con un aumento en los últimos años, también usa la matanza para consolidar su propia mitología. Esta postura ha sido criticada desde varias perspectivas, desde la activista hasta la académica.

La construcción genealógica de la izquierda a partir de la matanza de 1932 deviene en una mitología; en este sentido, la mitología no apela a una mentira, sino en los usos que se hacen para explicar una concepción de mundo. Como me comentaban en redes sociales, hay un elemento constante entre 1932 y 1981 y es la participación del Partido Comunista Salvadoreño. Estoy de acuerdo, sin embargo, considerar que entre 1932 y 1981 hay una progresividad histórica nos deja una respuesta teleológica, y por tanto, artificiosa. Un estudio de Alejandro Dagoberto Marroquín sobre la situación de los años 30 en El Salvador demuestra también la presencia de las ideas y las organizaciones comunistas en El Salvador desde  al menos la década de 1910, además de su participación del PCS en las elecciones de 1932, que sí fueron intervenidas por el reciente gobierno de Hernández Martínez.
 
La circulación de ideas comunistas tampoco cesó en 1932, como tampoco cesaron las búsquedas de la preservación de la cultura náhuat, como han demostrado los estudios de Lara Martínez sobre el escritor Salarrué, el pintor José Mejía Vides y la etnomusicóloga María de Baratta, además de un periodo de arquitectura neomaya que tuvo varios seguidores en El Salvador en las décadas inmediatas a la matanza.
 
Lo que me interesa señalar y traer a discusión es el que en la construcción de su narrativa propia, el FMLN ha asumido una genealogía basada en esa tragedia y lo hace a partir del uso político del acontecimiento, que se torna en hito y mito, pero que, por ejemplo, se mantiene alejado de las reivindicaciones de los derechos de los pueblos originarios que suscitaron la organización, el levantamiento y la posterior matanza.
Contrario a todo lo que podríamos pensar, la genealogía que se ha trazado el partido es burguesa, pues está basada en las figuras martiriales de los fusilados en la capital, cultos y universitarios, Farabundo, Zapata y Luna, pero lejano del componente indígena de las revueltas en el occidente del país.
 
Las reivindicaciones de los "gobiernos del cambio" han sido simbólicas y con ello mínimas. Cantar el himno nacional en náhuat en algunos actos oficiales no tiene la misma envergadura que ratificar, al fin, el Tratado 169 de la OIT sobre pueblos originarios. Toda Centroamérica, a excepción de El Salvador, lo ha ratificado. Yo puedo entender que el espíritu oligarca de un gobierno de ARENA rechazara este tratado, que además de lo simbólico tiene una gran carga política y económica, pero ¿cuáles son las razones de un gobierno del FMLN para no hacerlo?
 
El mito de la desaparición del indio es arma de doble filo que conviene más a unos. Creer a pie juntillas que en 1932 murieron todos los indígenas del país es invisibilizar otros grupos étnicos, como los kakawiras y los lencas, y además creer en la misma mentira que ha creído la derecha en su deseo homogeneizante y casi anti-mestizo: no hay indígenas. Esta creencia ciega conviene también políticamente: si no hay indígenas, no hay reivindicaciones que cumplir y las comunidades indígenas actuales quedan excluidas de las políticas nacionales y se usan, sí, se usan, únicamente en actos protocolarios como puede leerse en esta crónica de Valeria Guzmán y Malu Nóchez.  Estos actos protocolarios son de gestiones del FMLN.
 
 
IV
 
No se trata de dejar a la izquierda sin símbolos, se trata de entender sus usos.  Las preguntas de la Historia no responden a las preguntas de la ideología. Me interesa la forma en que la izquierda, y sobre todo el FMLN, se narra, se cuenta a sí mismo y se ficciona -toda narración tiene algo de ficción-.  Estas preguntas y otras que he formulado antes vienen de una preocupación auténtica sobre la historia política de El Salvador. Ojalá los intelectuales  y los activistas no confundan las preguntas de la Historia con las preguntas de la ideología y peor aún con las partidarias. El país ya no merece debates intelectuales estériles, sobre todo hoy, en esta posguerra.

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