El Salvador es esa madre que golpea y escupe pero añoramos que nos ame. Landsmoder (palabra noruega que significa "madre de la patria") será adonde deriven mis dolores y amores por la nación.

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26/05/2014 17:01:25

Odio de clase media

Mauricio Funes, primer presidente de la izquierda histórica en El Salvador, entrega la banda presidencial el 1° de junio. En cinco años, supo granjearse el amor y el odio -según la UCA, el 63% de la población lo aprueba- de la población salvadoreña por su personalidad altanera, prepotente, despilfarradora y una serie de actos de corrupción. Y por otra cosita: su origen. 

 

El presidente Mauricio Funes dio su recorrido inaugural del Bulevar Monseñor Romero en un carro clásico de colección prestado. / Foto de Transparencia Activa, el periódico de Casa Presidencial.
El presidente Mauricio Funes dio su recorrido inaugural del Bulevar Monseñor Romero en un carro clásico de colección prestado. / Foto de Transparencia Activa, el periódico de Casa Presidencial.

Lo que voy a decir es cruel: La clase media no perdona. La clase media es cruel y odia con pasión desbordada cuando se lo propone. Algo más cruel aún: Yo soy parte de lo que en El Salvador llaman clase media. Y peor: Mauricio Funes, el primer presidente de Izquierda, también lo es.

Ese es uno de sus tantos errores. O defectos. O condenas.

I

Mauricio Funes no nació oligarca, Mauricio Funes no fue guerrillero. Mauricio Funes estudió en colegio y universidad privada, adonde estudiaban y estudian los hijos de los salvadoreños que a causa de su esfuerzo laboral lograron la movilidad social. No estudió en las escuelas bilingües adonde van los hijos del empresariado y la oligarquía; se formó, como nosotros, en un nivel de vida medio.

Por ello quizá buena parte de la población se escandaliza al verlo manejar un Ferrari, portar un Rolex o beber agua Evian. Porque ya saben ustedes, ya sabemos lo que se dice: "El que nace para maceta no pasa del corredor". El asunto es este: La clase media en El Salvador es una clase de estancada movilidad social, le resulta muy difícil dar ese salto de movilidad al estilo Cenicienta -o bien Thalía en sus telenovelas- y teme mucho a bajar al escalón de la pobreza -pero con la inflación y las deudas, noticias, todos somos poblres-, al sector vulnerable, a los que varios llaman "gatos", "gabanes", "grenchos", etc. (Sobre mi reflexión sobre "Lo grencho", espere mi próximo post, basado en una charla que di en 2013 en el Centro Cultural de España).

La clase media, pues, no ve con buenos ojos la movilidad social exprés, y ante todo odia que los que la consigan lo presuman con desparpajo.

II

Hace unos días, Ernesto Muyshondt, el fallido líder de la nueva era de ARENA, tuiteó una adivinanza. Comenzaba así: "¿Quién llegó manejando un Austin cooper usado...?".

Twitter muyshondt

La adivinanza deja ver la prejuiciosa creatividad del benjamín de ARENA pero también otra cosa, y aún más seria: La polarización nos ha demostrado como único camino el odio. 

La cuestión del origen y su relación con el poder en El Salvador es un asunto de preocupación cultural, autoestima nacional, un ensanchamiento del odio de clases, que se desplaza de brecha a abismo y que Funes, al venir de la clase media, encarnó en estos cinco años pasados. 

El gran pecado de Funes para el empresariado es que compre un carro usado, un carro de segunda mano; y el gran pecado para cierto sector de la ciudadanía es que compre un Austin cooper, un carro de colección y no que se endeude pagando las letras de un Toyota o un Nissan. La postura ante la personalidad de Funes marca una tendencia en el salvadoreño común: No le molesta que le roben ni que lo exploten ni que lo ofendan, siempre y cuando el que le robe, le explote y le ofenda tenga más que él, de preferencia desde antes de nacer. Un profundo problema cultural y de autoestima nacional. 

III

Nunca me ha simpatizado Funes, no voté por él -ese año anulé mi voto, este año no voté porque viajar de México a San Salvador es más caro que un tour por Europa, boletos incluidos-. Nunca lo admiré como periodista, cuando llegó a la UCA en mis tiempos de estudiante no me abalancé sobre él para elogiarlo o pedirle un bicho. Nunca me pareció confiable, nunca me pareció brillante y nunca me pareció guapo como a cierta generación de mujeres salvadoreñas también de clase media.

Por lo tanto, este texto no es una apología para Funes. Este texto es una reflexión sobre un rasgo de la personalidad salvadoreña -si es que podemos acuñar esta categoría en los debates sobre la identidad nacional- y sobre ese odio desmedido hacia los iguales y la sumisión e indefesión permisiva frente a los poderosos eternos, los herederos, los dinásticos, los de cuna de oro.

Lo que el caso de Funes deja claro no es el nivel de transparente corrupción, descaro y malcriadeza, al que puede llegar un funcionario público, el mayor funcionario público, y de cuyas decisiones -y las de su gabinete- depende, no es exageración, en gran medida nuestra vida. Lo que deja claro, lo que llama mi atención, es que no perdonamos a los que son como nosotros. No. No perdonamos. Hay una crueldad implícita en la salvadoreñidad sobre la clase y el origen. No me odie, no se ofenda, vaya y abra una página web de un periódico nacional y lea los comentarios sobre criminalidad (pobres, indios, pelados) y sobre todo sobre el mandato de Funes (acabado, ladrón, era un pelado, arribista, trepador, etc.).

La clase media salvadoreña es un fósil con poca movilidad social. La impiden la violencia económica y social y la negación de la alteridad. La clase media de esta generación no tiene la posibilidad de movilidad social como la tuvieron las generaciones anteriores; en esta generación la movilidad se vincula al arribismo y el servilismo. El problema de la percepción de la clase media es también cultural, un problema que se finca en la negación del otro como igual. 

Funes no fue un presidente transparente como deseamos, tampoco representó los más puros sueños de la izquierda, porque es posible que la igualdad y la justicia permeen aún en los grupos políticos y sociales. Funes es también de ese odio de clase media, desmedido y con cierta sed de venganza. Nunca le perdonarán la corrupción a través de actos simbólicos, porque pasó de usar un reloj Casio a vestir un Rolex. 

Me gustaría que al terminar de leer este texto, usted analizara el fenómeno de Funes desde su espejo: ¿por qué  los únicos que pueden robarnos son los que tienen más que nosotros, desde siempre?, ¿por qué el que nace para maceta nunca debe pasar del corredor?

Comentarios

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No creo que ese odio hacia Funes provenga unicamente de la clase media.. No deseo justificar el odio colectivo hacia Funes, pero me temo que el hizo todo lo posible por ganarse más enemigos que cualquier otro funcionario de este país independientemente del status social de las personas.

No creo, pero respeto la opinión. Creo que el problema es que ya nadie ingresa a la clase media, pues la pobreza es la amiga de los políticos, especialmente de izquierda, por eso tienden a aumentarla.

Yo en lo particular no concuerdo con la autora. hay gente en este pais que comenzó de cero y hoy tienen mucho sin necesidad de haberse vengado politicamente de nadie ni ser miembros de ningun partido politico como para ganarse el titulo de arribistas.

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