El Salvador es esa madre que golpea y escupe pero añoramos que nos ame. Landsmoder (palabra noruega que significa "madre de la patria") será adonde deriven mis dolores y amores por la nación.

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05/03/2014 18:31:35

"Ser joven era pecado". El Salvador y la imposibilidad de vivir

Esta es una serie de textos sobre ser joven en El Salvador, y sobre todo sobre la noción que la clase política tiene de nosotros.

 

I

Durante varios años fui profesora en universidades privadas. Conocí estudiantes que eran dueños de yates y estudiantes a los que no les alcanzaba para pagar el bus para ir a la universidad.  Las campañas políticas me ponen triste, y, hoy más que nunca, como siempre, sé que ellos y yo (los 30 son los nuevos 20) no somos el tipo de joven salvadoreño que citan y utilizan los políticos del país.

 

II

Hay poemas que uno lee y nunca olvida en la vida. Cuando tenía 16 años y estudiaba inglés mi amiga Silvia llevó a clase un librito de su papá; el librito en cuestión era de poesía. Una antología de poesía española de posguerra, con varios poemas de José Batlló.  Esa vez no paramos de leer el libro en clase y yo incluso copié varios poemas, el que me gustó por sobre todo era “Entonces ser joven era pecado”.
Me gustaba hasta las ganas de llorar.
Me gustaba hasta comprender que yo era adolescente pero no era joven aún, como esos jóvenes del poema.
Y me gustaba hasta querer ser joven como el poema.

Uno de  los versos del poema tiene en mí un tránsito doloroso. No recuerdo bien su escritura, perdí el cuaderno en que lo copié hace más de diez años, pero tengo firme en el espíritu la resonancia del verso: "Pecado, decíamos, mientras  saltábamos sobre los charcos". El verso imaginado y ya casi imaginario viene seguido a mi cabeza. Salta a mí como saltaban los muchachos del poema (hijos de la guerra civil española, pero yo no lo sabía entonces) sobre los charcos. Y golpea con amargura cuando leo noticias de El Salvador y noto las edades de los asesinados, de 15 a 25 años, por lo general. El poema y las noticias me recuerdan la criminalización del joven que hemos construido durante años y me dan ganas de llorar, no es mentira, porque durante años he sido profesora universitaria y he conocido a jóvenes entre los 17 y los 25 años, con la edad exacta para morir.

 

III

Cuando fui profesora universitaria enseñé por cinco años a más de 500 muchachos, estudiaban comunicaciones, economía, sicología y derecho.  A veces solía preguntarles cuáles eran sus ideales en la vida, o qué querían hacer o llegar a ser.

Entonces hablamos de ideales o ilusiones y yo no sé si en verdad existan, pero al menos los nombrábamos y ya sabemos que solo lo que se nombra existe.

Cuando oía sus respuestas pensaba que nos mintieron cuando nos dijeron que ser joven es fácil. Es más, ser joven en El Salvador, en estos años, -y yo diría que siempre- ha sido más parecido al poema de Batlló. Yo creo que mis muchachos, mis niños, como los llamé y aún los llamo, están en un riesgo constante.

En días como estos, como las elecciones, pienso en ellos.

Pienso en Alexandra, que se enamoró de un motorista de microbús, tuvo una bebé y su esposo estaba entonces en Mariona. Ella faltaba a la clase de los jueves porque ese día era el de visita en el penal.

Pienso en Eli, que pasó un mes buscando trabajo y por eso no llegaba a clase. Terminó el semestre y ella no encontró trabajo.

Pienso en Omar, que siempre sacaba 10 en Historia y en ocasiones investigaba hasta en el Archivo General de la Nación. Una semana no pudo llegar a clase porque en su casa no les alcanzaba ni para el bus, como me dijo.

Pienso en Alberto. El día que les pregunté, hace años, por su sueño, me escribió un mail, me dijo que en clase no pudo responder porque en su casa no le enseñaron a soñar.

Un año después, en 2009, yo vivía en México, y Alberto me envió otro mail: se iba a Estados Unidos, mojado. Su padre vivía allá y desde hacía meses no sabía su paradero. Él se aventuraba a buscarlo. Así, flaco y niño, de la nada, tenía encima la responsabilidad de reconstituir el tejido y la economía familiar. Alberto se fue a Estados Unidos, pasó la frontera y lo capturó Migración. Estuvo en la cárcel tres semanas, bajó 20 libras de peso y lo deportaron. Un año después, en 2010, en la misa de novenario por la muerte de Paco Escobar, nuestro profesor de la UCA, escritor y poeta, nos vimos de nuevo. Nos abrazamos y lloramos.

Entonces yo pensé: ¿Adónde estás, José Batlló para saltar sobre los charcos?


Mis estudiantes, los jóvenes de este país, están con los zapatos en los charcos, metidos hasta el fondo.

 

IV

Hace un par de años fui invitada a la presentación de un informe de FUSADES. Entre las gráficas de la presentación hubo una que anunciaba un perfil común, y por común terrible:

-          Hombre joven

-          Edad igual o menor a 25 años

-          No todos con educación superior

-          Algunos ya con familia

-          Asesinados en El Salvador entre 2008 y 2010

 

Ese perfil no era ajeno para mí, para nadie. A medida que se crece y vive en El Salvador fácilmente se da cuenta. Ese informe me hizo sentir culpable y afortunada: cumplí 25 años y no me mataron, cumplí 26 y no me mataron, cumplí 27, 30. Sigo viva. Cada vez me fui alejando más de la edad estadística para morir por violencia en el país y entre mi generación y la de mi hermana, nacida en 1990, fue creciendo un abismo insondable.

Mi hermana, mis primos, mis estudiantes universitarios, mis vecinos, son menores de 25 años, algunos ni siquiera han llegado a los 20 y cada día me pregunto si, al igual que yo, esta generación le ganara al país.

En El Salvador, el 51.55% de la población es joven; es decir, hay más de 3 millones de salvadoreños que tienen 24 años o menos*.  Un publicista gubernamental podría con facilidad usar esta cifra: Un país joven, población con la mejor edad productiva, muchachos vigorosos, etc.

Pero sería una falacia.

Esta población es la que tiene menos oportunidades para conseguir un trabajo con seguridad social, horario y salario flexibles, que les permita por ejemplo estudiar y trabajar. Yo misma, por mi juventud, fui víctima de este sistema: nunca como profesora universitaria gané el salario mínimo y estuve sometida a jornadas extenuantes de trabajo, a veces 4 horas seguidas en una sola clase, a veces con más de 150 estudiantes por salón. Y así, a diario.

Esta generación de jóvenes es una generación de subempleados: Vaya usted al semáforo y vea al muchacho o la muchacha que reparte los volantes promocionales, pregúntele qué edad tiene, pregúntele cuánto le pagan.

Esta es una generación de una nueva élite intelectual pero no tiene mucho de bueno: Los call centers se tragan a los muchachos que hablan inglés pero no logran desarrollarse plenamente contestando llamadas, viven bajo presión, muchos consumen y se endeudan y los que van a la universidad a veces tienen que dejarla (por favor, si alguien conoce un estudio sobre el trabajo en el call center, hágamelo llegar), algunos sufren del síndrome del cerebro quemado.

Esta es una generación criminalizada, que no criminal. Lea las notas periodísticas, vea los noticieros, oiga a ciertos candidatos a la presidencia: La juventud está estigmatizada como delincuente, criminal, y ante el asesinato de los menores de 25, el común de la población se expresa con un “por algo será que lo mataron”.

Quien diga que ser joven es fácil no sabe de lo que habla.

Más allá de los conceptos fantasiosos acuñados sobre la juventud feliz, alegre y consumista que nos vende la publicidad nacional , la juventud en El Salvador se enfrenta a grandes retos, muchos de ellos terribles.

Los historiadores estiman que en la Guerra civil (1980-1992) murieron entre 30 y 70 mil salvadoreños, y a ello se suman miles de desaparecidos. Rsa es la generación de la juventud de nuestros padres.

Muchos de los que ahora tenemos entre 25 y 35 años fuimos hijos de la guerra: niños desplazados, niños criados con familiares, niños huérfanos. Cuando se firmó la paz,  rozábamos de los 8 a los 15 años, algunos fuimos huérfanos de la posguerra pero, a pesar de todo, sobrevivimos. Estamos aquí contándolo, o al menos estoy yo.  El inicio de la época de paz, la posguerra, aumentó la violencia civil, y uno de los resultados de esa violencia es el asesinato y la desaparición de jóvenes, hasta nuestros días.

Estamos matando el futuro.

El mismo año en que fue destituido como Ministro de Seguridad, Manuel Melgar dio a un noticiero televisivo una declaración desgarradora. Le cuestionaron por los asesinatos de los estudiantes de institutos, jóvenes de 13 a 18 años. Entonces Melgar dijo: “Si las madres no quieren que les maten a los hijos, que los metan a colegios privados”.

 

V

A veces uno escribe desde la amargura y otras desde la desesperanza. Sé una cosa: los jóvenes de este país no son los jóvenes de la campaña electoral de ARENA o el FMLN. Muchos jóvenes de este país murieron siendo jóvenes.

 

 

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*Me cuesta mucho vislumbrar los umbrales de la edad, la OMS dice que se es joven hasta los 24 años con 364 días, el Injuve calcula la juventud hasta los 29 y en Costa Rica, por ejemplo, se es joven hasta los 35 años.


 

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