El Salvador es esa madre que golpea y escupe pero añoramos que nos ame. Landsmoder (palabra noruega que significa "madre de la patria") será adonde deriven mis dolores y amores por la nación.

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13/03/2014 13:14:31

"Cerote"

Si yo hubiera estudiado el doctorado a los 22 años, me habría aculturado con perfección. Pero tengo 30, y he pasado por un proceso de exploración histórica que me ha convertido, quizás, en una nacionalista. Yo no puedo dejar a El Salvador, un país tan pequeño que podría llevar colgado de mi cuello, como un relicario con la fotografía de un novio desalmado.

Cerote

"Cerote", bordado sobre tela. Esta es una pieza que bordé a mi regreso a México, tiene toda la ternura y agresividad que la palabra misma entraña. 

 

Migrar me ha hecho comprender que el uso de la lengua es una acto político.

Y no porque en los almanaques diga "idioma oficial: español", sino por lo que las variables del español representan en la vida de las personas, por el constructo cultural que hemos erigido alrededor de las palabras, de nuestra jerga, del caliche salvadoreño.

Migrar me ha hecho mal hablada.

Nunca en mi vida había dicho "Cerote", hasta hace unos meses. Yo he querido ser señorita -sobre todo por mi mamá-, pero desde la adolescencia digo "malas palabras". Cerote jamás había estado en mi repertorio, no me gustaba, me parecía vulgar, y una lista infinita de prejuicios. No había caído en cuenta de su unicidad, de su identidad centroamericana.

Hace unos años, en un encuentro de poesía en Xelajú, Guatemala, mis amigos mexicanos estaban cautivados por la palabra "Cerote", por la manera tierna de usar el pendejo, cabrón, cerote o hijueputa que tenemos los centroamericanos, por la sonoridad de las palabras.

Yo no entendía la fascinación, pero sí entendía esa manía de aferranos a "nuestras palabras", porque años antes había vivido en España y había tenido un romance con un salvadoreño. Cada vez que este salvadoreño decía "vale", yo lo corregía con un "vaya". Y cada vez que él decía "tío", yo arremetía con un "chero". A él, estos actos le parecían provincianos y en antagonismo con una resolución cosmopolita ante el viaje. A mí, en cambio, me parecían actos de amor y apego. Y por ejemplo, una noche en Salamanca, en el pequeño apartamento universitario de mis amigos Peter y Alexis, yo canté cumbia y la amé. Porque sentí que ese lenguaje era parte de nuestra identidad y sobre todo de nuestra historia -piense usted en el sentido heroico de cantar cumbia por todo El Salvador en la década de 1980, en plena guerra-. 

Por eso mismo, cuando José Luis Sanz y Carlos Martínez escribieron El origen del odio, comprendí qué era el arraigo. Y sobre todo la resistencia cultural: "Los mareros eran ridiculizados en las cárceles y en las calles por utilizar palabras como cipote,cerotevergo y mara, que los chicanos consideraban vulgares. Pero esa reivindicación de origen, de carácter, los fue consolidando. Solos, se unieron más. Golpeados, se fortalecieron. La Mara Salvatrucha no gustaba pero cada vez pasaba menos desapercibida. Pronto se ganó fama de brutal. Mientras otros grupos peleaban con cadenas y cuchillos, la MS comenzó a utilizar cumas; antiguos miembros de la Playboys dicen haber conocido a mareros que caminaban armados con hachas". 

Porque las pandillas son una asociación criminal, eso no es discutible, pero uno de los elementos de su nacimiento es de arraigo, de resistencia, resistencia a través de la lengua. Porque, finalmente, la lengua madre es madre (Por favor, no crea usted, no sea tontito, que estos párrafos son una apología de las maras, estoy procurando dar otra lectura al fenómeno: Cuando los inmigrantes salvadoreños eran motivo de burla de los inmigrantes mexicanos por sus palabras, ellos usaron esas palabras, demarcaron su identidad).

Lo que la lengua hace es, finalmente, milagroso: el órgano mismo en movimiento, su resultado sonoro, la palabra, la voz.  Por eso, ahora que vivo en México, cuando alguien usa nuestras palabras: Grencho, colocho, zarco, púshica, mi corazón salta y me siento finalmente bienvenida. Cuando oigo en otros nuestras palabras, siento que pertenezco y que quien repite mis palabras me hace pertenecer a su vida, me reconoce, me siento cobijada por su corazón. Es una tontería, pero es un acto de amor, también, imagino. 

Yo soy de San Salvador, si hablo rápido, puedo decir de "JanJalvador", "jalvadoreña" y etc., yo creo que la identidad, los recuerdos, la memoria, están construidos con palabras. Podría perfectamente decir "chava", pero resisto y digo "chera", aunque tenga que explicar qué significa; lo mismo sucede cuando me resisto al "chido" y digo "chivo". Yo digo Vergón, cuando quiero decir que algo está bien, y también cuando me enojo digo Qué cerote, y describo mi pelo como colocho y mi piel como chele.  Yo creo que en la palabra residen el amor y el odio, y nunca dejaré las mías.

Por eso me aferro y hasta quiero esas palabras vulgares que nos negaron decir en la casa, o esas palabras afuera del español estándar que nos corrigen el Estado con sus leyes y nomenclaturas y la escuela con su escritura y lectura. Yo te quiero, Cerote, y voy a pronunciarte para no olvidar de dónde vengo. 


 

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