Me aferro a creer que tiene sentido venir a contarles historias de niños no sólo por diversión o enternecimiento. Me aferro a creer también en estas historias como mi propio intento de mirar con los ojos de ellos.

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28/04/2017 12:50:54

Viejos tiempos

Aldo, Waldo y Salvador tenían entonces 8 años. Una mañana desayunaban juntos en las bancas de una glorieta de aquel colegio y yo me había colado en la misma mesa buscando compañía. Recuerdo que Aldo era grande, un poco desaliñado y bastante inquieto. Recuerdo que Waldo, quería ser militar, como su padre y llevaba siempre su pelo rubio peinado de manera impecable. Salvador tenía la piel muy blanca, en la cara un amontonamiento de pecas y prefería, casi siempre, ser los que escuchaban en silencio. Estos tres eran tan distintos como inseparables.

Aldo notó de pronto que todos habían coincidido en las bebidas de sus loncheras.

— ¡Hey, todos traemos jugos de caja! —dijo anunciando la coincidencia y levantó el suyo en busca de un brindis—. ¡Salud por los jugos de caja!— gritó.

—¡Salud! —gritaron al unísono chocando las tres cajitas con pajillas.

Volvieron, también al mismo tiempo, sus miradas hacia mi al percatarse de que yo no había brindado por nada. Les dije que mi taza era de café, que yo no traía jugo de caja y entonces brindamos todos por el café con el mismo ritual que habían hecho ellos antes.

Me preguntaron que cómo estaba y les conté lo difícil que era captar la atención de los niños de 4 años en la clase. Les dije que se dispersaban fácilmente y que había que cambiar de dinámica a cada momento con ellos, que había que estar todo el tiempo pendiente y que por eso estaba un poco cansada, porque justo venía de una clase de esas, de casi veinte enanos inquietos de 4 años.

Waldo, genuinamente interesado en mi relato, preguntó:

— ¿De verdad, Seño? ¡Púchica! ¡Son terribles!

A lo que Aldo, con mucha autosuficiencia contestó:

— ¿Qué no te acordás de nuestros viejos tiempos? —y buscó la reacción de su amigo, quien pareció no entender del todo la pregunta—. ¡De nuestra niñez, pues! ¡Si a esa edad, todos somos locos!

Y con la plenitud y la seguridad de sus 8 años, siguieron desayunando sus jugos de caja, sus galletas y sándwiches de sus loncheras de colores antes de que tocara el timbre anunciando que terminaba el recreo.



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