Me aferro a creer que tiene sentido venir a contarles historias de niños no sólo por diversión o enternecimiento. Me aferro a creer también en estas historias como mi propio intento de mirar con los ojos de ellos.

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21/02/2016 18:42:09

¿Casualidad?

Cuando conocí a Gracia, ella tenía 8 años. Desde la ventana del que entonces era mi salón de clases en aquel colegio en el que yo trabajaba, vi a una niña con unas enormes gafas de sol y semblante de estrella de cine arrastrar su mochila de rueditas por el patio. Iba camino a su salón en segundo grado. Iba tarde. Tardísimo. El timbre para comenzar las clases había sonado hacía ya rato, pero Gracia atravesaba esa cancha de básquetbol con una tranquilidad envidiable.  

Supe que estaba viendo una bomba. Y cuando días después la vi en mi clase, lo confirmé: una bomba creativa y ocurrente. Aunque una bomba un poco solitaria.

Una mañana durante el recreo, me estaba comiendo unas chucherías de esas que comen los niños, llenas de alegrías amarillas que manchan los dedos, cuando con el timbre, un grupito de enanos me atajó para hacerme escolta hasta mi salón de clases.

— ¿Quieren? — pregunté. Y en un parpadeo, sus manos habían hecho lo imposible por meterse en la bolsa metálica al mismo tiempo y agarrar al menos una o, con más suerte y más descaro, un puñado entero de chucherías.

Gracia, con su cara redonda, su lunar izquierdo y sus inolvidables ojos chispeantes fue la última en llegar.

— Seño, deme — pidió tímidamente, como si se arriesgara a que yo le dijera que no.

Para que no le cupiera duda de que el ofrecimiento iba para ella también, incliné la bolsa de nuevo y de inmediato ella hizo lo mismo que todos los pillos anteriores. Al terminar de chuparse los dedos, abrió los ojos en una sonrisa y soltó una de las primeras explosiones que de ella recuerdo.

— Gracias, seño, que se lo pague mi casualidad.

Sacudida, hice una pausa para preguntarme a mí misma si había escuchado bien. Y sí, eso había dicho: su casualidad.

— ¿Su casualidad?

— Sí, mi casualidad.

Me apresuré a querer saber en qué terminaría aquello.

— Ajá, explíqueme, ¿cómo es eso?

 Gracia suspiró con un suspiro de ilusión.

— ¡Ay, seño! Es que usted tendría que venir un día conmigo al recreo. Donde yo camino, él camina, donde yo veo, él aparece; si voy a la tienda, ya está él comprando; si quiero tomar agua, él también. No sé cómo se llama, yo le digo mi casualidad.

Cuando conocí a Gracia, ella tenía 8 años. Yo no.

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Por nuestro mundo de la historia desde los niños, te digo, salud!

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