Decía un famoso viajero mexicano que la arquitectura es testigo insobornable de la historia. Y como la historia de El Salvador necesita testigos insobornables habrá que escuchar con atención la danza silenciosa de las sombras alrededor de las ruinas.

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15/11/2014 10:01:58

Art nouveau salvadoreño

El paseo por el centro histórico de San Salvador es una experiencia hipnótica: las calles cubiertas como bazares orientales, la infinidad de ventas de todo tipo, las miles de personas aventadas en todas las direcciones posibles, las señoras vestidas como princesas y las princesas vestidas como señoras (vendiendo ajos o jícamas o brasieres o películas a dos coras o clavos por unidades), el sucio humo de los autobuses-chatarra en los que pasan la vida la mayor parte de los salvadoreños... Tan extenuante lucha por la supervivencia tiene lugar en medio de un extraño teatro de suntuosos edificios, la mayor parte en ruinas. Pero a pesar de la desfiguración, las cicatrices dejadas por el tiempo y los terremotos, las manchas de colores chillones y los desmesurados carteles comerciales que se descuelgan de sus paredes, este escenario (insignificante en relación al tremendo drama salvadoreño) esconde formas a las que corresponde un insigne nicho en la clasificación universal del arte. Se trata del art nouveau.[1]

El antiguo almacén ferretería Antonio Bou, también antigua sede del McDonald´s, en el lado sur de la plaza Hula Hula es un buen ejemplo. Domina su fachada una inmensa ventana en forma de hongo rodeado de hojas y bejucos en un bajorrelieve que trepa por las paredes enroscándose en las cornisas hasta hacer desaparecer todo ángulo y esquina. Elementos que “juegan entre si y crean una unidad que acentúa la continuidad espacial”[2].  Su interior exhibe un imponente tragaluz en forma de flor de dalia, rodeado por un mezzanine con barandillas que reproducen sabrosos elotes de dorados y gruesos granos (los curiosos estamos de enhorabuena ante la inminente reapertura del local que en estos días está siendo remozado y puede ser discretamente visitado). Su autoría corresponde al italiano Filipo Brutus Targa Dubois, arquitecto de gran versatilidad del que se conservan otras dos majestuosas obras en el centro de la capital: el hoy conocido como “castillo de la policía” construido como fortaleza de inspiración neogótica; y el antiguo palacio de telégrafos, hoy ocupado por una compañía de telecomunicaciones, en un estilo difícil de precisar, más o menos cercano al neobarroco. El Antonio Bou fue construido entre 1923 y 1927 fecha tardía en la que el art nouveau también funcionaba como estilo historicista. A ello se debe su falta de originalidad y su evidente funcionalidad.

Foto AG Espada

Algo parecido le ocurre a la antigua casa Dueñas, hoy sede de las Academias, sobre la Juan Pablo II. Aquí el art nouveau es usado como edulcorante, para hacer explícito el prestigio afrancesado de la alta burguesía salvadoreña. La misma nostalgia la encontramos de nuevo en el hermoso Teatro Nacional. Una añoranza que, por excesiva, alcanza cotas de extravagancia inigualable en la antigua mansión de la dinastía Meléndez Quiñones, frente a la pared norte de la Iglesia del Rosario. Estoy convencido que la repetición de óvalos, de lazos envolviendo pelotas y de capiteles pseudo-corintios sobre una amontonada serie de columnas y columnatas adosadas, esconde códigos enigmáticos a los que, empero y por chillones, me cuesta prestar atención.

Foto AG Espada

Otra cosa bien distinta nos espera en la plaza de San José, en el edificio del antiguo hotel Izalco, sobre la Primera Calle Oriente, frente al Mister Donut. No he sido capaz hasta la fecha de encontrar información fidedigna sobre su construcción, que debió ser también a finales de los años 20, ni sobre su primer dueño o su diseño. Los actuales inquilinos (una papelería, una casa de libros de segunda mano, una peluquería y arriba un gimnasio) dicen que todo está hecho de puro hierro traído de Alemania. Sus paredes son finas y firmes dando al conjunto gran esbeltez. La fachada está coronada por unas muy mesoamericanas grecas ascendentes y las paredes exhiben tres tipos de atrevidos bajorrelieves: del zócalo surgen unos exuberantes lazos desenfadadamente  atados; entre la primera y la segunda planta brotan unas volutas marinas en forma de olas que giran en diferentes direcciones desbordándose y volviéndose a encontrar; y, en la cornisa se descuelgan aretes aferrados a una especie de telón aterciopelado.

Fotos de Rocío Alejandra González Carrillo
Fotos de Rocío Alejandra González Carrillo

Un poco más adelante, sobre la misma Primera Calle, a la altura ya de la plaza Morazán, se encuentra otra de las joyas arquitectónicas de la ciudad. El edificio que fuera segunda sede del hotel Nuevo Mundo y las primeras oficinas de TACA está actualmente abandonado, excepto en uno de los locales a pie de calle, donde se aloja una farmacia de antipáticos dependientes que no permiten la contemplación del majestuoso interior ni siquiera con la coartada de los acetaminofenes para la chikungunya. Y eso que la farmacia en cuestión se beneficia comercialmente de la policromía del edificio al que, por ende, le roba buena parte de la fachada con un feo cartel. Construido entre 1927 y 1929, aquí el art nouveau no es explícito, ni siquiera buscado, sino mas bien una marca del autor, el gesto perdurable de un arquitecto completamente imbuido del espíritu modernista. Me refiero al veneciano Alberto Ferracuti, llegado al paisito en 1898 y fundador de una firma proveedora, hasta nuestros días, de cementos, mármoles y suelos hidráulicos de apasionantes diseños. Su obra más célebre es sin duda La Dalia, el portal de referencia de la plaza Libertad y sede en nuestros días, arriba, de un pintoresco club de billar y, abajo, como no, de otra farmacia y una peluquería.

Foto de AG Espada

Construida en 1917, el art nouveau de La Dalia no es postizo, ni excesivo, ni colonizador. El art nouveau aquí funciona como una gramática arquitectónica que prescinde de acentos y lugares comunes. La decoración del conjunto puede ser leída como una alegoría del bosque, con árboles, ramas, senderos y ojos de agua brotando de sus  paredes.[3] Sin embargo su logro más concreto son esas esbeltas columnas que nacen anchas del suelo, adelgazan a medida que ascienden, convirtiéndose en sutiles líneas curvas con un leve zigzag que sostiene toda la rotunda segunda planta con sus altos balcones y atrevidas cornisas. La manera en que estos sutiles arcos elevan el pavimento se aprecia mejor mirándolos desde el extremo sur de la plaza, caminando a lo largo de todo una cuadra con La Dalia frente a los ojos y viéndola levantarse sobre sus patas delanteras apunto, siempre apunto, de salir corriendo.

Foto de AG Espada

A Ferracuti debemos también algunas de los monumentos fúnebres más sobresalientes del maravilloso Cementerio de los Ilustres. Esta enorme y fascinante galería escultórica al aire libre contiene un gran número de piezas de mármol de Carrara exportadas por la casa Ferracuti. Aquí nos interesa especialmente la abundancia de estatuas femeninas y de ángeles que en sus cabellos, pliegues y alas exhiben la libertad de líneas y movimientos típicos del art nouveau. Ya solo la gran abundancia de querubines en tan insigne panteón (por lo demás plenamente integrado en el Mercado Central) es un indicador preciso de su relación con la espiritualidad modernista y su atención creciente a los seres mediadores entre los hombres y los cielos.

Foto de AG Espada

Pero estos no son más que algunos de los inmuebles supervivientes de principios del siglo XX que hicieron evidente su adscripción al modernismo arquitectónico y escultórico. La huella del art nouveau salvadoreño es mucho más extensa y se hace específica sobre todo en construcciones más modestas, sin un diseño unitario y con materiales pobres como la madera o el ladrillo, que no son los más aptos para el despliegue modernista pero que, precisamente por eso, hacen más elocuente la intimidad de los salvadoreños con el art nouveau. Una intimidad que está estrechamente relacionada con el sentido más profundo y no siempre bien comprendido del modernismo.

El art nouveau no es el estilo decorativo de la burguesía opulenta, indolente y viciada de principios del siglo XX. De hecho, en sus orígenes es una vuelta a la artesanía y un rechazo frontal a la industrialización y la concepción seriada y monótona del trabajo que conlleva. No es tampoco un arte decadente, excesivo o superfluo. Por el contrario, es una de las concepciones más espirituales del arte, llegando en ocasiones a parecer mágica. Es un movimiento que descubre en la materia nuevas e excitantes posibilidades de comunicación entre los seres vivos que, a partir de este encuentro, adquieren compromisos ineludibles con la emancipación de la humanidad y su felicidad.

Foto de AG Espada

El art nouveau es una manifestación de arte total que afectó tanto a la pintura, como a la escultura, la arquitectura, el diseño grafico y el diseño industrial. Es un arte que está presente en todos los ámbitos de la vida pública y privada, borrando las fronteras entre el museo y la calle. Sus líneas y emociones le sirvieron tanto a Matisse y a Gaugin como a los anuncios de cerveza o los saleros de los restaurantes de México a Bombay y de Murcia a Orebro.

El art nouveau es de hecho la única revolución artística digna de este nombre en la historia del arte occidental. Todos los movimientos artísticos de ruptura habían sido, desde la edad media hasta el siglo XIX, re-nacentistas o neo-algo. No habían sido capaces de concebir la innovación más que como vuelta a los orígenes clásicos donde se encontraría la (supuesta) esencia de la civilización y el arte. Desde esta perspectiva la historia del espíritu humano es entendida como una especie de tradición transmitida de maestro a aprendiz y que requiere de vez en cuando el golpe de timón reformista que restablezca la senda unidireccional del progreso. Los artes filoclásicos obedecen solamente al canon, a las instrucciones dadas por los dioses griegos y que sirven siempre y en todo momento para establecer la regla con que satisfacer las (verdaderas) aspiraciones estéticas de los hombres. El art nouveau rompe también con eso y sitúa el arte (y la civilización) en coordenadas bien distintas.  El art noveau es anticlásico en tanto su fe está en el movimiento ascendente, en los impulsos que nacen del interior del alma de los hombres y se elevan en busca de consenso y convergencia. De ahí su total identificación con el arte popular e indígena: sin duda, la dimensión del arte más abierta y porosa. Eso permitió también al art nouveau dialogar muy intensamente con el arte japonés, el arte árabe o el arte africano (de ahí aprendió Picasso la lección). Pero también con el barroco y el gótico, dos de las deformaciones de la secuencia evolutiva del arte occidental más improvisadas y conectadas con las sensibilidades locales y/o indígenas. La empatía del art nouveau en cambio no es con el barroco y el gótico de las grandes catedrales y los palacios sino con las manifestaciones cotidianas, las miniaturas de los libros, los azulejos de las casas, las travesuras en las recargadas fachadas de unos y otros templos.

Foto de AG Espada

Este fuerte anclaje en lo local probablemente sea el responsable del nacimiento casi simultáneo y en varios lugares a la vez del art nouveau. En cada uno de ellos adquirió además características formales bien distintas e irregulares (Jugendstil, Sezession, Nieuwe, Modern, Liberty, Floreale, etc.). Parece que su trasmisión y unidad es principalmente de orden ideológico. De hecho, nada hay más sorprendente que la extraordinaria variedad de formas, estilos y sensaciones diferentes que han encontrado cabida en ese cajón de sastre que comúnmente denominamos art nouveau. Un arte que, irónicamente, se quedó sin letra mayúscula, ni más apellido que “nuevo”. Supongo que por eso tenemos la condescendencia de llamarlo, al menos, en francés.

Ciertamente, el art nouveau fue una concepción novedosa del arte que buscó de manera consciente fusionar el adentro y el afuera, lo de arriba y lo de abajo, lo real y lo irreal hasta hacerlos indistinguibles. No en vano fue la expresión material típica de, por ejemplo, el primer psicoanálisis, el espiritismo, la heroína, el feminismo o la homosexualidad.

Su distribución por Latinoamérica es desigual. Los manuales al uso suelen considerar la región ajena al influjo del art nouveu. Pero en contra de esa falacia, se me vienen a la cabeza las famosas casas de indianos de la península Ibérica, construidas en el más rabioso art nouveau como seña de identidad por excelencia de los emigrantes retornados del Nuevo Mundo. Ciertamente el art nouveau tuvo su aplicación colonial e imperialista en Latinoamérica como en el Palacio de Bellas Artes del México de Porfirio. También en San Salvador, el art nouveau es la última manifestación de la ciudad europea, de cuando gustaba considerarse la París de Centroamérica. Justo después, a partir de los años treinta, el modelo de referencia mayoritario deja de ser Europa para ocupar su lugar los Estados Unidos. En las calles de San Salvador, el paso del art nouveau al art decó marca, con la precisión de un buen libro de historia, el paso en la región de una ascendencia imperial a otra.

Foto de AG Espada

Sin embargo, no deberíamos quitarle al art nouveau el honor de ser la primera identidad autónoma de la región desde la colonización y, en especial, del liberalismo localista y terronero de San Salvador. El art nouveau es a las artes plásticas centroamericanas lo que Rubén Darío a sus letras. Todo ello es modernismo, que es una expresión casi tan complicada como modernidad, solo que aún más confusa, pues su esencia es precisamente la negación de ésta. El modernismo es anti moderno en tanto niega sus presupuestos básicos: la lógica univoca, el ideal matematizado y el poder absoluto. El modernismo es la expresión por excelencia de las contradicciones últimas de la modernidad, la reacción entrópica a las fuertes tensiones generadas por su descarnado materialismo y la negación de la naturaleza por parte del pensamiento moderno. Es el producto de un estado de crisis y, por eso mismo, unas veces es autocomplaciente y, otras, atormentado. Sus posibilidades siempre fueron infinitas y por tanto nunca del todo realizadas. Su final en cambio no pudo ser más doloroso y radical: las guerras mundiales, el sovietismo, el fascismo, el nacismo y el franquismo; todos ellos enemigos declarados de la feminidad, la irreverencia, la sexualidad, el magnetismo, el salvajismo, la utopía… del art nouveau.

La posteridad ha sido especialmente cruel con el art nouveau. La mayor parte de sus obras fueron destruidas por el fanatismo de las generaciones sucesivas. Pero en El Salvador ni siquiera los terremotos han sido capaces de silenciar del todo las huellas de ese pasado lleno de posibilidades sin consumar, que los historiadores no han terminado de identificar del todo y que en la actualidad sirve de escenario a ese universo popular, intenso, doloroso y bello a la vez, donde la supervivencia ya no se juega en la liga de las civilizaciones sino en el de la naturaleza pura y dura. 

Foto de AG Espada

Esa enorme paradoja, la de uno de los mercados al aire libre más grandes del mundo enmarcado por el lujo y la extravagancia de la elite salvadoreña de hace cien años, tiene su mayor expresión en el Palacio Nacional. El más antiguo de toda Centroamérica y el más bello también, el Palacio Nacional es además la joya del art nouveau salvadoreño. Su correcto y dinámico exterior muestra un dominio perfecto del orden compuesto y los principios renacentistas del equilibrio y la gracia. El almohadillado de los sillares de la primera planta y las inscripciones en bajo relieve en el Salón Azul aluden a la ideología republicana del Senatus Populusque Romanus. Su distribución cuadrangular, al plano cósmico de Vitrubio. Sus noventa diseños diferentes de techos a base de láminas troqueladas y policromadas, nos transportan inmediatamente a la sensibilidad mudéjar de la yesería y el ataurique. Así también los casi sesenta diseños diferentes de pisos hidráulicos (polvo de mármol prensado en cemento) del inconfundible Alberto Ferracuti, que cubren los dos niveles del Palacio con una extraordinaria alfombra de fantasía y color (muchos de esos mismos diseños fueron empleados en casas y viviendas de la época, estableciendo así una sorprendente continuidad entre el Palacio y el resto del centro histórico). La combinación de tantos diseños individuales de techos y pisos da a cada una de las poco más de cien salas del Palacio un carácter único y exclusivo. Así contado, cabría esperar una disparatada amalgama de elementos disonantes (clásicos, modernos, árabes, indígenas) como, por lo general, suele ocurrir en estos casos (véase el Palacio Nacional de la Guatemala de Ubico). Sin embargo, en el palacio salvadoreño todo funciona a la perfección. Su luz, su sencillez y su sinceridad bastan para obrar el milagro de la armonía. Pero aún hay más; mucho más.

Fotos AG Espada

Además de la extraordinaria profusión de colores y curvilíneas vegetales en los pisos y los techos, el art nouveau encontró maneras más explicitas de hacerse notar en la máxima instancia política de la República. Por una parte, lo encontramos en la madera, en las ventanas ovaladas de las puertas, los tragaluces multicolores en forma de cola de pavo real y los biombos que originalmente separaban las áreas de trabajo de los distintos oficinistas. Y por otra parte, lo encontramos también en el exuberante trabajo de forja del interior del Palacio: en las puertas de acceso, los balcones, los pasamanos de las escaleras y las barandillas de la segunda planta. Su diseño, tal y como reza una plaquita en la puerta de entrada principal, es obra del arquitecto y pintor Ignasi Brugueras Llobet, apasionado del arte prehispánico que residió en varios países de Europa y América y dejó una considerable obra claramente adscrita al modernisme catalá y su máximo representante Antonio Gaudí.

Fotos AG Espada

Y de postre nos quedan las pinturas murales de cada una de las salas del Palacio. Bueno, en realidad nos quedaban, pues hace tiempo que la mayoría de estos diseños desaparecieron bajo inclementes capas de aburrida y monocromática pintura plástica. Sin embargo, gracias al trabajo de recuperación de la restauradora salvadoreña, triste y recientemente fallecida, Leticia Escobar buena parte de sus salas vuelven a exhibir tramos más o menos grandes (desde paneles enteros a meros hijuelos que permitirán, primerodios, la reconstrucción del conjunto) de fascinantes pinturas modernistas ante las que es difícil mantener los labios pegados. Es muy poco probable que su autoría se deba a alguno de los principales ingenieros involucrados en la construcción del Palacio (ni el jefe José Emilio Alcaine ni el maestro de obras Pascasio González Erazo que si bien incursionó en la pintura lo hizo en un estilo bastante alejado del art nouveau) ni tampoco del supervisor de la obra, el ministro José María Peralta Lagos. Los documentos de archivo hablan también de un tal D. O. Polcheck sin que haya podido averiguar nada más al respecto. De todas maneras, las pinturas revelan la participación de varias manos, con técnicas y sensibilidades bien distintas, pasando de rutilantes demostraciones de modernismo francés a apasionantes interpretaciones de la fauna y la flora local. Como no podía ser de otra manera dentro del verdadero modernismo salvadoreño, las orquídeas juegan un papel predominante en esta deslumbrante exhibición de arte espiritual y naturista. La mayoría de los diseños en cambio son tan polisémicos e inquietantes como los de las cuevas rupestres de hace cuarenta mil años (será quizá porque muchas de estas pinturas se encuentran también inmersas en las profundidades tenebrosos de las casi cuevas donde habitan los restos documentales que conforman el maltrecho Archivo General de la Nación). Tal es la fuerza y convicción de estas imágenes que, sin asomo de duda, dan testimonio de una estética vernácula.

Fotos AG Espada

Aun siendo cierto, la influencia europea no es suficiente para explicar en su totalidad el art nouveau salvadoreño. El art nouveau salvadoreño es específico, autónomo y excelente y debió calar muy hondo en su medio social, penetrando generaciones y estratos sociales. Eso explicaría la, de suyo inexplicable, presencia de estas extrañas formas en el pequeño recinto de 75 x 75 metros donde se concentraba el poder legislativo, el poder ejecutivo, el poder judicial y el poder fáctico de la oligarquía cafetalera. Eso también explicaría la perdurable huella de la maniera en la pintura salvadoreña, desde Salarrué a Renacho Melgar. Explicaría igualmente el fuerte arraigo en el país de esa fusión del espiritismo modernista con el indigenismo africano y salvadoreño que se da en el culto a los santos apócrifos (aunque de esto hablaremos en otro momento).

Fotos AG Espada

La historia no es solo la nostalgia de un tiempo pasado. Al contrario, a la historia se entra desde el presente, desde una serie de evidencias materiales (documentales, artísticas, arqueológicas…) e inmateriales (danzas, leyendas, cuentos, hábitos…) que están aquí, que son actuales y que por eso nos interrogan. Nos hacen preguntas a las que, si queremos, podemos intentar dar respuesta de acuerdo a unos métodos más o menos seguros, más o menos científicos. Por lo tanto a la historia se entra desde las continuidades, desde aquello del aquí y el ahora que nos relaciona con el allí y el antes. Pero una vez dentro, al historiador corresponde desprenderse de sí mismo y prestar atención a un universo que, incluso en sus aspectos más familiares, participa de una lógica que ya no nos pertenece del todo. Solo así atisbaremos algo del equilibrio entre continuidad y ruptura en el flujo del tiempo del que somos parte. FIN.

Fotos AG Espada

Fotos AG Espada

Fotos AG Espada
Fotos AG Espada
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[1] Debo mi agradecimiento a los estudiantes de la Escuela de Diseño Grafico e Industrial de la Universidad Don Bosco a los que he tenido la fortuna de impartir la materia de Historia del Diseño Moderno durante los últimos tres años. Buena parte de la información aquí recogida es producto de sus trabajos de investigación sobre art nouveau salvadoreño.

[2] Castro Beltrán, Méndez Estrada, Rodríguez Orellana y Rosales Vásquez. “Edificio Bou, una joya del art nouveau”. Trabajo de investigación de la materia Historia del Diseño Moderno, Escuela de Diseño, Universidad Don Bosco, Octubre 2014.

[3] Gutiérrez Portillo, Rodríguez Cisneros y Salvador León. “La Dalia”. Trabajo de investigación de la materia Historia del Diseño Moderno, Escuela de Diseño, Universidad Don Bosco, Octubre 2014.

Comentarios

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Exquisito recorrido y detalles de San Salvador. Es murar la ciudad con otros ojos, hacia arriba de las ventas y los jalones y la prisa y el calor. Es mrar la ciudad con el alma. Gracias, fantástico viaje

Que buen reportaje !
Vivi en ese pais hace muchos anos y no me di cuenta de esa arquitecture ..Dentro de tanta monstruosidad

Perdón pero todo eso no es kitsh

Bueno eso depende de a que se refiera con kitsch (que puede ir de lo muy despectivo a lo muy positivo). Desde luego todo arte popular (y mi teoría es que el art nouveau es un componente esencial del arte popular salvadoreño) siempre está a un paso de lo kitsch. Así que todo depende de la relación de una sociedad con su propia cultura popular.

Excelente artículo y debo hacer un amplio reconocimiento y felicitar a su autor Antonio García Espada, según entiendo profesor de la Escuela de Diseño de la Universidad Don Bosco. Hace un mes llevé a una compatriota que reside en USA desde hace 40 años y me hubiese gustado haber leído antes este reportaje para enriquecer nuestra apreciación del depauperado centro urbano de San Salvador. Muy buenas fotos y he logrado apreciar belleza entre lo ruinoso de la ciudad. Fabuloso. Gracias Luis por enviarme este artículo.

Buen hecho Antonio! Al fin alguien esta recordando/publicando la historia del Centro :)

Mis felicitaciones por tan excelente articulo. Es una lastima que esoso edificios no esten prptegidos por una ley de mounmentos historicos.

Hermosas muestras de un pasado con gusto por el arte. Lastima que hayamos caído en la mas aberrante vulgaridad como pueblo.

Gracias por el artículo, que bueno leer sobre la arquitectura de El Salvador. Dos comentarios:
1. El Art Nouveau con su libertad compositiva no logró arraigarse en América Latina. Quedaron los detalles decorativos, florales y de filigrana metálica. Pero no la esencia de la propuesta arquitectónica.
2. También son buenas referencias algunos proyectos "naturalistas", por ejemplo el kiosko del Parque Bolívar tipo "cabaña de troncos" aunque de concreto.
Felicidades!

¡Qué magnífico artículo! ¡Qué privilegiado recorrido virtual! Ojalá se generaran iniciativas institucionales para hacer recorridos presenciales con guías cuyo nivel de erudición permitiesen iluminar de forma tan enriquecedora a locales y extranjeros sobre los tesoros escondidos en nuestras calles...

muy bueno, lo he disfrutado mucho

Fabulosa guia para apreciar la arquitectura maltratada del más maltratado centro histórico capitalino. Excelente.

Que buenisimo, me encanto, nadie le dedica el tiempo a estas cosas. Gracias por tomarte el tiempo y entregarnos tan bonito fotoreportaje.

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