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3 posts from noviembre 2014

11/12/2014

1989 Parte II: los discursos de la reconciliación nacional

En el texto anterior intenté explicar por qué era necesario romper el silencio sobre la Ofensiva Final desde una perspectiva individual, familiar y colectiva. Nadie habla de la Ofensiva en entornos familiares; sabemos lo que vemos en la televisión o lo que dicen los libros de texto, no lo que ocurrió con nuestra casa o nuestros parientes, si hubo enfrentamientos en nuestra colonia, si a nuestra familia le tocó huir. Conocemos las consecuencias, a lo sumo, pero no las vivencias. Y dije que ese silencio familiar hace daño al niño nacido durante la guerra, mismo que hoy es un adulto. No expliqué por qué.

Por dicha, no es necesario ir más allá de los comentarios de ese mismo post para exponer mi punto:

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El comentario de Alex es interesante por sí solo, pero cabe hacer mención a que la Comisión de la Verdad afirma lo siguiente en la página 41 de De la locura a la esperanza:

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Volveremos a su comentario luego. Es el de Blah el que nos sirve para hablar de lo más grave: para el salvadoreño, cualquier intento de divulgación, de buscar conocer la verdad es visto como sinónimo de comunismo. Quizá al comentarista le parezca razonable asumir algo así: son los comunistas (¿quiénes?) los que lloran por la guerra, los que viven, asume, explotando víctimas; colgándose de acusar al Ejército de la barbarie cuando ellos, como afirma Alex, también mataron.  ¿De dónde sale esta noción?

Algunos estudios de psicología social hablan de la transmisión del trauma psicosocial de una generación a otra (gracias a la Ligia, siempre oportuna).  Una de las características de este tipo de trauma, dice, es «…que la presencia de eventos traumáticos siempre afecta las relaciones sociales y su mantenimiento a través del tiempo». No es, entonces, una respuesta razonada: al escribir su comentario, Blah no se detuvo a revisar qué es comunismo, cuáles son sus características, menos el cómo puede buscar conocer la verdad de nuestra familia y nuestro país ser sinónimo de ello. En su entorno social hay un discurso, uno quizá aprendido de los medios de comunicación o el ambiente político, en el que comunismo significa todo aquello que va en contra de algo, lo que sea, que contradiga el discurso oficial. En consideración a Alex, incluiré además que de ese mismo modo, hay otro espectro de la población en la que se asume de facto que el neoliberalismo es el origen de todos los males y que todos los empresarios son corruptos y asesinos.

Ninguna de esas posturas es cierta, pero ambas son convenientes. Si toda oposición es comunismo y todo empresario es corrupto, no hay adónde perderse: votaré siempre por aquel partido que represente mis intereses. No hay medias tintas ni espacios grises.  Provienen ambas, eso sí, de traumas psicosociales: mucha parte de la violencia de guerra tenía por objetivo demostrar poder: la tortura y el abandono público de cadáveres (a la usanza medieval, haciendo público el castigo) eran  amedrentamientos, vulgares muestras de lo que ocurría a cualquiera que se apegase al arquetipo del militante de izquierda según no solo los cuerpos policiales y el Ejército, sino también todo un grupo de informantes civiles.

La guerrilla derrumbaba puentes y torres de suministro eléctrico como forma de desgaste a las finanzas del Estado, sí, pero también para demostrar que podía. Mataba jueces y alcaldes por ser representantes de una forma de gobierno que consideraban ilegítima. De ahí surgen los epítetos comunista, matavacas, terengo, etc. En ese nombre se encierra todo lo que me amenaza y con él designo a todo lo que se opone a lo que yo soy.

Blah representa a un sector mayoritario de la población, para bien o para mal, uno que ve que los testimonios sobre la guerra son siempre de desplazados, exmilitantes o excolaboradores de la izquierda o víctimas de violencia estatal y creen, por tanto, que intentar rescatar la historia es un asunto de comunistas. El discurso oficial fue claro: perdón y olvido. El de la población más afectada por el conflicto, pero excluida de los medios de comunicación (el otorgamiento de frecuencias radiofónicas solamente por subasta es el mejor ejemplo de ello) es el rescate de sus vivencias.

Empero, críticas como las del comentarista vuelven necesario considerar si no habrá por parte de ambos extremos del espectro político una manipulación política de la historia. Al FMLN le conviene perpetuar que está del lado de los más pobres para ocultar su férrea oposición a la democratización de las elecciones libres. A ARENA, mantener vigente la amenaza del comunismo. A ningún partido político le conviene que la población hable, pregunte o busque saber qué pasó en sus familias durante la Ofensiva y el conflicto armado en general. Hacerlo significaría liberar a la historia de la manipulación política y acercarnos a la reconciliación nacional.

En este entorno crecimos nosotros, los hijos de la guerra y del silencio. No necesitábamos saber qué pasó, según nuestras familias y la sociedad. Lo único que debemos saber es que el malo, el asesino, el criminal es el otro. A eso le llamaron historia. Con esa noción del país nos hicimos adultos. Por supuesto, esto es crucial para el tipo de votante en que nos convertimos. De esto hablaremos el viernes.

He estado hoy en un encuentro con comunidades de desplazados que convivieron con los sacerdotes asesinados en la UCA. Ellos suelen ser el rostro del rescate de la memoria histórica. Contrario a lo que gente de mi generación o la anterior creen,  no hubo una sola mención a los militares, ARENA satánica o Ponce asesino. En sus testimonios se habló de cómo en sus campamenos y comunidades repobladas fundaron escuelas, talleres, cooperativas; de cómo lograron y aún logran sobrevivir en sitios en donde no existe el Estado ni la ANEP.

No había ningún rastro de rencor en sus comentarios, a pesar de ser conscientes de que la pobreza en la que viven es resultado de estructuras socioeconómicas injustas. No había odio contra la derecha ni el Estado, tampoco confianza ciega en el FMLN. Los testimonios de vida que escuché hoy venían de personas que reconstruyeron sus vidas dentro de una comunidad en la que la memoria es un punto de partida, un pasado atroz al cual no recordar con afán vengativo ni con esperanzas de reparación de daños alguna. La memoria en las comunidades de desplazados es un punto de partida, una declaración: de este horror venimos y haremos lo posible para nunca volver a él.

11/10/2014

1989 Parte I: los hijos del silencio

Es frecuente escuchar a la gente compartiendo sus vivencias sobre eventos históricos. La mara de mi edad, por ejemplo, comenta que estaba en clases durante el terremoto de febrero de 2001. Nuestros padres hablan del sismo de 1986. Se comenta también dónde y cómo nos enteramos del atentado a las Torres Gemelas o la muerte de Selena. Hablar de estos eventos inconexos, de dónde estábamos y qué sentimos cuando nos enteramos de ellos es, aunque parezca banal, una forma de construir comunidad.

El 11 de noviembre inicia la conmemoración del 25 aniversario de eventos que cambiaron el rumbo del país y que mi generación no recuerda porque ocurrieron cuando éramos muy niños.  Algunos sabrán que mañana se cumplen 25 años de la noche en que el FMLN lanzó la Ofensiva Final; otros tendrán presente que el sábado recordaremos que el Batallón Atlacatl entró a la UCA con la orden de matar a Ignacio Ellacuría y no dejar testigos. Para la mayoría, empero, lo único relevante de esta semana es que el viernes pagan la quincena.

Durante esta semana, los días lunes, miércoles y viernes, hablaré acá de tres puntos cruciales en este aniversario de la Ofensiva Hasta el Tope: el silencio al respecto, el papel que este juega en la reconciliación nacional y algunas notas sobre la enorme deuda del conflicto: la renovación política.

La indolencia ante estas fechas no es completamente culpa de mi generación. La gente de mi edad entró a la escuela en 1993, apenas un año después de la firma de los Acuerdos de Paz. Todo estaba en el aire y era muy inseguro hablar de política en la colonia, en la familia, ¿por qué habría de importar hablar de ello con niños? Ellos, nosotros, no necesitaban saber que su familia vivía con sus abuelos porque la Fuerza Aérea bombardeó su casa, que  un señor murió al atreverse a salir a comprar pan bajo el fuego cruzado (foto 15). Tampoco necesitaban, necesitábamos saber que algún familiar nuestro desapareció durante meses porque decidió incorporarse al alzamiento popular fallido. Eran, éramos, niños.

Sin embargo, crecimos a tiempo para ser beneficiarios de la Reforma Educativa de 1998 y la incorporación del conflicto civil al plan de estudios de, gulp, bachillerato. Sabríamos qué pasó, quién combatía contra quién y por qué; incluso que se logró un ejemplar cese al fuego. Quizá para entonces, cabía esperar, el silencio familiar y comunitario se habría suavizado y algo sabríamos sobre la tía desaparecida o las circunstancias en que murieron esos primos, padres o abuelos que solo conocimos por fotos. Eso no ocurrió. Algunas páginas escuetas en un texto de Estudios Sociales no habrían de reparar el enorme daño que le hace el silencio a un país que fue desangrado durante tanto tiempo. A pesar de que los protagonistas políticos y militares que sobrevivieron a la Ofensiva siguen vivos o murieron impunes, poco se habla en la palestra pública sobre ese mes en 1989 que dejó más de dos mil muertos, bombardeos militares en zonas habitacionales y el decapitamiento de la UCA. 

 

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Afiche del XXV aniversario de los mártires de la UCA. Sitio oficial.

Este silencio familar no es del todo injustificado; la muerte de las víctimas civiles del conflicto podría ser inexplicable para los sobrevivientes: viudas, padres, hermanos o cónyuges que nunca esperaron ser atrapados por la guerra, que no imaginaron que un sábado en la noche escucharían explosiones por todos lados. Primos, amigos que quizá planeaban ir a la Feria del Hogar (que había empezado el 3 de noviembre) o acababan de graduarse de bachillerato y de repente les fueron arrebatados por la aviación, una mina o el fuego cruzado. El dolor de la muerte y vidas arrebatadas sin anuncio, sin razón. 

Pero los niños de la guerra crecieron criados por abuelos que guardaban luto por sus propios hijos muertos; quizá tuvieron suerte de vivir con unos padres que luchaban cen su intento de reincorporarse a la vida civil: no salir corriendo al ver una patrulla, no buscar refugio al escuchar volar un helicóptero. Ellos también decidieron callar, quizá por seguridad (una idea no tan desubicada si tomamos en cuenta el caso de Francisco Velis, miembro del comité político del FMLN y ejecutado en octubre de 1993) o por un deseo de dejar la guerra atrás. Criaron a sus hijos en casas en las que no se habla de política ni de una parte crucial de sus propias vidas; criaron adultos que hoy piensan que hablar de la Ofensiva es reabrir heridas del pasado, despertar rencores y que debemos como país ver hacia adelante.

En mi generación todos somos hijos del silencio, sea este estatal o familiar. Yo fui a la escuela con ellos; conocí sus casas. Les vi llorar inconsolables al encontrar una foto de sus padres en los archivos de los sindicalistas desaparecidos de la UES y por fin entender el comportamiento de su propia familia. Los he leído encontrar a sus familiares en el Libro Amarillo.  Conozco a algunos que perdieron tías, tíos por ser jueces o alcaldes en municipios reclamados por el FMLN. Este silencio sobre el pasado nacional, ese que es nuestro aunque solo éramos unos bebés, es también un impedimento hacia la verdadera reconciliación.

Algunos de estos jóvenes nacidos en los ochenta que algo recuerdan del Inspector Gadget y Nubeluz preguntarán, no sin algo de razón, de qué sirve hablar de la Ofensiva y sus resultados cuando ya la izquierda ganó. Esta duda encierra en sí mismo por qué nuestros padres, nosotros y las nuevas generaciones de salvadoreños urgen conocer, discutir y sanar su historia reciente: el objetivo del FMLN era revertir las condiciones de desigualdad, corrupción y opresión que imperaban en el país como resultado de las dictaduras militares y los gobiernos de Duarte y Cristiani. ¿Qué tanto de esto se cumplió cuando los otrora revolucionarios ahora se niegan a democratizar los mismos espacios cuya apertura reclamaban? Hablar de nuestra historia es necesario no tanto por el Frente ni por ARENA, la Tandona o los ríos de sangre derramados en este país como resultado de diversas formas de exclusión económica y social, sino por algo muy elemental: hablar de la historia de El Salvador es hablar de nosotros. Es conocernos. Es perdonarnos como país, aceptar nuestros lutos y entonces, solo entonces, poder mirar hacia adelante.

11/06/2014

Nosotros y ellos

 I. Rutinas morbosas

En casa, cuando yo era una niña, había un ritual: mi papá y yo nos levantábamos a las 6 am y escuchábamos el noticiero de la KL. A las 6:30 era hora de encender el televisor y ver solo el inicio de Frente a Frente; luego iba Entrevista al Día; le seguían los noticieros de televisoras hispanas en Estados Unidos; luego CNN. La vida empezaba después de ver los noticieros. No es cierto, todavía faltaba ir a la esquina  a comprar los periódicos, leerlos de corrido y comparar la redacción de las notas. Para entonces apenas eran las 9 am y quedaba tiempo de sobra para vivir… hasta que empezaran los noticieros de mediodía.

Variaciones de esta rutina están presentes en los patrones de consumo de información de la mayoría de salvadoreños urbanos: levantarse, escuchar o ver noticias, salir a la calle y revisar el periódico. No es la forma más sana de despertar, menos en un sitio como este, en el que cualquier locutor y cualquier portada saluda con la noticia de tres, cuatro, cinco nuevos asesinatos ocurridos en la madrugada, pero se hace. A diario.

Es cruento, pero justificable, preguntarse por qué en 2014 un asesinato en El Salvador sigue siendo noticia, mucho menos portada: el número de muertes violentas en posguerra es muy cercano al de las víctimas del conflicto civil. Matar es normal en El Salvador, así que reportarlo puede resultar tedioso. Los medios se ven forzados a buscar giros que les permitan aumentar su audiencia. Lo novedoso ya no es matar, como puede concluirse por el tipo de delitos que se reportan,  sino el cómo. Prueba de ello es el infinito morbo con el que se recibió una serie de reportajes sobre Israel Ticas.

Las fotos de portada ya no muestran cadáveres (como antaño), sino rastros de sangre o imágenes crípticas de cercos policiales. El público se escandaliza cuando se muestra sangre en una persona viva, como fue el caso de la primera plana de Mi Chero, un periódico de nota roja, el 26 de septiembre de 2014: una joven de 25 años fue atropellada sobre la Avenida Roosevelt de San Salvador. Tendida en el suelo, pero viva, la víctima alzó la cara ensangrentada al intentar ponerse de pie. El titular: «Quedó molida»[*].

La portada en cuestión recibió acaloradas reacciones negativas por parte del público; la víctima incluso demandó al periódico y al grupo editorial que lo maneja no por daño moral, sino violencia simbólica. Diversos calificativos fueron atribuidos a la publicación; la solidaridad con la víctima fue evidente desde un inicio. Si bien justifico tanto la demanda como la indignación colectiva, no deja de parecerme curiosa la elección de calificativos utilizados por la abogado querellante: «vulgar. Grotesca. Humillante».

II. Humillaciones válidas

Tomemos como ejemplo un día cualquiera en el que yo decida almorzar en una cafetería. Es mediodía, así que Cuatro Visión está al aire y los comensales mastican su comida mientras la indolente conductora narra la captura de algunos pandilleros en una comunidad marginal. Las imágenes son siempre las mismas: dos grupos de reacción policial, fuertemente armados, están de pie frente a una puerta de lámina. Cargan una almágana para derrumbarla. Gritan «¡Policiya!» y entran a la casa ─pobre, algunas veces con piso de tierra─. Tras los gritos y las mujeres llorando se ve a los hombres ─jóvenes, descalzos, en bermudas y sin camisa─ tirados al piso mientras diez, doce armas de largo alcance apuntan hacia sus cuerpos expuestos. Estas imágenes también son vulgares, grotescas y humillantes, pero se emiten a la hora de almorzar y nadie se inmuta. ¿Por qué no son recibidas con la misma indignación que la de la muchacha atropellada?

La respuesta es mucho más violenta ─pero más sutil─ que la sangre en una portada o las vulgares expresiones de la fuerza policial al apresar a un pandillero: hay alguien que merece ser humillado en la palestra pública, uno sin integridad que preservar. Uno que no puede argumentar daños a su dignidad ni su imagen, que no participa de ese nosotros tan difuso que compone la gente como uno. Ese ellos que no es persona, contra quienes se exige todo el peso de la ley en un país con descarada impunidad criminal, y para quienes se pide pena de muerte, pueden y deben ser tratados de forma vulgar, grotesca y humillante.

III. Ellos

Es difícil buscar una categoría que agrupe a este ellos en particular. Está claro que en la coyuntura actual son las maras quienes reciben este tratamiento, pero existen antecedentes históricos de otros colectivos también tratados de esta forma. El más inmediato es el de los grupos armados irregulares de izquierda.

Uso el término ellos sin referencia a la otredad de la que se habla en ciertos ámbitos. Ese Otro es opaco, pero reconozco en él algo ora inaccesible. El ellos, sin embargo, no goza de la indolencia con la que a veces se recibe al Otro; el ellos es tangible, como sociedad lo señalo, lo repelo; es indeseable y debe ser destruido a toda costa.

Al revisar los periódicos de los ochenta, es frecuente ver retratos de rostros similares a las fotos de expedientes policiales: de frente, con la cara descubierta. La leyenda varía: terrorista, sedicioso, antisocial, sindicalista. Estos términos, utilizados indistintamente cual si fuesen sinónimos, solían reemplazar a los nombres de las asociaciones políticas a las que presuntamente pertenecían los capturados.

Dicha práctica tiene sentido en la coyuntura política que se vivía: en aquel entonces, el FMLN era un conjunto de guerrillas que buscaba estatuto jurídico de fuerza beligerante a fin de ser sujeto de Derecho Internacional e impulsar un diálogo con el Gobierno de El Salvador. Para los medios de comunicación masiva ─como canales de ideologización al servicio de los intereses de sus propietarios─ era imprescindible, entonces, hacer creer a la opinión pública que no existía tal cosa como un conjunto de grupos armados con control de territorio, gobierno interno y que perseguían fines políticos, sino individuos tumultuosos, sediciosos, antisociales que actuaban de forma anárquica. No nombrar a ninguno de los cinco grupos armados irregulares del FMLN representaba desconocerle como actor político, reducir a sus miembros a delincuentes que actuaba criminalmente a fin de imponer una doctrina en particular: el comunismo. La práctica se mantiene. Cobijada en su Manual de Cobertura de la Violencia, La Prensa Gráfica omite desde 2005 el nombre de pandillas involucradas en delitos. Otros medios han adoptado medidas similares. Está por definirse qué es, en concreto, lo que se busca desconocer ahora.

Esta práctica discursiva, tan ocultista y llena de sinónimos, tuvo contraparte en los ochenta en la cobertura visual del conflicto: mientras las notas daban rodeos para referirse a actores políticos de la izquierda insurgente como tales, las imágenes que las ilustraban eran explícitas. En la contraportada de El Diario de Hoy (en adelante EDH, seguido por la fecha de publicación) del 27 de mayo de 1989 se ve a tres cadáveres masculinos alineados en el piso. Sus ropas están ensangrentadas y sus rostros están descubiertos. Les rodean granadas y un mortero.  Dos  militares con armas largas les custodian. La leyenda: «terroristas muertos».

La publicación de imágenes de cadáveres de presuntos militantes de izquierda era usual en los medios de comunicación masiva de 1989, especialmente en los impresos. Usualmente eran cuerpos masculinos, ensangrentados, descalzos y sin camisa. Era frecuente también insertar ese tipo de imágenes fuera de una nota, como relleno entre bloques de texto reservados para tal fin. Ese tipo de fotografías era más explícita, con orificios de bala o cortes de arma blanca visibles. Se tiene, por ejemplo, al cadáver degollado de un hombre tirado en el piso; le flanquean un muchacho de pie y un niño sonriente. La leyenda: «terrorista muerto (San Pedro Masahuat, La Paz)» (EDH, 22/2/1989).  

Este tipo de imágenes aparecía de dos a tres veces por semana en EDH al menos en la fase final del conflicto armado. No veo mayor justificación a ello que una muy cruenta y premeditada: la sobreexposición del público a imágenes violentas hasta normalizarlas, logrando así que la sociedad asumiese que ese tipo de  muerte  era el escarmiento que merecía un sedicioso, un terrorista. La crueldad era, entonces, justificada de forma vulgar, grotesca y humillante. 

IV. Nosotros

La portada del 5 de mayo de 1989 es distinta. Dos niños muertos, cada uno con una rodaja de limón en la boca, yacen dentro de una lancha, la cual rodean señoras que lloran. Sus cuerpos están cubiertos por ramas de árboles. La leyenda: «Niños víctimas de minas». El texto que acompaña foto usa la expresión «mina terrorista del FMLN-FDR», ilustrando uno de los pocos casos en los que se nombraba a esta organización de forma explícita: al hablar de víctimas civiles.

La intención del uso de estas imágenes, hecho con menor frecuencia, pero de forma más contundente (portadas en lugar de sitios de relleno; usualmente a color a pesar de que primaba la impresión a blanco y negro) era evidenciar el daño que las acciones de estos grupos irregulares ocasionaba en la víctima civil, aquella que, como la muchacha atropellada en la portada de 2014, sí merece consideración y despertar indignación. En el caso de ella y el de los niños víctimas de la mina antipersonal, la exposición sin tapujos de su dolor busca solidarizarnos, convocarnos en un nosotros que es víctima de la imprudencia vial, del ataque terrorista. Un nosotros que deja por un momento de ser tan difuso e intangible y se vuelve concreto en la sangre ajena.

La sucesión de pensamientos al ver este tipo de imágenes, leer casos de jóvenes violadas por una clica o el de los atletas asesinados por pandillas suele ser indignación seguida por rabia, rabia de la que justifica contemplar la pena de muerte para el hechor (como en efecto promulgaba la derecha radical durante el conflicto y que ahora retoma la centroderecha de GANA en el caso de las pandillas). Matar al terrorista, al marero, no representa un mal menor: ninguno es recuperable ni reinsertable en la sociedad. Atentan ambos no contra el Estado ni la estructura social, sino contra nosotros, el ciudadano humilde, el salvadoreño trabajador. Ese es el discurso.

 

V. El ellos actual

 Mi mamá, una persona con educación universitaria, es una mujer muy lista. Trabaja en salud, algo de empatía tiene. Empero, si se encienden las noticias y se ve la nota de una persona asesinada por no pagar la renta[**], lo primero que dice es: «yo los encerraría a todos esos hijos de puta en un solo penal para que se maten entre ellos. Cuando terminen, y si queda alguno vivo, que le den fuego a esa mierda». Enfatizo que es mi madre y que trabaja en un campo que requiere de alta empatía y respeto por la condición humana para resaltar lo grave de esta forma de deshumanización de un tipo de delincuente en particular. Nunca la he visto expresarse en similar forma de ningún otro grupo.

Ese tipo de clamores es  tan común en la sociedad salvadoreña que asusta. Personas comunes niegan de un tajo no solo los derechos civiles, sino la condición de persona, de un miembro de maras simplemente por serlo. Deshumanización por asociación. Incluso en una sociedad en la que la violencia tiene semejante grado de normalización esto resulta impresionante. Tanto, que uno no puede evitar preguntarse de dónde viene.

Durante la década pasada, mi libro de texto de Estudios Sociales decía que las pandillas eran un fenómeno transplantado de los Estados Unidos y que se debía, entre otras cosas, a entornos sociales fracturuados. No había más información al respecto. Mi referente sobre las pandillas era ese y la imagen de Francisco Flores en una chaqueta café, parado frente a un placazo[***] de la mara 18, anunciando el lanzamiento del Plan Mano Dura para lidiar con las maras. Tejido social roto y represión, esa era mi correlación hace una década.

En la página 7 de El Diario De Hoy del 29 de enero de 1989 hay una nota breve titulada: «Capturan  11 miembros de “maras” en Col. Quiñonez»[*^]. No hay fotografía. «La fuente dijo a EL DIARIO DE HOY que los once sujetos, que operaban en varios puntos de la ciudad, están acusados por homicidios, lesiones, violaciones y robos»[^].  Ya el 4 de marzo el tema era portada: «Capturan miembros de “maras”». Dieciocho hombres de pie, manos detrás del cuerpo, todos con la cara en alto, posan alineados detrás de un conjunto de televisores y equipos de sonido.  El  26 de junio, otra portada: «Ofensiva policial contra las “maras”». En esa edición, más cadáveres destrozados de sediciosos, terroristas, antisistema. Aunque no era explícito entonces, lo que veíamos era ya la transición de un ellos indeseable por otro, un nuevo sujeto de exterminio sobre el cual hablar de forma vulgar, grotesca y humillante.

 



[*] Quedó molida (2014, septiembre 26). Mi Chero, p. 1.

[**] Renta es el término utilizado para refererise al cobro ilegal por parte de una organización criminal de una determinada cantidad de dinero a cambio de no atentar contra la vida o propiedad de una familia o persona.

[***] Placazo es una pinta alusiva a una mara en particular. Sirven para denotar control sobre un territorio dado.

[*^] Capturan 11 miembros de “maras” en Col. Quiñonez. (1989, enero 29). El Diario De Hoy, p. 7.

[^] Ídem.

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Virginia Lemus

Estudiante de Filosofía en la UCA y observadora sarcástica, incluso cuando se describe a sí misma: "Solía jugar a ser una persona seria que estudiaba Derecho y publicaba textos amorfos en un par de revistas. Cuando de tanto ver los noticieros estaba a punto de matarme, dejé de escribir, me cambié de carrera y ahora rehuyo del país que tanto detesto y me detesta haciendo como que estudio a señores barbuditos con el mote de filósofos.

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