Retrata a personas entregadas apasionadamente a su vocación, sea cual sea. Artesanos, científicos, arquitectos, artistas, jueces, atletas, cocineros, acróbatas: es igual. Lo que importa es destacar su historia de amor (o desamor) con su vocación.

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04/12/2015 12:27:02

“Tengo que volver a ser persona”. Conversación con Jorge Galán a propósito de su novela 'Noviembre'

Portada Noviembre

 

Jorge Galán se acerca a saludarme y puedo ver, inmediatamente, que su mirada no sólo es sombría, anegada de cansancio, sino que también es la de un hombre partido. Muy diferente a la del hombre que conocí en 2010 en San Salvador, cuando lo entrevisté para una investigación sobre el campo literario salvadoreño. Entonces, aunque era la de un hombre tímido, su mirada era otra, incluso apasionada, sobre todo cuando hablaba de la literatura fantástica y de su mentor, Francisco Andrés Escobar.

El pasado 26 de noviembre me reuní con él en Barcelona, antes de que tomara un vuelo a Madrid, para hablar de su más reciente publicación, Noviembre (México, D.F., Planeta, 2015). Desde que salió intempestivamente de San Salvador, el 11 de noviembre, Jorge Galán está sumido en la incertidumbre y en una situación delicada que lo obliga a adoptar un actitud de suma discreción ya que se encuentra en trámite su solicitud de asilo ante el gobierno de España.

Jorge Galán nació en San Salvador en 1973 y es un reconocido poeta que en los últimos años ha incursionado en la novela. En 2000 se le concedió el Gran Maestre de Poesía Nacional (El Salvador) y, en 2004, con Tarde de martes, ganó el Premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenango (Guatemala). Dos años después, en 2006, su poemario, Breve historia del alba, recibió el prestigioso Premio Adonáis (España). La habitación (2007) y El día interminable (2004) son otros de sus libros, este último incluido en la Colección “Nueva Palabra” de la editorial estatal salvadoreña. En 2010, su largo poema Los trenes en la niebla recibió el Premio del Tren “Antonio Machado” de Madrid, mientras que la edición de enero-febrero de la revista World Literature Today, de la Universidad de Oklahoma, dedicó su portada a Galán. Al año siguiente, obtuvo el Premio Iberoamericano para obra publicada Jaime Sabines (México). Sus últimos poemarios han sido publicados en España: El estanque colmado (Visor, 2010), La ciudad (Pre-texto, 2011) y El círculo (Visor, 2014). En 2013 se publicó, también en España, su novela La habitación al fondo de la casa (Valparaíso).

Cuando nos encontramos esa mañana de noviembre, nos saludamos, intercambiamos palabras cordiales y me pide que nos movamos lo menos posible, que vayamos a un lugar cerca y tranquilo. Así, nos instalamos en el café de la librería Laie. Al principio no sé si debo abordar su situación. Me doy cuenta que lleva a cuestas un corazón afligido y tenso. Por eso me inclino a hablar sobre su escritura. Al final, no obstante, también habrá espacio para hablar de su reciente exilio.

 

Escribir la penumbra

 

De lo primero que hablamos es de su novela que, precisamente, he terminado de leer a las cinco de la madrugada de ese mismo día. Así, rodeados del murmullo del lugar, Jorge Galán profundiza sobre Noviembre y del sitio que ésta ocupa en el conjunto de su obra. Por ejemplo, me cuenta que, en contraste con su anterior novela, La habitación al fondo de la casa, la cual trata sobre una ciudad todavía inmersa en una ingenuidad que poco a poco se va diluyendo; en Noviembre quiere mostrar la fractura de ese espacio, donde lo que queda son sólo los vestigios, las ruinas, de aquel tiempo más bondadoso, pues para 1989 ­–año en que arranca la novela–, en ese mismo lugar, la oscuridad y el odio se habían impuesto sobre lo humano y la empatía.

El argumento de Noviembre está vertebrado a partir del asesinato de los seis jesuitas de la UCA –Ignacio Ellacuría, Amando López, Juan Ramón Moreno, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes y Joaquín López– y de dos mujeres –Elba y su hija Celina­– por miembros del batallón Atlacatl durante la Ofensiva de 1989. La novela, por otra parte, también le brinda espacio a otras personas que fueron tocadas por la tragedia: el desgarro de Obdulio, esposo de Elba y padre de Celina, quien descubrió los cuerpos de los ocho asesinados; y la terrible experiencia que sufrió Lucía de Cerna (testigo ocular del crimen) y su familia cuando se intentó acallar su testimonio. Como se sabe, aunque se juzgó a las personas que llevaron a cabo la operación, los autores intelectuales todavía siguen impunes. Así, este crimen se convierte en el dispositivo narratológico de la novela para desentrañar algo mucho más profundo e intrínseco: ese animal agazapado en la penumbra que pervivió durante una época de represión, secretismo y clandestinidad en El Salvador: el miedo cincelado en un clima de odio. Pero también es la historia de cómo y por qué empezó una lucha por vencer ese miedo y la impunidad.

Noviembre es una novela de no-ficción y, como lo dice su nombre –una especie de oxímoron–, se trata de un género literario híbrido: se retratan hechos y personas de la vida real pero utilizando las técnicas dramáticas de la novela, incluyendo los diversos puntos de vista y, en ocasiones, echando mano de recursos y personajes ficcionales para darle agilidad a la narración. Noviembre está estructurada en siete partes, cada una dividida en varios capítulos breves dedicados ya sea a momentos destacados del hecho histórico, episodios cotidianos de los personajes (sean estos reales o ficticios) o flashbacks, creando de esta forma una prosa con pliegues, relieves.

En la novela de Galán, también coexisten pasajes filtrados por la poesía –la imagen poética rezuma– y esto evidencia al poeta que el autor también es: ahí están los grillos, la luna, la brisa, las nubes, que acompañan los hechos, a veces enfatizando la desgracia, en otras contrastándola. En otras ocasiones, se percibe una fibra teatral:

Tojeira salió de su habitación y se dirigió a la entrada. Afuera todo estaba detenido. Las sombras que eran sus compañeros estaban en silencio, paralizadas como si formaran parte de un escenario fantástico movido por un mecanismo al que se le hubiera acabado la cuerda. Una fotografía en blanco y negro de un instante grave y sombrío, antes de una tragedia. […] Una madrugada fría de noviembre, ventosa, sin luna, con los faroles de energía eléctrica apagada, oscura como el interior de un ataúd cuando se cierra. (40)

La novela parte de una indagación, de una búsqueda, realizada por un yo narrativo del cual nunca conocemos su nombre aunque se adivina que se trata de alguien que era aún muy joven cuando sucedieron los hechos. Ese yo está interesado en desengranar la memoria histórica y a lo largo de la novela entrevista a José María Tojeira, Jon Sobrino, Alfredo Cristiani, Francisco Andrés Escobar... Pero también aparece un narrador omnisciente que es el que nos sumerge en la mente de Ellacuría o Tojeira, por ejemplo, o nos describe detalles de la vida cotidiana de los jesuitas, de Monseñor Romero, del entonces arzobispo Rivera y Damas, y otros más. Esas dos voces se alternan con la de los entrevistados y con la de los personajes ficticios, construyendo así una novela polifónica, con varias capas que poco a poco van desvelando las perspectivas de los protagonistas de ese hecho histórico, pero también de los observadores, ajenos pero inmersos en esa realidad, en ese momento preciso que conmocionó al país.

 

Ellacuria-y-amigos
Fuente: CPAL Social (http://www.cpalsocial.org/521.html)

 

El eje sobre el que se precipita la novela es el clima asfixiante, enrarecido, angustioso, representado alegóricamente por la oscuridad, lo sombrío. No obstante, ese eje se ramifica, a ratos, en una especie de ingenuidad –una mirada limpia– que albergan algunos personajes, una que demuestra que en aquel momento la penumbra aún no permeaba completamente los días, las almas y las querencias: ahí están el barco fantasma encallado en el puerto de Acajutla que dos adolescentes añoran ver con sus propios ojos; el niño humilde de Chalatenango –después, un soldado– que quiere ir a ver el museo del viejo aventurero de barba blanca; los baños en el río de Monseñor Romero y su andar por las piedras, descalzo; la sólida convicción de Ellacuría que la paz se podía lograr muy pronto y de la mejor manera.

Galán nos habla de la humanidad de estos jesuitas: sus alegrías, su cotidianidad, su gente y su tierra. Pero esa humanidad también queda retratada en la entrega de éstos al estudio y conocimiento, así como al trabajo en las comunidades más humildes. Nos describe sus ropas gastadas y viejas, que demuestran la vida de personas enteramente entregadas a la vida académica, viviendo casi en la pobreza. Es decir, no estamos aquí frente a figuras públicas. En la novela se nos desvelan, por medio de pequeños detalles y gestos, unas personas.

En ese sentido, la novela se convierte en memoria viva, sobre todo para las nuevas generaciones, las que vienen, las cuales podrán palpar el humanismo que como país hemos ido perdiendo, desde hace años, debido al odio que contamina, la violencia que atenaza, a nuestro cuerpo social. Por lo tanto, Noviembre brinda luz no sólo al ambiente de represión de aquellos años, al sonido ambiental del miedo, sino que también a las vidas y elecciones de estos hombres. Gracias a ello, son retratados ya no sólo como víctimas o mártires, como han sido advertidos hasta ahora, sobre todo quienes no los conocieron personalmente, o por las generaciones más jóvenes. Por medio de esta radiografía podemos verlos como seres humanos: carne, hueso, alma y corazón, y es esto lo que entrará en el imaginario colectivo –como complemento definitivo a la otra imagen– si la novela es leída con sensibilidad y atención. Así, se trata de una intervención en la memoria histórica y en el imaginario para que leamos más allá de la polarización y de esa muerte que los ha convertido en víctimas.

Por otro lado, gracias a los recursos literarios que le otorgan dramatismo a ese teatro de sombras, los lectores penetran en la historia, en el espíritu de esa historia, y se percatan de unos acontecimientos (la Matanza de 1932, los asesinatos de Monseñor Romero y Rutilio Grande, las masacres) que anteceden la culminación de esa espiral: el asesinato de los jesuitas. Se obliga al lector a mirar de frente la noche oscura que impregnó la historia, una noche que no termina y se extiende, porque el olor a sangre queda tatuado en la mente del lector de Noviembre. Y provoca preguntas: ¿en qué momento dejamos de ser país? ¿en qué momento empezó nuestro teatro del miedo y el odio? ¿cuándo nos rompimos?

A medida que la novela nos muestra cómo todo apuntó a que las amenazas podían terminar en lo temido, la pregunta deja de ser: ¿por qué los mataron? En la novela, la pregunta más bien se transforma en: ¿por qué se quedaron? ¿Por qué Ellacuría volvió a El Salvador días antes de su asesinato a pesar de que era consciente que su vida corría peligro? ¿Por qué se quedaron en la casa donde vivían en la universidad cuando dos días antes habían sufrido un cateo militar? Y esa pregunta lleva a una más atroz: ¿murieron en vano? Por medio de una narración sostenida con retoques poéticos a pesar de la crudeza de los hechos, y con un desapasionamiento ideológico, Galán intenta responder a esas dos preguntas realizando, repito, una radiografía de esos hombres desde la humanidad. Así, se alude que a estos hombres los embriagó un impulso de empatía, un acto de profundo amor y entrega a la gente de El Salvador, al conocimiento y la educación. Dentro de esa penumbra que era El Salvador durante la guerra –pareciera apuntar el libro de Galán–, estos hombres dieron, creyeron, se arriesgaron.

Hoy en día, en El Salvador la penumbra no se ha disipado y todo parece más oscuro, por los graves niveles de violencia que permean la sociedad. “Ya no hay espacio para la luz, para lo ingenuo”, me dice Galán. La novela precisamente cierra con un escenario donde las luces se extinguen y el yo narrativo se queda en las sombras. El Salvador del siglo XX entró en un túnel del que aún no termina de salir. En ese túnel hubo algunas breves luces que, sin embargo, fueron brutalmente apagadas. Mentes brillantes y humanistas, más allá de la izquierda o la derecha. ¿Recuperaremos la luz?

T.P.V.: Usted ya había escrito sobre ese acontecimiento histórico: una obra de teatro y un poema, me parece. Ahora el tema vuelve a aparecer en Noviembre. ¿Por qué ese tema le ha atraído tanto?

J.G.: Siento una responsabilidad histórica con esos hombres que llegaron a mi país creyendo que podía ser un lugar mejor y que acabaron perdiendo sus vidas. Mi interés va mucho más allá del interés literario. Vivimos en un país que es una sombra, sin esperanza alguna, en el que mirar al futuro es asomarse a un abismo. La historia de estos hombres debe ayudarnos a abandonar el infierno que vivimos. Para unos son mártires, para otros simples víctimas, de una u otra manera son personas que murieron por un país que no era el suyo, por su necesidad de ayudar, de cuidar al otro. Esa humanidad se ha perdido. Es de esa humanidad de la que yo quería hablar en mi libro para reivindicarla.

T.P.V.: Ha elegido el género de la novela de no-ficción, género muy popular en el mundo anglosajón –lo que llaman nonfiction novel– especialmente después de A sangre fría de Capote, pero se trata de un género escasamente tratado en El Salvador. ¿Qué lo llevó a elegir esta forma literaria? 

J.G.: La literatura tiene diferentes límites, hay que decidir si quedar dentro o fuera de ellos. En primer lugar, quería reconstruir la historia de la manera más fiel posible, pero no quería renunciar a las posibilidades que ofrecía la ficción, es decir, no quería caer en el reportaje. Es una problemática por la que como usted dice transitó Capote y que resolvió muy bien. Darle voz directamente a los protagonistas era la manera de ser más imparcial, de reconstruir la historia de manera fiel, pero sin olvidar que los verdaderos protagonistas fueron asesinados. Ahí es donde la literatura juega un papel fundamental.

T.P.V.: ¿Hubo algún autor o libro que le sirviera como referencia para encontrar el estilo que vertebra a la novela? 

J.G.: De la misma manera que el libro está construido a partir de diferentes testimonios, de diversas voces, su estilo se ha nutrido de géneros muy dispares. Quiero pensar que en él está lo mejor del género del periodismo, cultivado de manera magistral en el siglo XX por autores como Kapuściński, Grossman o García Márquez. También de la poesía de Neruda o de Miguel Hernández, de poetas que han sido testigos de grandes injusticias, o del teatro de Miller o la prosa de Faulkner. De esa manera se construye una voz, con mayor o menor acierto, que intenta sostener la tragedia humana.

T.P.V.: ¿Durante cuánto tiempo investigó y a quiénes entrevistó?

J.G.: La investigación me llevó unos tres años. Tuvo varios componentes. Obviamente había literatura escrita sobre el caso de los jesuitas y el de Rutilio Grande y Monseñor Romero, así que leí todo lo que podía al respecto. Pero la documentación bibliográfica sólo fue el principio. Lo más importante para mí fueron las entrevistas con personas implicadas que estuvieron presentes durante estos acontecimientos. Muchos aparecen como personajes en el libro (Tojeira, Sobrino, Cristiani…), y muchos otros, la mayor parte, ha preferido permanecer en el anonimato. He hablado con decenas de personas que han aportado su experiencia sobre lo ocurrido.

T.P.V.: ¿Cuánto tiempo le tomó escribirla?

J.G.: El proceso final de redacción ha llevado unos dos años. La investigación ha sido mucho más larga. Es una historia que ha estado ahí conviviendo conmigo desde que tengo memoria. Se trata de un libro que siempre he querido escribir.

T.P.V.: ¿Cómo supo que había encontrado la voz y el tono apropiados? 

J.G.: El tono y la voz llegan cuando empiezas a dialogar con tus personajes, cuando se instalan en el límite de lo real y son una parte de ti. Esa es la búsqueda más difícil de un escritor. En este libro tuve que enfrentarme a varios intentos fallidos hasta poder terminarlo.

T.P.V.: ¿De qué forma pasó del desgarro por los hechos históricos a la recreación literaria? 

J.G.: El desgarro no me abandonó, estuvo ahí todo el tiempo. Me sumergí en lo que escribía, lleno de una tristeza que era tan real como lo sucedido veinticinco años antes. 

T.P.V.: Cuénteme algo más sobre el proceso creativo en el que se embarcó.

J.G.: Mientras escribía, leía únicamente o libros relacionados con el tema, o algunos pocos autores cuya lectura causara en mí un incentivo propicio: Faulkner, algo de Hemingway y poco más de Cormac McCarthy. Era como una comunicación que me ayudaba a alcanzar un tono. 

 

Jorge galán
Jorge Galán durante una entrevista con El Faro en febrero de 2014 / Foto de José Carlos Reyes.

 

El exilio

 

La novela vio la luz por primera vez en México, en octubre de 2015, y poco después se anunció su presentación en San Salvador, la cual se programó para la tarde del 11 de noviembre en la UCA. Semanas antes, a partir del anuncio de la publicación de la novela, Jorge Galán comenzó a sufrir una serie de intimidaciones e insultos y, por último, amenazas. Inmediatamente después de la presentación de la novela en San Salvador, el escritor se dirigió al aeropuerto y abandonó su país sin fecha de retorno, al mismo tiempo que sus amigos en el extranjero publicaron un manifiesto de apoyo. Al día siguiente, el campo literario salvadoreño se vio invadido por comentarios en las redes sociales en los que se ponían en duda las amenazas a Galán, incluso algunos insinuaron que se trataba de una estrategia editorial para posicionar el libro y venderlo.

Así, las reacciones en El Salvador se han concretado en tres niveles. El primero, las amenazas en sí. Al parecer, la novela se ha percibido como “peligrosa” para algunos; como se dijo antes, se trata de una lectura sostenida y robusta que, por medio de recursos literarios y una sensibilidad poética, dinamiza una nueva intervención en la memoria histórica para matizar un imaginario, ya que se humaniza a unos hombres más allá de lo público. El segundo, los insultos desatados en los comentarios de las notas de prensa publicadas en Internet, comentarios cargados de odio hacia su persona porque lo consideran un comunista. Y tercero, las reacciones de algunos colegas escritores que ponen en duda las amenazas que ha sufrido.

Jorge Galán afirma que nunca quiso escribir un libro combativo. “Fui muy ingenuo”, sostiene. De hecho, en el pasado, Galán había adoptado una actitud “apolítica” dentro del polarizado campo literario salvadoreño. Por otra parte, las insinuaciones y desconfianza desplegadas por algunos escritores salvadoreños le parecen absurdas: “¿Qué editorial se prestaría a algo tan sucio y terrible?”, dice, y luego agrega: “¿Qué escritor quiere romper su vida abruptamente y alejarse de los suyos sólo para promocionar un libro?”. No obstante, cuando compara esas insinuaciones con la dimensión de su estrés derivado de la incertidumbre y su tristeza –varias veces me menciona a su abuela de 97 años (a quien no sabe si volverá a ver), a su madre y su sobrina de tres años, con quienes mantiene una estrecha relación, la cual ahora se limita a llamadas telefónicas–, esta desconfianza pareciera ser lo menos importante para Jorge Galán. El proceso en el que se encuentra, derivado de su solicitud de asilo, es sumamente serio y exigente.

T.P.V.: ¿Desde cuándo empezaron a insultarle y amenazarle?

J.G.: El libro apareció en México el 15 de octubre de este año. Desde entonces tuvo presencia en Internet, especialmente en las redes sociales. Nada más abrirse la página de Facebook de promoción de la novela empezaron los insultos. Me llamaban izquierdoso, comunista… como si relatar la injusticia del asesinato de los jesuitas fuera una cuestión únicamente política. Después recibí mensajes en mi teléfono móvil advirtiéndome de que alguien no quería que el libro llegase a El Salvador. Las amenazas comenzaron con la salida del libro y siempre han estado relacionadas.

T.P.V.: Según el comunicado de prensa, el hecho más fuerte tuvo lugar el 1 de noviembre, cuando dos hombres le amenazaron con una pistola. ¿Podría relatar lo que sucedió con mayor detalle?

J.G.: Me dirigía a mi casa caminando cuando un carro se detuvo a mi lado con dos personas dentro. El conductor se dirigió a mí insultándome y lo vi sacar una pistola. Fue entonces cuando comencé a correr. No se trata de un hecho aislado, los autores de la amenaza se han esforzado en dejar claro su procedencia y su sentido.

T.P.V.: Se vuelve a atentar contra la palabra escrita y la memoria histórica en El Salvador. ¿Cree que aún no hemos madurado como sociedad?

J.G.: Nuestro país vio morir a hombres ejemplares como Ellacuría o Monseñor Romero y tantos otros que murieron por unos ideales y por el sueño de un futuro mejor. Pienso en el caso de los jesuitas, lo que los mató fue el mismo odio que acabó con Rutilio Grande y Monseñor Romero. No se puede construir la paz sobre una injusticia y pisoteando a las víctimas. La impunidad destruye un país. El Salvador es un claro ejemplo de este mal.

T.P.V.: Usted salió del país hasta el 11 de noviembre. ¿Cómo vivió los días posteriores a la amenaza? ¿Se mantuvo escondido?

J.G.: Pasé diez días horribles en San Salvador, en los que pude reunirme con algunos amigos y con personas que me prestaron su apoyo y su experiencia. Quiero agradecer especialmente a la Embajada de España y al IDHUCA, que me asesoraron y me prestaron su ayuda. Recibí algunas indicaciones de seguridad y las cumplí de manera estricta. No estuve aislado del mundo pero tampoco quería estar visible para nadie. 

T.P.V.: ¿Por qué se marchó del país hasta después de la presentación del libro? ¿Por qué no se mencionó la amenaza durante dicha presentación y se esperó hasta después de su partida para emitir el comunicado de prensa?

J.G.: No quería empeorar mi situación. Yo me había comprometido con la UCA en presentar el libro y sentí la responsabilidad de hacerlo. Los padres jesuitas estaban al tanto de todo y respetaron mi decisión de ser prudentes. Quise formar parte del aniversario de la universidad sin protagonizarlo y convertirlo en lo que no era. Una vez presentado el libro, salí en el primer vuelo disponible.

T.P.V.: Seguramente todo esto debe de ser muy duro para usted y su familia, salir repentinamente del país sin tener claro el regreso, comenzar de nuevo en otro país. ¿Qué tiene que decir sobre las muestras de desconfianza por parte de algunos escritores salvadoreños ante lo que para usted ha sido un drama personal? 

J.G.: Que ojalá no tengan que verse en una situación como la mía. He tenido que dejar a mi familia y me he puesto en manos de la solidaridad de los amigos. En un país que sufre tanto como El Salvador, es normal que haya quienes prefieren vivir en la mentira para sobrevivir al dolor. No los culpo. No es sencillo asumir que cualquiera de nosotros puede sufrir una injusticia o un ataque, vivir con esa certeza es un infierno cotidiano.

T.P.V.: Mientras que en su país, gente de su propio gremio ha puesto en duda su palabra, lo cierto es que fuera de él usted está siendo acogido por una amplia comunidad de intelectuales. ¿Cómo está afrontando sus primeros días en el exilio? ¿Qué está pasando por su mente y por su corazón?

J.G.: Con mucha incertidumbre y ansiedad. Nunca me habría imaginado en esta situación. Me siento muy agradecido a todas las personas que han firmado ese manifiesto que pusieron en marcha unos amigos. Me han hecho sentirme menos solo en un momento muy difícil para mí, es algo que no podré olvidar nunca.

T.P.V.: ¿Está ya escribiendo sobre esta experiencia que la vida le ha destinado?

J.G.: Han sido días demasiado tensos como para poder escribir. Apenas logro concentrarme para leer. La literatura se nutre de la vida, pero a veces la vida es también una trampa que hace imposible la creatividad.

Al final de nuestro encuentro, no le hice la foto que quería para acompañar este artículo. No es necesario ventilar el dolor en público, menos el ajeno. “Tengo que volver a ser hombre, a ser persona”, afirmó en un momento de nuestra conversación. Comprendí que Jorge Galán es un hombre discreto en sus formas, sabe que necesita recogerse, recolectar sus pedazos, asimilar la lejanía de su gente. En algún momento enfatizó: “El exilio es no querer estar donde se está”. Y en ese sentido, Jorge Galán es un exiliado de un tiempo irrecuperable, viajante aún sin rumbo en un espacio donde todavía no reconoce su querencia. La predicción no puede ser otra: su arte se convertirá en su nuevo país.

 

 

Comentarios

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Gracias, Tania. Una conversación excelente, plena de humanidad, verdadera. Abrazos de corazón.

Gracias por esta entrevista. Compartimos en el corazón los momentos por los que pasa Jorge Galán. Sabemos su valía y vivimos su pesar porque es el nuestro.
Los Serpas Saz y los García Serpas. El Salvador

"En qué momento se jodió el Perú?" (Conversación en la Catedral)
La eterna pregunta panamericana, tan válida para la Guanacia ..

Jorge Galán es un escritor comprometido con su oficio y cada trabajo suyo que conozco lo confirma. Además de tener esa dicha, lo pude conocer en Panamá y tuve la misma impresión, de una persona reservada, pero generoso y de gran corazón. Me duele sólo el hecho de que sus compatriotas no entiendan la oportunidad que significa para nuestro continente que esa novela se estudie, se discuta, se difunda y sea un documento valioso para sanar las heridas de una vez. La envidia de sus colegas sólo empequeñece a quienes la expresan.

La palabra es dolorosa, buena, confrontativa, cruel y a veces acusadora, tocando el alma y la consciencia. ¿Debe dejar de decirse la palabra? Quien tiene necesidad de hablar que hable. Estoy con cualquiera que sea perseguido por enfrentarse a lo injusto.

Un gran amigo de infancia, animo y sigue adelante estimado George.

Un escritor muy importante para las letras salvadorenas y mundiales pero nadie lo entrevista,en losm medios nacionales(TV,Radio,web)TCS? Megavison?UESRadio??ContrapuntoTV?El Faro,radio??? y no hay apoyo q lo proyecte en CNN,NTN,Caracol,TLsur.???

No sólo hay quienes dudan de él en El Salvador, también habemos los que apoyamos al gran amigo y escritor y deseamos que su situación se resuelva pronto y bien ¡ánimo Jorge, somos más lo que lo apoyamos!

Muy buen articulo, George con el cariño de siempre, un abrazo y mucha fuerza! Elisa D.

Recién terminó de leer el libro de Jorge Galan, me parece una lectura imparcial y necesaria para entender parte de nuestra historia, conocerla, salir de la ceguera, humanizarnos, exigir justicia para este crimen y tantos otros que han quedado impunes,no por venganza, lo necesitamos para nuestra salud mental y crecimiento como Nación. Espero que cada vez más personas lo lean y abran su mente.

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