Me aferro a creer que tiene sentido venir a contarles historias de niños no sólo por diversión o enternecimiento. Me aferro a creer también en estas historias como mi propio intento de mirar con los ojos de ellos.
14/10/2016 15:13:35

Nombres

Hace un par de años, me emocionaba en extremo la llegada del viernes por la tarde porque daba clases de inglés a dos hermanos muy peculiares: unos gemelos de 8 años que terminaron, sin proponérselo, ayudándome más de lo que yo pude haberles ayudado a ellos.

Una de esas tardes, uno de estos enanos escribía oraciones en inglés con los verbos que intentaba recordar. Frente a él, del otro extremo de la mesa, su hermano prefería recordar dibujando, como si le fuera más fácil llegar a la memoria por esa vía o como si escribir le diera pereza.

⎯ ¡Qué fea mi letra! – dijo como para sí mismo, pero pendiente de mí, el que estaba empeñado en escribir ordenadamente.

Su letra era la hermosa letra de un niño de 8 años que pone amor a su cuaderno. Entonces hice un gesto de desaprobación, una mueca amable que le hiciera entender que estaba loco, que su letra era linda.

⎯ ¡Quisiera ser Mariam! ⎯ dijo sosteniéndose un cachete con una mano y sin levantar la vista de su caligrafía, aunque en este punto, yo podría jurar que él estaba viendo más allá del cuaderno ⎯ Ella la hace perfecta.

⎯ ¿Quién es Mariam? ⎯ pregunté.

⎯ Mariam, mi amiga, la ex novia de mi hermano.

Su hermano seguía tan firme dibujando descontroladamente que ni siquiera lo escuchó, ni siquiera reaccionó al sonido del nombre de Mariam, que a su hermano provocaba esa especie de temblor suave o cosquilla inquieta que provocan a veces los nombres.

⎯ Y no sé cómo lo hizo si es la más bonita de la clase ⎯ terminó.

Y ya no miró ni el cuaderno, ni a su hermano, ni nada. Se quedó su cuerpo en la silla, pero él se fue por un rato con la vista en la ventana y el ceño medio fruncido, como ofuscado. Se fue y yo no me atreví a traerlo de regreso.

29/06/2016 14:51:11

Estomaguina

Nicole tenía 7 años cuando intentó explicarme a qué sabía su tristeza.

—Es como que los demás te echen todo su peso, dijo.

—¿Que te lo echen dónde, Nicole?

Nicole señaló con sus manos para indicarme.

—En la espalda y en el estómago.

Hizo una pausa larga, abstraída, se encogió un poquito, se sostuvo su pequeña panza de niña con sus dos manos de niña y dijo susurrando:

—Más en el estómago.

24/05/2016 11:00:33

Mago

A Hugo le apasiona la magia. Le apasionaba, al menos, aquellos años en los que nos veíamos seguido en mi salón de clase o en algún pasillo del colegio. Le encantaba hablar sin freno sobre los trucos de magia que estaba aprendiendo o que había visto por la tele; ponía también el mismo entusiasmo en las innumerables pláticas sobre las especies de los dinosaurios o al imitar con mucho talento al no tan fácilmente imitable Chapulín Colorado. Sobre esto también tengo algunas historias, pero justo hoy, les hablaré solamente de su etapa de ilusionista.

Durante los tres años que Hugo estuvo en mi clase, lo escuché montones de veces relatar actos de apariciones y desapariciones; me sorprendió durante muchos miércoles pidiéndome que soplara su puño cerrado, yo soplaba encantada, sabiendo ya lo que iba a pasar y él hacía aparecer una flor siempre como si fuese la primera vez que lo lograba; lo vi anhelar con ilusión el juego de cartas de otro compañero que también hacía trucos y adivinaba cosas. Sí, a Hugo le apasionaba la magia con locura y con inocencia, como a ningún otro.

Cuando dejé de verlo, él tenía 10 años. Quisiera creer que sigue practicando la magia ahora que he hecho cálculos y me he sorprendido de que al menos 5 años habrán pasado desde entonces.

Este día sobre el que quiero contarles, Hugo ya no recibía más mis clases, iba a cuarto grado y no nos frecuentábamos tanto, entonces yo no sabía hasta dónde la práctica del arte lo había llevado durante ese tiempo. Esa tarde, al fin coincidimos un rato y me senté a preguntarle si seguía haciendo magia y a decirle que hacía días que extrañaba uno de sus trucos. Pero con la pregunta, Hugo bajó la cabeza. Yo pensé que había metido las patas, que a lo mejor el compañero de los trucos con cartas había logrado al fin que Hugo se avergonzara de probar actos de desaparición en público y de arriesgarse a fallar. Insistí una vez más y al levantar el rostro, desorientó la mirada. 

—¡Eso fue! —pensé— Les creyó a todos los demás que decían en su cara que sus trucos eran falsos, les creyó eso de que él no hacía magia de verdad. ¡Se decepcionó por las risas! ¡Eso es!

Tuve miedo de restregarle la incomodidad por tercera vez. 

Hugo miraba detenido hacia un lado, luego hacia abajo y hacia el otro lado. Al cabo de un rato de titubeos me abrazó fuerte con un abrazo larguísimo y me estrelló un beso en la mejilla.

—La quiero —me dijo con la cabeza puesta en mi hombro.

Me miró de frente y sonrió con sonrisa adelantada. Abrió los ojos como sorprendido, saltó de un espasmo, infló los cachetes y mágicamente comenzó a sacar de su boca un interminable listón azul. 

Era magia pura. Yo lo sé, lo sentí desde el beso. Nunca antes alguien me había dado un beso de listón azul. Como si Hugo supiera que a mí los besos de colores se me enrollan en el estómago y se me escurren por los ojos de lo bien que me hacen. 

— Y si tuvieras que ponerte un nombre de mago para presentarte, ¿te pondrías Hugo el Mago?

— No, me pondría H Magú.

— ¿De dónde aprendés los trucos?

— De viejos magos.

— ¿Viejos? ¿Qué tan viejos?

— Antiguos magos, seño — se acomodó la mochila para irse —. ¿Va venir mañana? ¡No, mejor el lunes!

— Sí.

— Le voy a traer un regalo.

— ¿Qué es?

—Es un truco. El truco es el regalo. 

Y desapareció.

Contraluz

Obra: "Escondites", 2013Fotografía: René Figueroa.

12/04/2016 11:03:26

Teatrero

Teatrero-rene

Ya les he contado que el año pasado, los sábados por la tarde tomaba yo mi carro y subía a un lugar estrecho y caluroso, un sitio con una densidad brutal que no sólo dependía de la temperatura. Subía yo a hacer teatro con unos enanos que la vida me prestaba puntual cada sábado a las 3 de la tarde. Este sábado del que voy a hablarles, la vida me prestó sólo a cuatro teatreros. Los otros se me confundieron quién sabe por qué y pensaron que no había taller.

Al estacionar me encontré en el portón a René, quien no faltaba nunca a una sola clase. Estaba ahí parado viendo la calle y esperando algo, cualquier cosa, menos regresar a su casa.

—Pues no vinieron los demás, no podemos hacer nada. ¿Y si nos lleva a pasear en su carro, seño? —dijo casi convencido de mi respuesta.

Pregunté que dónde y dijo que a cualquier lado, que al parque, a Metro o aunque sea sólo a dar vueltas manejando.

—¡Vaya! Pero hay que pedir permiso a sus familias.

Llamamos entonces desde mi teléfono y sólo logramos convencer a una mamá, la del mismo René, que confió en mi voz sin conocerme siquiera y dijo que sí después de algunos titubeos. Los otros dos teléfonos a los que marcamos no atendieron.

—Es que es número desconocido —dijo la mamá de una de las niñas que esperaba a ver en qué terminaba el plan de irnos de paseo—. Casi nadie contesta si es número desconocido —. Y accedió también a prestarme a su chiquilla después de haberlo meditado un rato.

Teníamos dos. Faltaban dos más. Decidimos darnos a la expedición de ir a las otras casas a hablar personalmente. Corrimos ansiosos bajando y subiendo gradas estrechas de pasajes estrechos. Llegamos a casas estrechas en las que no hay muros ni divisiones, sólo camas juntas en espacios pequeños. Pedimos permiso. ¡Rogamos permiso! Convencimos a abuelas y a mamás temerosas y corrimos con nuestro logro a carcajadas.

Subimos al carro, encendimos el aire acondicionado, pusimos música y los enanos fueron felices. Podría jurar que fueron muy felices. No dejaban de hablar y sus palabras tropezaban con sus mismas risas. Llegamos al parque de la Centroamérica, fuimos a la tienda, compramos una gaseosa gigante y bolsas de plástico con pajillas para todos y nos sentamos debajo de un árbol a comer doble sándwich de los que nos llevaron para el refrigerio y platicamos.

—Aquí chivo porque hay bastantes árboles y hace brisita. Quizás nunca hace calor, ¿verdad, seño?— dijo René, comiendo desprevenido con el cuello doblado hacia arriba viendo las ramas de árboles viejos.

Platicamos y platicamos sin pausa los cuarenta minutos que duró nuestro paseo con brisa. Hablamos de las casas pequeñas llenas de gente, de las mamás desempleadas, de lo que alcanza con un solo salario para cinco personas, de los padres que nunca volvieron a visitar a sus hijas, de la escuela que no les da clases de inglés, de un perro llamado Gaviota, de los niños que abandonaron antes el taller de teatro. De todo, casi.

—¿Te acordás de David? —preguntó René a Laura y ésta asintió con cara de susto repentino—. ¡Ése sí era terrible, seño! Era bien inquieto, nunca dejaba de molestar. Pero a usted quizás le hubiera caído bien, fíjese.

Y en el carro, de regreso, les pregunté qué querían ser cuando fueran grandes.

—Yo teatrero —dijo René con la cara en la ventana pero asegurándose de reojo de que yo lo viera desde el retrovisor—. ¿Verdad que puedo sólo terminar el bachillerato y ponerme a hacer obras de teatro, seño? ¿O cómo hace uno para trabajar de eso? Aunque mi mamá dice que los que sí ganan bien son los contadores. ¡Como 400 dólares al mes! Pero no quiero ser contador, ni sé qué es lo que hacen… Lo que sí quisiera aprender es a ser zapatero, fíjese. ¡Me llega! Pero sólo aprender y después irme al teatro.

17/03/2016 17:52:00

Máquinas

Hay un ejercicio que me encanta hacer en mis clases de teatro: se trata de construir máquinas con los cuerpos. En grupos de 5 o 6 personas, cada uno es una pieza que hace funcionar el aparato. Unos son piezas móviles, otros, piezas fijas, grandes, pequeñas, con sonidos varios. Posibilidades hay montones. Entre todo el grupo se decide qué máquina se quiere ser y se reparten los roles que hagan que el mecanismo funcione. Al final, la máquina se pone en marcha frente al resto de la clase.

Hace cerca de seis años, cuando yo trabajaba en un colegio privado como maestra de niños, hacía este ejercicio con toda la primaria. Debo confesar que de esos años tan estimulantes, mis favoritos para casi cualquier cosa eran siempre los segundos grados. Y es que me parece que a la edad de 8 años los niños culminan un proceso que los convierte en una impresionante combinación de detectives curiosos, ingeniosos y aventureros, grandes conversadores y donantes de ternura tan dulces y mimosos como gatitos cariñosos.  

En fin, el día del que quiero hablarles dividí la clase en tres grupos y les propuse el juego de armar una máquina cualquiera. Entusiasmados construyeron un tractor, una máquina de hacer sorbetes y otra que regaba agua. La segunda parte del juego, ahora que habían entrado en la dinámica, era construir una máquina que solucionara un problema. Les di ejemplos de soluciones a problemas sencillos como cortar la grama, limpiar la calle, arreglar las goteras, cualquier cosa. Incluso si se decidían por una máquina que hiciera sorbetes, esos sorbetes debían ser la solución a un a un problema y ese problema lo tenían que encontrar ellos mismos.

Les di tiempo para organizarse e hice una ronda para chequear cómo iban y poder ayudarles a afinar las invenciones para la presentación ante toda la clase.

El primer grupo que visité tenía bastante claro el problema y bastante clara la máquina. La solución que planteaban me sigue pareciendo hasta hoy, una propuesta no del todo descabellada. Era una máquina policía robot que cambiaba el cerebro de los ladrones por un cerebro de mono. El ladrón llegaba esposado y mal encarado, escoltado por un policía y era obligado a sentarse en la máquina. Una pieza lo sostenía y dos piezas hacían el cambio de cerebro — con sonido y todo — en un santiamén. Después del trasplante, el ladrón salía saltando y gritando como primate y el mismo policía de antes lo premiaba con una deliciosa banana. Alejandro, el cabecilla del grupo, interpretaba majestuosamente al maleante en sus dos fases.

Al siguiente grupo que visité, me lo encontré en medio de una comprometida discusión de problemas tan serios como el ladronismo del grupo anterior. Se mencionaban terremotos, inundaciones, incendios. En esa discusión estaban cuando Luis propuso una máquina que cortara flores.

— ¿Que corte las flores? — pregunté confundida, pensando que a este maquinista quizás no le había quedado clara la indicación.

— Sí, que las corte.

— Pero las flores no son un problema, Luis.

— Sí lo son. ¡Un día me tropecé con una flor!

El grupo entero se unió en unas risotadas y yo los dejé, pidiéndoles que por favor buscaran un problema que afectara a una población más grande.

Seguí la ronda y me topé con que el último grupo estaba haciendo una típica máquina del tiempo.

— Pero, ¿qué problemas soluciona esta máquina? — les dije, quizás con algún gesto de duda o desaprobación.

— Soluciona todos los problemas, seño.

Y me dejaron una carcajada sin argumentos.

Finalmente nos dispusimos a ver los ejercicios de todos. El público se sentaba en el piso y uno a uno iban pasando los grupos al frente. Era el turno de esta máquina del tiempo tan eficaz ante cualquier inconveniente. No recuerdo bien todas las piezas de la máquina, sin embargo, la imagen de Sofía, una flaca hermosa de colochos largos, se me viene a la cabeza cada vez que desconfío del tiempo o pienso en el hubiera o en el no se pudo de algo. Sofía era la cortadora. Apoyada sobre sus rodillas, hacía un gesto con sus manos sobre el piso como partiendo en trozos una masa invisible.

Junto a mí estaban sentados Alejandro y Rodrigo

— Y Sofía, ¿qué es? — preguntó Alejandro.

— Una cortadora — le respondí.

— ¿Y qué corta?

— El tiempo, corta los días — contestó Rodrigo sin titubear, inclinado la cabeza para susurrarle a Alejandro la tan evidente respuesta, pero sin apartar la vista del grupo que presentaba su invento.

— Ah, entonces no existen.

Alejandro meditó dos segundos su propia conclusión y saltó desde el público enérgicamente gritándole a la máquina en funcionamiento.

— ¡Sofía, no! ¡Por favor, no los cortés que el sábado es mi día favorito!

21/02/2016 18:42:09

¿Casualidad?

Cuando conocí a Gracia, ella tenía 8 años. Desde la ventana del que entonces era mi salón de clases en aquel colegio en el que yo trabajaba, vi a una niña con unas enormes gafas de sol y semblante de estrella de cine arrastrar su mochila de rueditas por el patio. Iba camino a su salón en segundo grado. Iba tarde. Tardísimo. El timbre para comenzar las clases había sonado hacía ya rato, pero Gracia atravesaba esa cancha de básquetbol con una tranquilidad envidiable.  

Supe que estaba viendo una bomba. Y cuando días después la vi en mi clase, lo confirmé: una bomba creativa y ocurrente. Aunque una bomba un poco solitaria.

Una mañana durante el recreo, me estaba comiendo unas chucherías de esas que comen los niños, llenas de alegrías amarillas que manchan los dedos, cuando con el timbre, un grupito de enanos me atajó para hacerme escolta hasta mi salón de clases.

— ¿Quieren? — pregunté. Y en un parpadeo, sus manos habían hecho lo imposible por meterse en la bolsa metálica al mismo tiempo y agarrar al menos una o, con más suerte y más descaro, un puñado entero de chucherías.

Gracia, con su cara redonda, su lunar izquierdo y sus inolvidables ojos chispeantes fue la última en llegar.

— Seño, deme — pidió tímidamente, como si se arriesgara a que yo le dijera que no.

Para que no le cupiera duda de que el ofrecimiento iba para ella también, incliné la bolsa de nuevo y de inmediato ella hizo lo mismo que todos los pillos anteriores. Al terminar de chuparse los dedos, abrió los ojos en una sonrisa y soltó una de las primeras explosiones que de ella recuerdo.

— Gracias, seño, que se lo pague mi casualidad.

Sacudida, hice una pausa para preguntarme a mí misma si había escuchado bien. Y sí, eso había dicho: su casualidad.

— ¿Su casualidad?

— Sí, mi casualidad.

Me apresuré a querer saber en qué terminaría aquello.

— Ajá, explíqueme, ¿cómo es eso?

 Gracia suspiró con un suspiro de ilusión.

— ¡Ay, seño! Es que usted tendría que venir un día conmigo al recreo. Donde yo camino, él camina, donde yo veo, él aparece; si voy a la tienda, ya está él comprando; si quiero tomar agua, él también. No sé cómo se llama, yo le digo mi casualidad.

Cuando conocí a Gracia, ella tenía 8 años. Yo no.

01/02/2016 11:56:57

Ladrón bueno

Niño dos

El año pasado retomé un taller de teatro para niños en una comunidad de la que acá no importa mucho el nombre. La maestra anterior ya no podía encargarse de él y me lo delegó advirtiéndome de algunas cosas: de la comunidad y sus muchachos, del salón para dar la clase, del calor sólido y aplastante, de la pobreza (sólida y aplastante), de las clases canceladas por episodios de esos que llenan las páginas de los periódicos, de los niños.

Así era todo más o menos, como en la advertencia. Hacía un calor pegajoso en aquel salón y en aquellas calles estrechas, era, en efecto, una comunidad complicada, un grupo complicado, unos niños bastante inquietos. Uno de ellos, Anderson, tenía 12 años y la maestra anterior me lo describía a él y a su hermana menor como niños violentos, reacios a hacer los ejercicios y muy conflictivos con sus compañeros. Me contaba, la maestra anterior, que al parecer vivían con su abuela y su papá, que al parecer su mamá los había dejado hacía ya algunos años.

He de decir que Anderson estaba casi todo el tiempo a la defensiva, decía cosas feas a su hermana, mostraba un desdén casi generalizado con todos. Me costaba Anderson, mucho más que los otros.

Al cabo de unos sábados, después de juegos, pláticas y risas, los enanos comenzaron finalmente a integrarme a la manada. Me regalaban abrazos y conversaciones. Todos menos Anderson. Él era el único que no me aceptaba nada. Yo lo intentaba cada sábado como una necesidad, como un reto o como un duelo. Pero nada. Nada. Rechazo.

He de decir también que Anderson siempre llegaba al taller, he de decir que disfrutaba hacer las improvisaciones, he de decir que era muy bueno, muy ocurrente y muy seguro en esos juegos de pretender ser alguien más en una situación imaginaria. 

En esos días en los que las improvisaciones iban saliendo más brillantes que nunca, creyendo en vano en que eso cambiaría algo, hice lo que después decidí que sería mi último intento. Llegué al taller a la hora acostumbrada y saludé a todos de la misma manera. A todos y a Anderson.

─ Deme un abrazo, pues ─ dije mientras me acercaba con cálculo abriendo los brazos.

Anderson me rechazó de inmediato dando dos pasos hacia atrás al tiempo que decía:

─ ¡No! Le meto un cuchillo y le saco las tripas.

No recuerdo si le reclamé o le hice algún comentario. Lo que sí recuerdo es que lo vi fijo a los ojos como pidiéndole algo que ya no era el abrazo y él bajó la vista y se fue.

De aquellas improvisaciones divertidas armamos una pequeña obra de teatro sobre un mundo al revés en el que los ladrones regalaban cosas a la gente y otros disparates similares. A Anderson le tocaba interpretar al ladrón generoso que asustaba a las señoras del vecindario y les obligaba a tomar unos bolsos muy lindos que llevaba con cariño para ellas.

Para el día en el que presentaríamos la obra en un gran festival nacional de niños y jóvenes,  le corté un chirajo de tela negra y le hice una máscara de ladrón como las que usan en las caricaturas. Se puso un sobretodo negro y un sombrero que encontró en una caja de vestuario. Y sonrió. 

Pero no presentamos la obra al final. No pudieron llegar todos los enanos porque no cabían en el transporte (y no había otro). Entonces, a los que sí llegaron, para que no se quedaran sin hacer nada, los metieron así con sus vestuarios en la presentación del grupo de comparsa y desfilaron, saltaron y bailaron al son de una batucada. Alguien les dio confeti para tirar a la gente mientras saltaban, pero la mayoría era muy tímida y decidió quedarse al margen. Menos Anderson, que parecía resorte. Había confeti suficiente para llenar a todo el público tres veces. A alguien se le ocurrió que era muy importante tirar todo ese confeti, que había que sorprender al público tirándole confeti y que había que hacerlo con empeño. Pero se necesitaban manos y actitud y los demás eran muy tímidos. Sólo Anderson, vestido de ladrón bueno se lo tomó en serio. Y lo notó todo el mundo, sus compañeros lo notaron, los encargados lo notaron. Anderson estaba haciendo algo importante y lo estaba haciendo muy bien.

Fuimos a tomar un descanso y Anderson se apoyó contra un poste, jugando consigo mismo, con su máscara de trapo, su sobretodo, su sombrero y la memoria del confeti entre sus manos. Le tomé una foto sin que se diera cuenta y se la mostré. Quería abrazarlo, decirle que lo había hecho todo muy bien, preguntarle si se había divertido, reírme con él, pero sólo se me ocurrió mostrarle la foto para que se reconociera.

─ Mire que misterioso se ve ─ dije como pidiendo permiso.

─ Seño, ¿por qué tomo esa foto? Bórrela, seño, bórrela─ insistió con una sonrisa nerviosa, como de vergüenza. Y borré la foto frente a sus ojos. Y sonreí.

Todavía no sé si fue la capa, la máscara, tanto confeti o la foto; no sé si fue la corrida, el paseo o los halagos, no sé; pero el sábado siguiente, a la hora acostumbrada en punto, Anderson estaba en el portón que da a la calle, yo llegué y él salió directo a recibirme.

A recibirme, sí. Con un abrazo.