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06/12/2017

La disca como territorio

Nos es muy difícil pensar en la comunidad sin asociarla a un espacio. Los bichos del pasaje son tales porque viven en el mismo bloque de casas; las hermanas de la congregación lo son porque hay una parroquia, una capilla, un templo que aloja al santo que las protege. En otros casos, como en el de las poblaciones desplazadas por violencia o por conflicto, la comunidad se funda en la añoranza del territorio perdido y el ansia de su recuperación.  La comunidad, virtual o física, suele girar alrededor de un territorio*.

Estamos acostumbrados a asociar la palabra territorio con Estado, con país, y no con comunidades. Después de todo, es lo que te enseñan en tercer grado: el Estado existe cuando tiene territorio, pueblo y soberanía. Aquello que nos une, que nos congrega con otros como nosotros, que nos motiva a procurarnos condiciones de vida dignas y a vernos como un plural no es lo que viene a la mente cuando pensamos en territorios. Las comunidades son un microterreno que existe entrelazado con muchos otros, una especie de epicentro desde el cual se construyen identidades colectivas, narrativas, poderes.

Es por eso que tantas formas de estudiar a las comunidades lo hacen a partir del territorio: el espacio vital es la primera conquista. Es a partir de él que los sujetos políticos se posicionan como tales.

Hoy es aniversario de la masacre de Pulse, una disca en Orlando, Estados Unidos. Una disca es una discoteca gay, el primero de los espacios vitales de lo que ahora conocemos como comunidad LGBTI. Un ataque dirigido, sí, por la homofobia. Un ataque contra personas latinas y negras, personas de cualquier sitio en el espectro de género, culeros, marimachas, travestis, niñas-niño, dragas y bicicletas que estaban, creyeron, en un lugar seguro. Eso ha sido históricamente una disca: un espacio vital. Un territorio con población, con alguna noción de soberanía. Una burbuja autorregulada y encarnada en el seno de un mundo que odia a todo lo que representa. La disca es eso, un territorio de liberación.

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Phoebe, Silvana, Saggy y Sophy  en Oráculos, 1987.

 

Es importante tener esto en cuenta ante el aniversario de la masacre de Pulse, la próxima conmemoración de la XXI Marcha del Orgulo en El Salvador y el cómo nos planteamos como sociedad la existencia de estos espacios en nuestro país, para nuestras comunidades, para nuestras propias fobias al decir estupideces como "a mí no me representa la trans que enseña el culo" o "es que tenemos que respetar para que nos respeten". Tanto las discas como nuestros cuerpos son territorios que hemos conquistado, que seguimos construyendo y deconstruyendo. Cuerpos cruzados por traumas bélicos coloniales y recientes, pobrezas, miserias institucionalizadas por un Estado que se niega a reconocer nuestra condición de ciudadanos. un territorio nacional donde el espacio vital tan mínimo y frágil que hemos construido en cuestión de décadas es, como cada año, foco de agresiones, de atentados, de asesinatos y violaciones correctivas.

Pensemos en las discas como territorio que atestigua la presencia nuestra en los espacios autoritarios y represivos como el salvadoreño, tan listo a fulminar todo lo que considera diferente. Pensemos en los primeros sitios de los cuales tenemos registro:a mediadios de siglo, un café en el Centro Histórico y el Bar La Praviana fueron testimonio de cómo separadas apenas por una cuadra se dividían la clase media y baja de la gente "de ambiente".  Una, de supuesta protección y recato, de guardar las formas; la otra, el ruido, las botellas, el mesón y la pobreza que ebulle y que cobra la aparente libertad de ser, de vivir, con miseria. 

Pensemos en Oráculos, que sobrevivió más de veinte años tan enfrente de la remilgosa sociedad de San Salvador, justo en el Condominio Los Héroes, y que fuera escenario y refugio de certámenes de transformismo, de convivencias diversas, de socialización y formación de comunidades con un único interés en común: sobrevivir en El Salvador. Pensemos en las subjetividades políticas que se descubren en la disca a sí mismas en otros, en otras, en otres.

Pensemos cómo sin las relaciones creadas en esos sitios, sin el reconocimiento de la existencia de otros y otras como yo no habría sido posible jamás que ahora marchen 7, 8 mil personas a fines de junio sin temor a que una tanqueta les pase encima. Pensemos en el significado de unas subjetividades políticas que toman la calle y demandan ciudadanía aunque ahora los miedos sean otros. El Estado nos mata, sí, pero no con tanquetas: lo hace cuando no nos da un documento de identidad que refleje nuestra identidad de género y nuestro verdadero nombre; lo hace cuando una familia lesbófoba tiene más poder de decisión sobre la salud de una lesbiana que su pareja de toda la vida. Mata cuando reduce los presupuestos para la atención en VIH/SIDA, como lo hace cuando prefiere que el suicidio por envenenamiento sea la tercera causa de mortandad materna en lugar de legalizar la interrupción del embarazo. El Estado nos sigue matando, pero lo hace institucionalmente. 

El miedo, la amenaza, no viene siempre de arriba. Es horizontal. Viene del tío que me viola "porque no he probado buena verga y por eso sos marimacha, pero ya tevuacomponer". Viene del cliente que me mata cuando me desnuda y ve mi pene. Viene de los pick-ups y camionetas que pasan por las discas, por los bares, por nuestros territorios en las noches del Orgullo y dispara al aire, al azar, porque ahí todos son culeros y no importa a quién le caiga el plomazo. 

Empero, los territorios persisten. Los sujetos políticos se asumen tales. Viven, votan, se organizan, marchan. Viven.

Ahora, pues, que es aniversario de la masacre de Pulse, el asesinato masivo más grande de la historia moderna de Estados Unidos, pensemos en esa puerta de colorcitos raros que todos hemos visto en la Prolongación de la Juan Pablo. Usted sabe qué pasa ahí, o al menos eso cree. Un taxista en San José me señaló una calle a medianoche: "mire, ahí es la disco de los muchachos." Yo no soy un muchacho, pero sé que me estaba hablando de una disca, La Avispa. Algo me vio. Con cierto recato, con cierta pena, lo que me estaba diciendo es: "ahí están". 

Ahí estamos. Aquí estamos. Aquí seguiremos. Buscándonos, procurándonos, construyendo comunidades y territorios. Viviendo.

 


*Digo "suele" porque esto cambió con el aparecimiento de la Italian Theory (Negri, Esposito, Agamben) y su repensar al Estado y la comunidad sin territorio. Claramente esto no es un texto filosófico, pero la aclaración es válida.

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Virginia Lemus

Estudiante de Filosofía en la UCA y observadora sarcástica, incluso cuando se describe a sí misma: "Solía jugar a ser una persona seria que estudiaba Derecho y publicaba textos amorfos en un par de revistas. Cuando de tanto ver los noticieros estaba a punto de matarme, dejé de escribir, me cambié de carrera y ahora rehuyo del país que tanto detesto y me detesta haciendo como que estudio a señores barbuditos con el mote de filósofos.

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