El Salvador, traducido para gente de veintitantos.

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10/11/2014 16:07:53

1989 Parte I: los hijos del silencio

Es frecuente escuchar a la gente compartiendo sus vivencias sobre eventos históricos. La mara de mi edad, por ejemplo, comenta que estaba en clases durante el terremoto de febrero de 2001. Nuestros padres hablan del sismo de 1986. Se comenta también dónde y cómo nos enteramos del atentado a las Torres Gemelas o la muerte de Selena. Hablar de estos eventos inconexos, de dónde estábamos y qué sentimos cuando nos enteramos de ellos es, aunque parezca banal, una forma de construir comunidad.

El 11 de noviembre inicia la conmemoración del 25 aniversario de eventos que cambiaron el rumbo del país y que mi generación no recuerda porque ocurrieron cuando éramos muy niños.  Algunos sabrán que mañana se cumplen 25 años de la noche en que el FMLN lanzó la Ofensiva Final; otros tendrán presente que el sábado recordaremos que el Batallón Atlacatl entró a la UCA con la orden de matar a Ignacio Ellacuría y no dejar testigos. Para la mayoría, empero, lo único relevante de esta semana es que el viernes pagan la quincena.

Durante esta semana, los días lunes, miércoles y viernes, hablaré acá de tres puntos cruciales en este aniversario de la Ofensiva Hasta el Tope: el silencio al respecto, el papel que este juega en la reconciliación nacional y algunas notas sobre la enorme deuda del conflicto: la renovación política.

La indolencia ante estas fechas no es completamente culpa de mi generación. La gente de mi edad entró a la escuela en 1993, apenas un año después de la firma de los Acuerdos de Paz. Todo estaba en el aire y era muy inseguro hablar de política en la colonia, en la familia, ¿por qué habría de importar hablar de ello con niños? Ellos, nosotros, no necesitaban saber que su familia vivía con sus abuelos porque la Fuerza Aérea bombardeó su casa, que  un señor murió al atreverse a salir a comprar pan bajo el fuego cruzado (foto 15). Tampoco necesitaban, necesitábamos saber que algún familiar nuestro desapareció durante meses porque decidió incorporarse al alzamiento popular fallido. Eran, éramos, niños.

Sin embargo, crecimos a tiempo para ser beneficiarios de la Reforma Educativa de 1998 y la incorporación del conflicto civil al plan de estudios de, gulp, bachillerato. Sabríamos qué pasó, quién combatía contra quién y por qué; incluso que se logró un ejemplar cese al fuego. Quizá para entonces, cabía esperar, el silencio familiar y comunitario se habría suavizado y algo sabríamos sobre la tía desaparecida o las circunstancias en que murieron esos primos, padres o abuelos que solo conocimos por fotos. Eso no ocurrió. Algunas páginas escuetas en un texto de Estudios Sociales no habrían de reparar el enorme daño que le hace el silencio a un país que fue desangrado durante tanto tiempo. A pesar de que los protagonistas políticos y militares que sobrevivieron a la Ofensiva siguen vivos o murieron impunes, poco se habla en la palestra pública sobre ese mes en 1989 que dejó más de dos mil muertos, bombardeos militares en zonas habitacionales y el decapitamiento de la UCA. 

 

Afiche-XXV-aniversario-martires-UCA-pequeno

Afiche del XXV aniversario de los mártires de la UCA. Sitio oficial.

Este silencio familar no es del todo injustificado; la muerte de las víctimas civiles del conflicto podría ser inexplicable para los sobrevivientes: viudas, padres, hermanos o cónyuges que nunca esperaron ser atrapados por la guerra, que no imaginaron que un sábado en la noche escucharían explosiones por todos lados. Primos, amigos que quizá planeaban ir a la Feria del Hogar (que había empezado el 3 de noviembre) o acababan de graduarse de bachillerato y de repente les fueron arrebatados por la aviación, una mina o el fuego cruzado. El dolor de la muerte y vidas arrebatadas sin anuncio, sin razón. 

Pero los niños de la guerra crecieron criados por abuelos que guardaban luto por sus propios hijos muertos; quizá tuvieron suerte de vivir con unos padres que luchaban cen su intento de reincorporarse a la vida civil: no salir corriendo al ver una patrulla, no buscar refugio al escuchar volar un helicóptero. Ellos también decidieron callar, quizá por seguridad (una idea no tan desubicada si tomamos en cuenta el caso de Francisco Velis, miembro del comité político del FMLN y ejecutado en octubre de 1993) o por un deseo de dejar la guerra atrás. Criaron a sus hijos en casas en las que no se habla de política ni de una parte crucial de sus propias vidas; criaron adultos que hoy piensan que hablar de la Ofensiva es reabrir heridas del pasado, despertar rencores y que debemos como país ver hacia adelante.

En mi generación todos somos hijos del silencio, sea este estatal o familiar. Yo fui a la escuela con ellos; conocí sus casas. Les vi llorar inconsolables al encontrar una foto de sus padres en los archivos de los sindicalistas desaparecidos de la UES y por fin entender el comportamiento de su propia familia. Los he leído encontrar a sus familiares en el Libro Amarillo.  Conozco a algunos que perdieron tías, tíos por ser jueces o alcaldes en municipios reclamados por el FMLN. Este silencio sobre el pasado nacional, ese que es nuestro aunque solo éramos unos bebés, es también un impedimento hacia la verdadera reconciliación.

Algunos de estos jóvenes nacidos en los ochenta que algo recuerdan del Inspector Gadget y Nubeluz preguntarán, no sin algo de razón, de qué sirve hablar de la Ofensiva y sus resultados cuando ya la izquierda ganó. Esta duda encierra en sí mismo por qué nuestros padres, nosotros y las nuevas generaciones de salvadoreños urgen conocer, discutir y sanar su historia reciente: el objetivo del FMLN era revertir las condiciones de desigualdad, corrupción y opresión que imperaban en el país como resultado de las dictaduras militares y los gobiernos de Duarte y Cristiani. ¿Qué tanto de esto se cumplió cuando los otrora revolucionarios ahora se niegan a democratizar los mismos espacios cuya apertura reclamaban? Hablar de nuestra historia es necesario no tanto por el Frente ni por ARENA, la Tandona o los ríos de sangre derramados en este país como resultado de diversas formas de exclusión económica y social, sino por algo muy elemental: hablar de la historia de El Salvador es hablar de nosotros. Es conocernos. Es perdonarnos como país, aceptar nuestros lutos y entonces, solo entonces, poder mirar hacia adelante.

Comentarios

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Pero al salvadoreño no le gusta la historia y solo se queda en chambre

Aunque en parte comparto el fondo de lo que escribes - ojo, solo en parte - no me parece que sean tan sesgados hacia un lado los ejemplos que pones (bombardeos, helicópteros, patrullas, etc) ya que el dolor fue causado por ambos lados...

Bicha comunista, si los dos disparaban parejo deja de llevartela de comunista santurrona

¿Qué tanto de esto se cumplió cuando los otrora revolucionarios ahora se niegan a democratizar los mismos espacios cuya apertura reclamaban? ..... Es la pregunta q me hago todos los dias desde q subio el gobierno de "izquierda'

¿Qué tanto de esto se cumplió cuando los otrora revolucionarios ahora se niegan a democratizar los mismos espacios cuya apertura reclamaban? ..... Te voy a responder con unos ejemplos que muchos se niegan a ver. La desintegración de los cuerpos represivos de seguridad (GN, PH, PN) Apertura de espacios para que puedas expresarte sin temor a represalias, a no ser por algún resentido que te insulte por este u otros medios, pero de ahí a que te vayan a desaparecer como lo hacían antes, hay una gran diferencia. No esperemos que el FMLN resuelva todos los problemas del país en un período presidencial o dos. Recordemos que todo lo que vivimos es el producto de siglos de injusticias, explotación y marginación. Recordemos también que el FMLN aún no tiene el camino libre para implementar los cambios que ellos quisieran. La oligarquía aún domina el poder judicial y los medios de comunicación. Seamos pacientes y eso llegará

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